Dolorosas revelaciones del semanario Qué Pasa
Pruebas irrefutables de que al interior de la Iglesia la autoridad se ejerce sin transparencia, ni diálogo, ni espíritu de servicio por una máquina bien aceitada que atropella a quienes se oponen a sus designios
AUNQUE EN EL último tiempo la revista Qué Pasa ha experimentado un cambio apreciable, mejorando su credibilidad y presentación gráfica, ello no ha sido suficiente todavía para hacer olvidar su tradicional vinculación a sectores católicos de derecha, probablemente del Opus Dei.
En las últimas semanas la revista ha presentado una serie de investigación periodística acerca de lo que califica como la operación de cirugía mayor que el Vaticano puso en marcha hace una década para cambiar el perfil de la Jerarquía de la Iglesia Católica chilena. Esa operación tuvo lugar en el marco de una estrategia mundial orientada al desplazamiento no sólo de los grupos católicos progresistas, sino también a los partidarios de la apertura de un auténtico diálogo al interior de la comunidad de creyentes.
El hecho de que sea la revista Qué Pasa la que haga estas revelaciones les confiere alta credibilidad, toda vez que equivale, por decirlo en lenguaje jurídico, casi a una confesión de parte. A esa credibilidad contribuye, de otro lado, la enorme cantidad de antecedentes que allega esta serie de reportajes periodísticos del semanario, los cuales no han sido desmentidos por las personas involucradas.
Desearíamos que las revelaciones del Qué Pasa fueran pura invención. Por desgracia, intuimos que son verdaderas, al menos en líneas gruesas.
DOLOR Y ESCÁNDALO
La lectura de las dos primeras entregas de esta serie no puede menos que causar profundo dolor y hasta escándalo a miles de católicos comprometidos, sobre todo personas modestas que han depositado de buena fe su confianza en la institución eclesial.
En las columnas del Qué Pasa se presentan testimonios que suenan por desgracia convincentes acerca de cómo se maneja el poder al interior de nuestra Iglesia, de qué forma se conciben y llevan a la práctica, con lógica y frialdad implacables, propias de estrategas militares, planes de largo plazo, al servicio de una determinada corriente ideológica, mediante el uso y el abuso de las atribuciones que el Señor Jesús entregó a los sucesores de San Pedro.
A la luz de tales antecedentes pareciera que la autoridad tiende a ser vista tan sólo como una forma de ejercer el poder, de imponer, de vencer. Nada más lejos de lo que enseñó Jesús, el Maestro que lavó los pies de sus discípulos y que cuando lo fueren a prender, pidió que lo tuvieran a Él, pero que no hicieran daño a sus apóstoles. Cuán ajenas suenan las revelaciones del Qué Pasa a las enseñanzas de Jesús: el que quiera ser el primero entre ustedes, que se haga servidor de los demás.
Aquí no hay diálogo fraternal ni transparencia, sino maniobras subterráneas de las que el Pueblo de Dios no tiene ninguna idea y el recurso constante a una obediencia que a menudo rebaja la dignidad humana. Los laicos no son tomados en cuenta en absoluto, sino que aparecen como una simple masa a la que se puede manipular al entero arbitrio de quien detenta la autoridad. A la hora de designar obispos, importa muy poco que los candidatos sean acogidos y respetados por las comunidades a que están llamados a servir. Lo determinante es el grado de adhesión que estén dispuestos a asegurar a la curia romana y a una determinada postura ideológica.
Aquí no hay respeto por el hermano ni por las iglesias diocesanas. El semanario informa que el entonces nuncio Angelo Sodano, ahora encumbrado a las máximas alturas del Vaticano, irrumpía sin aviso previo en los encuentros de la conferencia episcopal chilena, al más puro estilo de antiguo patrón de fundo. No es extraño que un personero de esta conformación mental haya comparado con Judas al notable teólogo brasileño Leonardo Boff y haya, en cambio, calificado hace pocas semanas de excelente cristiano al General Augusto Pinochet.
No, las revelaciones del Qué Pasa aportan pruebas de que al interior de la Iglesia la autoridad se ejerce sin transparencia, ni diálogo, ni espíritu de servicio. Hay, en cambio, una máquina bien aceitada que atropella a quienes se oponen a sus designios y que premia a los que los aceptan con docilidad sea porque son timoratos o ambiciosos o porque comparten los proyectos ideológicos de quienes se creen hoy en día dueños de la Iglesia.
ESCÁNDALO PARA MUCHOS
Entonces, cuando uno escucha a tanta gente decir "creo en Jesucristo, pero no en los curas", cuesta mucho, mucho no encontrarles razón. ¿No será que el alejamiento de Dios y de la práctica religiosa, fenómenos tan acentuados en el mundo occidental, obedecen en medida importante a la percepción que tienen los ciudadanos de que las estructuras eclesiales carecen de credibilidad?
Se nos dice a menudo que la Iglesia no puede transformarse en una democracia vocinglera, en la que todo se decida por mayorías circunstanciales e irresponsables. Y estamos de acuerdo. Pero tampoco tiene por qué ser una monarquía autoritaria. Si queremos ser fieles al Evangelio, menos podemos aceptar que nuestra Iglesia sea una institución en la que el poder se ejercite con apego a los peores vicios de las instituciones humanas.
La forma en que se sigue ejerciendo el poder dentro de la Iglesia fue durante largo tiempo la única imaginable en un mundo en que prevalecía por doquier el absolutismo político, en donde el señor feudal o el monarca tenían poder de vida y muerte sobre sus súbditos. Pero esa época ya pasó hace tiempo, al menos en buena parte del mundo occidental.
De otro lado, maniobras y acciones que antes permanecían ocultas para la gran masa, son ahora develadas por el severo escrutinio, aunque siempre marcado por alguna dosis de sensacionalismo, que el periodismo moderno hace de todas las estructuras de poder, las eclesiales incluidas.
UN CAMBIO INDISPENSABLE
Como laicos insertos en un mundo en que gracias a Dios se toma creciente conciencia de los derechos humanos, de la importancia de la participación y del pluralismo, nosotros aspiramos a una Iglesia que sea en lo fundamental espacio de acogida y respeto para todos los fieles. Nosotros deseamos que en el seno de la comunidad de creyentes se establezca un diálogo libre y fraterno acerca de cómo vivir la fe en nuestros días y de cómo anunciarla mejor a la humanidad, a partir del reconocimiento de que la Iglesia es una sociedad de pecadores.
Aspiramos a que el Pueblo de Dios sea tomado en cuenta por los pastores, animados de una concepción de veras evangélica de lo que significa la autoridad dentro de la Iglesia y conscientes de que cada cristiano está revestido de la condición de sacerdote, profeta y rey. Con dolor, pero con esperanza inquebrantable, pedimos al Espíritu que suscite dentro de la Iglesia los cambios audaces y de fondo que los tiempos requieren.