Camino al andar
Diciembre de 1992

Martirio de Alsina y capellanes militares

Resulta espeluznante que el asesinato de este sacerdote haya sido instigado por clérigos que parecen más hombres de armas que hombres de Dios

DURANTE MUCHOS AÑOS la Iglesia Católica de nuestro país aceptó en forma implícita la versión de que el sacerdote de origen español Juan Alsina había caído en un enfrentamiento poco después del sangriento 11 de septiembre de 1973.

Los desvelos de su colega y compatriota, Miguel Jordá, han permitido aclarar los hechos y comprobar que Alsina nunca abandonó el ejercicio de su ministerio. Fue precisamente su condición de sacerdote la que lo llevó, en los aciagos días posteriores al golpe, a estar junto a los pobres y perseguidos. Tras su arresto por los militares fue ejecutado sobre un puente del Mapocho. Dicen que pidió al joven conscripto que habría de ejecutarlo que por favor no de le vendara los ojos: "Quiero mirarte de frente para darte mi perdón".

Cabe alegrarse, sin duda, que una más de las tantas falsedades urdidas por el anterior régimen para encubrir asesinatos y excesos haya sido develada. Por cierto, habríamos querido que el Arzobispado de Santiago hubiese mostrado mayor decisión en el empeño de reivindicar el nombre de Alsina. Es probable que la moderación observada a este respecto obedezca al deseo de contribuir a la reconciliación nacional, lo que exige que el esclarecimiento de hechos repudiables vaya acompañado del perdón y del olvido.

Pero si la actitud del Arzobispado puede resultar comprensible en este aspecto, es del todo criticable respecto de un hecho que no vacilamos de catalogar de espeluznante. Según lo ha determinado la investigación judicial, el asesinato de Alsina fue instigado por un capellán militar. Los jefes castrenses habrían hecho consultas ante un clérigo del entonces Vicariato castrense, quien les habría aconsejado: "Si no lo fusilan, él los matará a ustedes y sus familiares".

Los tribunales han pedido la comparecencia de un par de capellanes castrenses involucrados en esta torva historia, solicitando al Arzobispado que informe acerca de su actual paradero. El sólo hecho que tales clérigos no se hayan presentado a declarar mueve a pensar que las versiones que los involucran en este trágico episodio son auténticas. Pero las autoridades de la Iglesia no han dado muestras de gran interés por colaborar con la justicia. Parece difícil que un par de capellanes hayan desaparecido tragados por la tierra.

Este es un hecho de gravedad extrema. Los fieles tenemos derecho a saber toda la verdad. Es posible que los capellanes estén arrepentidos de lo que hicieron. Quiera Dios que así sea. Pero el análisis de lo que de veras sucedió en este caso es imprescindible porque puede poner de relieve las distorsiones que se producen en la mente de tantos sacerdotes que empiezan a servir en las filas de los institutos castrenses y que terminan siendo más hombres de armas que hombres de Dios.