Camino al andar
Octubre de 1993

¿Y si dejamos que se maten entre ellos?

Dediquemos los carabineros a cuidar a la gente, no a evitar que se maten los fanáticos en los estadios. Que si se exterminan entre ellos, el país no habrá perdido nada.

COMO SI TODOS los chilenos fuésemos retardados mentales, esa epidemia que son los periodistas deportivos copan en forma simultánea y por interminables minutos las pantallas en los tonticiarios nocturnos de la tele. No hay forma de enterarse de lo que ha sucedido en el país en el mundo, a menos que usted considere que el peo que se tiró en la mañana el Matador reviste tanta trascendencia como el acuerdo bilateral de comercio entre Chile y Estados Unidos.

Esos periodistas y otros de su ralea disponen mañana, tarde y noche de programas de 30 y hasta sesenta minutos en las principales radioemisoras para filosofar acerca de pelotas y pelotudos. Casi increíble en un país enfermo de rasca en materia de calidad futbolística. Imagínese adónde podríamos llegar en términos culturales si dedicáramos la décima parte de ese tiempo a comentar libros. Capaz que saliéramos del subdesarrollo en pocos años.

Aquellos gaznápiros han tocado a rebato ante nuevos estallidos de violencia en los estadios, mostrando una y otra vez en las pantallas la acción de un rufián que, cegado por la sangre que fluye de su cuero cabelludo, esgrime un arma blanca (¿por qué se llamarán así) y se abalanza contra otro pelafustán igual o peor.

Esto no puede repetirse, pontifica un tal Palestino, o algo así, destacado comentarista de las pelotas. "Uno de estos días vamos a tener que lamentar muertes en el estadio". Lo secundan otros beatos, todos con cara compungida, que discuten medidas para conjurar la violencia en los estadios.

Ojalá que fracasen. Porque habemos quienes pensamos que sería estupendo que se desencadenara una masacre de rufianes en el estadio, de modo que perecieran en su propia ley cientos, miles, incluidos entre ellos comentaristas deportivos que envilecen la profesión periodística y que no entienden que la cobertura de la entrega de los Premios Nobel en Suecia tiene mil veces más importancia que la diarrea de Bambán o el entrenamiento de la rasca selección chilena.

Los beatos de las pelotas quieren convencernos de que los desconformados cerebrales que perpetran tropelías en el estadio son apenas 50 o 100 tipos. Pero quienquiera que observe las graderías o la llegada o retirada de los hinchas convendrá que los vándalos son miles de miles. Pobres tipos, analfabetos por desuso, seres de desarrollo emocional semejante al de una ameba, que insultan y vociferan por equipos de fútbol de ínfima categoría. Individuos con instintos de maleantes que destruyen bienes públicos y saquean locales cada vez que se congregan en la Plaza Italia. Piltrafas humanas que tienen tan débiles razones para vivir que salen a tocar bocina ante cualquier opaco triunfo de un equipo.

Estupidez humana

Proliferan los partidos de alto riesgo. Antes eran sólo de tanto en tanto, cuando jugaban la Chile y el Colo-Colo.

Ahora, incluso un encuentro entre equipos rascas, pongámosle el Wanderers con el San Felipe, desata las bajas pasiones de la chusma.

Cientos de policías son movilizados a los estadios. Quedan en la indefensión las poblaciones. No importa, hay que subsidiar el negociado de las pelotas, que se alimenta de la explotación de la ingenuidad de tanto individuo que se quedó a medio camino en la tarea de ser persona.

A duras penas la policía logra contener los afanes vandálicos y homicidas de las masas dentro del estadio. No puede impedir la devastación que los brutos ocasionan a su paso por las calles, en el entorno de cada recinto deportivo.

¿Y si los dejáramos librados a su suerte? ¿Si la policía se retirara y dejara que los fanáticos se exterminaran entre ellos? Podría incluso dejarse que las cámaras continuaran filmando hasta que el bando triunfador terminara por derribar a cadenazos al último oponente. Sería un estremecedor testimonio de la estupidez humana. Pelearse por un equipo de fútbol. Los caballeros andantes del medioevo eran hombres superiores al ir al combate por la dama de sus sueños.

Sería fuerte, sin duda. Pero, seguramente, el país no sufriría ni siquiera un ápice desde el punto de vista moral e intelectual.