Camino al andar
Abril de 1993

La candidatura presidencial del padre Eugenio Pizarro

La autoridad eclesiástica ha desaprobado con firmeza su incursión en política, evitando eso sí toda descalificación personal, de modo que, las puertas están abiertas para cuando reconsidere su postura

ESO DE QUE la política es el arte de lo posible no constituye una frase hecha, vacía de significado, que un filósofo griego acuñó en medio de su ociosidad hace más de dos milenios. Encierra, por el contrario, una profunda sabiduría, como bien les consta quienes han decidido incursionar en esta difícil actividad, tan vilipendiada como indispensable, a menos que prefiramos que la sociedad se organice sobre la base de la fuerza bruta y del ejercicio indiscriminado de la violencia.

Cuando se cree de veras en los derechos humanos y en la superioridad de la democracia en cuanto régimen político, entonces el rango de lo que es posible en política disminuye significativamente. El deseo de justicia social, por ejemplo, tiene que compatibilizarse con el respeto a todas las personas, incluso a las explotadoras o abusadoras, a quienes no se puede eliminar por decreto y sin asco. Y el combate contra la droga, por dar otro ejemplo, no puede basarse en el ajusticiamiento sumario de los traficantes.

Los políticos cristianos deben tener cabal conciencia de que, si bien la política es imprescindible, no tiene nada de milagrosa. La búsqueda del poder es legítima si con este instrumento se pretende servir mejor a la sociedad. Pero no cabe hacerse demasiadas ilusiones. El poder tiende a corromper, sobre todo si es excesivo; y, por otro lado, las posibilidades de llevar a cabo desde las esferas del poder transformaciones profundas en favor de la justicia, la solidaridad y la paz, son menores de lo que habitualmente se cree. El estrepitoso fracaso de los socialismos reales comprueba la fragilidad de grandiosos intentos por crear un mundo y un hombre nuevos, aun cuando se disponga del poder absoluto durante varias generaciones.

Tener en cuenta estas realidades ayuda a los políticos cristianos y de buena voluntad a forjarse una idea más modesta de su quehacer. Sirve asimismo para erradicar las tentaciones fundamentalistas, encarnadas en proyectos mesiánicos que pretenden cambiarlo todo de la noche a la mañana y que prometen el paraíso a corto plazo. Chile ha conocido en la segunda mitad del siglo XX sucesivos proyectos de este tipo, caracterizados por su intolerancia y fanatismo ideológico, y que culminaron en la dolorosa y prolongada experiencia autoritaria. Sabemos en carne propia adónde conducen proyectos que se inspiran en nobles valores y aspiran a metas que suenan de lo más evangélicas, pero que por su voluntarismo no se ubican en el campo de la política, sino que en el de la confrontación abierta.

Por eso hoy en día valoramos más que nunca antes la búsqueda de consensos, las soluciones negociadas, los programas realistas y los avances paulatinos, que nos parecen más firmes, hacia una sociedad más justa.

¿INGENUIDAD O CONSECUENCIA?

El sacerdote Eugenio Pizarro nos merece el mayor de los respetos. En la época más siniestra de la dictadura del general Pinochet se jugó sin cálculos por la defensa de los derechos humanos y ha procurado vivir a fondo la opción preferencial de la Iglesia por los más pobres.

Pero nos parece que su candidatura presidencial, propiciada por el vetusto Partido Comunista de Chile, carece de toda justificación ante la comunidad de creyentes y ante la ciudadanía. Se trata de un error grave, que puede resultar bastante costoso para el propio sacerdote y muchos pobres y personas de buena voluntad que adhieran con limpidez de corazón a esta candidatura, haciéndose las expectativas correspondientes.

En una época en que el auge espectacular de la economía lleva a muchos al triunfalismo ingenuo, es bueno que haya voces y grupos que recuerden que este proceso es todavía bastante frágil, que nuestro país se parece más a un gato que a un tigre, y que varios millones de chilenos continúan sumidos en condiciones de vida denigrantes. Las políticas económicas deben ser realistas y fundarse en rigurosos criterios técnicos; pero en la lucha contra la pobreza siempre se puede hacer más, aparte de que ella ha de estar inspirada e impregnada de valores éticos porque cuando se transforma en ejercicio puramente tecnocrático, cuando se queda sin alma, termina haciéndose ineficiente.

Nuestros obispos no han olvidado su papel de conciencia crítica a este respecto, según lo comprueban claras declaraciones en tal sentido formuladas por el anterior presidente de la conferencia episcopal, Carlos González, y su sucesor, el obispo copiapino Fernando Ariztía.

Por lo demás, en un país lanzado en un peligroso consumismo, es imprescindible, no sólo por razones éticas, sino también técnicas, hacer constantes llamados a la moderación, para que el derroche no se transforme en un insulto a los marginados y para que se alcance una tasa de ahorro suficiente que asegure la continuidad del propio proceso de crecimiento.

Para representar esta inquietud no es necesario, sin embargo, levantar una candidatura presidencial. Se diría que la opción de erigirse en una instancia ética es incluso incompatible con la incursión en la política contingente. La Iglesia católica puede ser mucho más útil a la causa de los pobres siendo fiel a su misión específica, que transformándose en un partido. Y otro tanto podría decirse, por ejemplo, de la Cruz Roja, la Teletón o el Hogar de Cristo.

Incluso dentro de la propia coalición gubernamental existe amplia conciencia acerca de las limitaciones y desafíos del actual proceso económico, lo que ha de traducirse en saludables ajustes, propios de una etapa distinta, si es que la concertación sigue en el poder.

De otro lado, el levantamiento de una candidatura presidencial responsable, y no de un mero saludo a la bandera, exige disponer no sólo del apoyo de partidos que otorguen alguna posibilidad de éxito electoral, sino también de equipos técnicos capaces de elaborar programas de trabajo y de formular una propuesta concreta al país. Exige además contar con un apoyo parlamentario sólido, que permita la aprobación de los proyectos pertinentes en la cámara de diputados y el senado.

La candidatura auspiciada por el partido comunista no satisface ninguno de tales requisitos. Por eso no puede hacer ninguna proposición responsable al país y se queda en una romántica alusión a la suerte de los pobres.

Uno podría entender que los viejos tercios de una izquierda que se ha visto arrasada por los excesos e inepcias de los socialismos marxistas se resista a desaparecer y se empeñe en aglutinar otra vez a sus dispersos partidarios, por la vía de levantar candidaturas ya sea al parlamento y a la propia presidencia de la república. Es incluso preferible que los nostálgicos del marxismo en chile se desenvuelvan dentro de las reglas del sistema democrático, antes de que se marginen de éste y opten por el terrorismo, que, aunque condenado al fracaso, podría ocasionar muchas víctimas y grandes sufrimientos al país, según lo comprueba la trágica experiencia del Perú.

La pregunta que surge inevitable es por qué este intento de reagrupar a los comunistas y marxistas nostálgicos tendría que ser encabezado por un clérigo.

CURAS EN POLÍTICA

En lo tocante a la participación directa de sacerdotes en la actividad política contingente, estamos en completo acuerdo con la doctrina oficial de la Iglesia. Conviene aclarar que no consideramos como pertenecientes al ámbito de la política partidista tareas del tipo de la defensa de los derechos humanos, sea del conjunto de los ciudadanos o de grupos específicos. El compromiso público de sacerdotes con comunidades pobres o discriminadas no es propiamente político, sino que fluye de exigencias básicas del Evangelio.

Pero la participación de sacerdotes en elecciones presidenciales o parlamentarias es admisible sólo en circunstancias especialmente excepcionales, esto es cuando no hay laicos capacitados para asumir tales responsabilidades. Situaciones de este tipo se dan en países en extremo atrasados y en los que han imperado dictaduras atroces, de esas que liquidan sin contemplaciones cualquier asomo de oposición. En esas condiciones, las personas capaces de ejercer responsabilidades de gobierno son muy pocas, por lo que no parece ético negar el concurso de sacerdotes que gozan de amplio respaldo popular.

El padre Jean Bertrand Aristide configura en Haití un caso típico en que cabía hacer una excepción. Un país donde campean el analfabetismo y la pobreza absoluta y en donde todavía hacen de las suyas los tonton macoutes de la siniestra dinastía Duvalier necesitaba el liderazgo de un hombre como Aristide para recobrar la esperanza y reiniciar el camino hacia una convivencia mínimamente civilizada. Sin embargo, en su tiempo la candidatura presidencial de Aristide fue torpedeara por los jerarcas de la Iglesia, quienes, de otra parte, nada han hecho para facilitar su reinstalación en el gobierno, pese a que el clérigo, que contaba con abrumador apoyo popular, fue derrocado en un acto de vulgar piratería por los corruptos militares haitianos.

El caso de chile es muy diferente. El nivel sociocultural de nuestros ciudadanos es alto y tenemos una larga tradición, con todas sus limitaciones, de ejercicio democrático. No hay razón, pues, para que sacerdotes católicos asuman tareas que son propias de los laicos. Forzoso es concluir entonces que la candidatura de Pizarro obedece en lo fundamental a una maniobra del Partido Comunista, a la que el clérigo se ha prestado con ingenua torpeza. Aprovechando el arrastre de que goza el sacerdote en algunos ambientes populares, los comunistas buscan captar un número de votos muy superior al que podrían recoger por sí solos.

LA REACCIÓN DE LA JERARQUÍA

Estas columnas han sido a menudo críticas de la actuación de la jerarquía. Pero en este caso nos hacemos un deber en aplaudir la conducta serena que la mayoría de nuestros obispos, en especial monseñor Carlos Oviedo, ha tenido frente a la decisión del padre Pizarro de aceptar la candidatura presidencial que le ofreciera el pc.

La autoridad eclesiástica ha procedido a suspender de su ministerio al sacerdote y ha representado con firmeza que desaprueba su incursión en política contingente. Pero ha evitado toda descalificación personal. El hombre ha cometido un error, pero las puertas están abiertas para cuando reconsidere su postura. La suya es una decisión equivocada, pero nadie desconoce las buenas intenciones que la inspiran.

De esta forma se reducen los conflictos que podrían suscitarse entre cristianos de base que están por la candidatura del padre Pizarro y la jerarquía de la Iglesia. Y con esta reacción, estamos dando un buen ejemplo al conjunto del país. Puede haber discrepancias fuertes entre nosotros, pero ninguna de ellas autoriza para execrar o aplastar al disidente. Puede haber incluso infractores de normas claras, acerca de cuya interpretación no caben dudas en un escenario político como el chileno, pero ni siquiera eso autoriza el abandono de la caridad por parte de quienes tienen el poder dentro de la Iglesia.