Juan Pablo II, Superstar: protagonismo perjudicial para la Iglesia
El fervor de las multitudes ha servido a la postre para hacer a la Iglesia menos Pueblo de Dios y para fortalecer a Roma a costa de las iglesias locales.
LAS SUPERESTRELLAS DE 73 AÑOS DE EDAD constituyen casos raros. Superestrellas septuagenarias capaces de atraer a decenas de miles de jóvenes a una masiva caminata y encuentro al aire libre resultan aún más excepcionales. Pero ni siquiera una tormenta en las montañas Rocky pudo opacar la clamorosa bienvenida que recibió el Papa al aterrizar su avión en el aeropuerto internacional de Denver (Colorado). "Juan Pablo II, te queremos" gritaba enfervorizada la multitud. "América, eres hermosa" respondía el Pontífice. Así comenzaba la crónica que la revista norteamericana Time consagró a la visita pastoral del jefe de la Iglesia Católica a Estados Unidos a mediados de agosto.
Pocas semanas después las muchedumbres se agolparon para recibir a Juan Pablo en las pequeñas repúblicas bálticas que hasta hace algún tiempo formaban parte de la colapsada Unión Soviética.
En los países de la vieja Europa el entusiasmo por "el Papa polaco" como le llaman despectivamente sus contradictores es bastante menor que el que suscita en los demás continentes, aun en sociedades en que el catolicismo es muy minoritario. Sin embargo, puede decirse que en el mundo de hoy no existe figura alguna, sea ésta política, artística, cultural o deportiva cuya capacidad de convocatoria sea más amplia, plural y universal que la que posee Juan Pablo II.
JUAN PABLO II, SUPERSTAR
Esta innegable popularidad del Papa debiera ser causa de intensa satisfacción para quienes se sienten comprometidos con la Iglesia, en tanto instrumento llamado a predicar el Evangelio y ser signo de la fraternidad y el respeto mutuos. ("En esto conocerán los demás que sois mis discípulos"... "Mirad cómo se aman").
Sin embargo, muchos de quienes se manifestaron sinceramente jubilosos cuando hace años comenzó Juan Pablo II a ascender a la condición de superestrella internacional, visualizan ahora con inquietud la persistencia de este fenómeno. No es nada en contra de la persona del pontífice, cuya entrega hasta la extenuación a su ministerio es sin duda admirable. Con las secuelas del atentado de que fue víctima, tendría perfecto derecho a intentar a sus años, que ya le pesan, una vida más sosegada. Pero Juan Pablo II parece empeñado en mantener el empuje que imprimió desde el comienzo al ejercicio de su cargo.
El problema es que la popularidad de Juan Pablo II encandila a los jerarcas de la Iglesia, comenzando probablemente por el propio pontífice. Los hace precipitarse a los fuegos fatuos del triunfalismo y les impide entonces tomar conciencia de la creciente brecha que separa al Pueblo de Dios, de un lado, de quienes están llamados a servirlo, esto es la Jerarquía, del otro. Más aún, esa popularidad de Juan Pablo II sirve implícitamente para legitimar la intensa represión que la Jerarquía ha desatado en contra de los disidentes dentro de la propia comunidad cristiana. El fervor de las multitudes ha servido a la postre para hacer a la Iglesia menos Pueblo de Dios y para fortalecer a Roma a costa de las iglesias locales.
IMAGEN Y REALIDAD
Hasta antes de la caída de los socialistas reales, los sectores anticomunistas, que en todo el mundo occidental han estado fuertemente vinculados a la mantención de estructuras socioeconómicas injustas, mostraron comprensible interés por promover la imagen de esta Papa proveniente de la Iglesia del Silencio y que abogaba sin disimulos por el derrumbe de los socialismos reales en Europa Oriental. No es aventurado afirmar pues que dichos sectores han utilizado el enorme poder que detentan para inflar la imagen de Juan Pablo II mediante el empleo de técnicas publicitarias como las que se emplean para promover la venta de desodorantes o bebidas alcohólicas.
Sin embargo, esa interpretación explica sólo parte del arrastre que ejerce el Papa. ¿Por qué la gente lo vitorea y se emociona cuando logra acercarse a ese anciano todo vestido de blanco? ¿Es porque esas masas están de acuerdo con sus duras palabras en contra de las leyes de divorcio, es porque comparten la prohibición absoluta del empleo de métodos anticonceptivos? ¿Creen los jóvenes que lo aclaman eufóricos que las relaciones sexuales son inmorales si tienen lugar antes del matrimonio? ¿Consideran las masas que lo aplauden y se arrodillan cuando lo ven pasar, que el sacramento de la Confesión es indispensable para reconciliarse con Dios? ¿Coinciden las multitudes en que las mujeres deben permanecer discriminadas dentro de la Iglesia? ¿Creen esas multitudes de creyentes que sus curas son castos y rechazan, junto con el Papa, que los sacerdotes puedan casarse?
Nada de eso. Quien crea que la emoción y el entusiasmo que provoca Juan Pablo II en vuelve un apoyo a su postura conservadora y, peor que eso, inflexible en materias como las señaladas comete un error gravemente perjudicial para la propia Iglesia.
Las masas se emocionan ante la proximidad del Papa porque sienten que ella es un recordatorio de que Dios está presente en el mundo, pese a la enormidad de las injusticias, brutalidades y problemas de la vida cotidiana. Sienten que el Papa representa la fuerza del Espíritu, amenazado por la arrogancia de la técnica y del dinero. Intuyen que ese hombre importante las ama sin condiciones y que siente predilección por los sencillos y los más vulnerables. Esas son las razones emotivas que mueven a las multitudes.
La validez de nuestra interpretación se ve avalada en forma sistemática por los estudios sociológicos acerca del sentir y pensar de los fieles católicos en diversas latitudes. Poco antes de su clamoroso último viaje a Estados Unidos, Juan Pablo II se vio obligado a advertir en contra de lo que él llama obediencia selectiva. "Las presiones morales, sicológicas y culturales de la vida en Estados Unidos están tentando a algunos miembros de la Iglesia a comprometer sus enseñanzas y disciplinas, para grave detrimento de las almas", dijo el Papa. "En un clima de individualismo religioso, algunos asumen el derecho de decidir por sí mismos, incluso en asuntos de fe importantes, qué enseñanzas aceptar, mientras ignoran las que consideran inaceptables".
La preocupación del pontífice aludía no sólo a la incapacidad de Roma para obligar a obispos y rectores de universidades católicas a meter en cintura a teólogos y clérigos disidentes, sino, sobre todo, a la verdadera desobediencia civil que laicos comprometidos están protagonizando contra las enseñanzas oficiales. Encuestas académicas y sondeos periodísticos revelan que un abrumador porcentaje de matrimonios católicos devotos en Estados Unidos han optado simplemente por ignorar la prohibición del uso de anticonceptivos. Muchas parejas de jóvenes que asisten en forma regular la Iglesia mantienen relaciones sexuales antes del matrimonio sin considerar que cometen pecado. Un porcentaje creciente de fieles está en contra del celibato obligatorio de los sacerdotes y de la exclusión de las mujeres para recibir las sagradas órdenes. También va en alza el número de quienes, no obstante la admiración y afecto que profesan al Santo Padre, no creen en la infalibilidad del Papa.
TAMBIÉN EN CHILE
Este divorcio creciente se da también entre nosotros. Una reciente encuesta efectuada por la consultora Adimark y encargada por el Centro de Estudios Públicos (CEP), entidades ambas de reconocido prestigio, concluyó que el 74% de la población en Chile es partidaria de una ley de divorcio. Más del 80% de la muestra, considerada representativa del universo del país, estimaba aceptable que las parejas utilicen anticonceptivos para prevenir el embarazo; apenas el 18% señaló que esa fórmula era inmoral. Respecto al aborto, el 46% señaló que debe estar siempre prohibido, el 44% opinó que debe estar permitido en casos especiales y el 9%, sostuvo que la decisión debe quedar en manos de las mujeres.
Más cifras decidoras. El 64% de los chilenos califica de moralmente aceptable que los jóvenes mantengan relaciones sexuales antes del matrimonio, "siempre y cuando haya amor". Otro tercio de la población considera que se trata de una práctica inaceptable. En cuanto a la censura cinematográfica, el 62% opinó que las personas adultas deben ser libres para decidir cuál película desean ver,.. El 33% dijo que las películas inconvenientes deber ser prohibidas por la censura, incluso para los adultos.
¿Son mayoritariamente unos descreídos estos chilenos? No, más del 96% dijo creer en Dios y el 67% se define como personas "religiosas". La mitad de los encuestados informó que concurría a misa cuando menos para las fiestas religiosas importantes y sólo el 18% señaló que no lo hacía nunca. El 53% del total confesó que rezaba con frecuencia y casi el 68% manifestó que cree que en la vida después de la muerte, porcentaje muy superior al que se ha detectado frente a esa pregunta en otras sociedades consideradas cristianas.
BRECHA GRAVEMENTE DAÑINA
Se diría que ante la imposibilidad de ser tomados en cuenta a la hora de definir las conductas deseables en una serie de materias de gran importancia en la vida cotidiana, y que no son de la esencia del Evangelio, los fieles parecen haber optado discretamente por ser cristianos “a su manera”. Siguen queriendo y respetando a la Iglesia y por cierto al Papa, pero sienten que ya no están los tiempos para aceptar imposiciones autoritarias e inconsultas. Por eso, han dejado de hacerles caso en una serie de materias en las que comprueban que es preferible seguir los dictados de la propia conciencia.
Esta brecha fieles-Jerarquía es deplorable porque empobrece a unos y otra. Pero quienes la han provocado y no cesan de ahondarla son los miembros de la Jerarquía, incapaces de ir a un diálogo auténtico con los fieles. Por desgracia, la popularidad de Juan Pablo II ha empeorado las cosas.