Camino al andar
Septiembre de 1993

Moral cristiana y política: el caso del condón

Si nuestros obispos no se atreven a aceptar el condón como mal menor, al menos debieran guardar discreto silencio ante los esfuerzos gubernamentales por reducir mediante este adminículo la mortandad ocasionada por el Sida

VERDAD Y JUSTICIA en la medida de lo posible. Ese fue el criterio central de la propuesta con que el Presidente Patricio Aylwin intentó dejar saneado el tema de las violaciones a los derechos humanos. Es que la política es el arte de lo posible y quien intenta forzar ese principio áureo termina, a veces con las mejores intenciones, imponiendo o favoreciendo la instalación de una dictadura o bien desatando la violencia fanática y la intolerancia.

También nuestros obispos han abogado por toda la verdad y la justicia que sean posibles, en lo que constituye un pronunciamiento de implicancias muy interesantes.

Más de alguien podría decir que un cristiano está obligado en toda circunstancia a jugárselas no por determinadas cuotas de verdad y justicia, sino por la verdad y la justicia plenas. Sin embargo, eso que es válido como un llamado para cada cristiano, plan de vida muy difícil de cumplir habida cuenta nuestras enormes y constantes fallas y debilidades, puede resultar hasta perverso cuando se trata de imponerlo por la fuerza, sea por la de las armas, sea mediante la presión psicológica o la coacción, a una sociedad que se caracteriza por un creciente pluralismo.

Jesús respetó siempre la libertad de las personas y supo tenerles paciencia, aparte de que renunció en forma expresa a toda forma de violencia y hasta de presión psicológica o demagogia.

La Iglesia y los obispos tienen, para ser fieles al Evangelio, que abogar en forma permanente y sin desmayos por la verdad y la justicia, pero frente a situaciones concretas están obligados a ser realistas y a aceptar y promover soluciones que a menudo representan avances o conquistas sólo parciales o graduales en esos campos.

Uno puede rebelarse ante el despojo y la brutalidad de que han sido víctimas por siglos los mapuches, pero sus ansias de justicia podrían conducir a una catástrofe si pretendiera corregir en breve plazo y por completo el dolor y el daño que se les ha infligido. Entonces, tiene que aceptar fórmulas que los espíritus extremistas considerarán transacciones intolerables e incluso traiciones al Evangelio.

Un cristiano que actúa en política puede estar absolutamente en contra de la prostitución, pero es probable, a causa de la debilidad de la carne, que haya tenido alguna vez tratos con una prostituta; y sería absurdo que, en nombre de sus principios morales, se negara a regular esta actividad de modo de minimizar los riesgos que entraña y los perjuicios que ocasiona.

DOS MORALES COMPLEMENTARIAS

La postura adoptada por el grueso del Episcopado a propósito del a reconciliación tiene la virtud de reconocer en forma implícita los planteamientos del famoso sociólogo Max Weber. Este ha postulado la existencia de dos éticas, cada una con su propio ámbito de vigencia y su legitimidad.

Una es la llamada ética de la convicción, esto es de los principios y valores. Es indispensable proclamarlos e insistir sin cansancio en ellos porque son como el referente que debe guiar a las personas, sobre todo a los que creen en ellos. Téngase en cuenta que no existe una sola ética de la convicción, sino que varias, dependiendo de la religión o ideología a la que cada persona o grupo adhiera. Pero la naturaleza humana es frágil, por muy nobles y avanzados que sean los principios que se proclaman.

La ética de la responsabilidad se hace cargo de que el ser humano es en la práctica un ángel caído y trata entonces de adecuar las leyes y las normas por las que se rige la sociedad a lo que es viable o posible. Cierto, la línea divisoria es sutil y existe el peligro de que uno termine abandonando los principios rectores, en aras de un pragmatismo insaciable. Pero no debe olvidarse que el voluntarismo es a menudo en extremo ineficiente y las más de las veces supone un atropello a la libertad de las personas.

Tal vez teniendo lúcidamente en cuenta que la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad se sitúan en dos planos distintos es que Jesús nos llamó a dar a Dios lo que le pertenece, y al César lo que es del César.

UNA CONFUSIÓN PELIGROSA

Ojalá que nuestros obispos comprendieran de una buena vez que ambas éticas no se oponen, sino que complementan y pueden incluso apoyarse mutuamente. Hasta ahora han sido incapaces de entenderlo en lo tocante a temas como la ley de divorcio y el uso del condón para aminorar la tremenda amenaza que plantea el Sida.

Ante este peligro, es bueno que los obispos proclamen la riqueza del amor fiel así como la felicidad y plenitud que éste ofrece, pero no pueden ellos ignorar que la carne es débil y que el riesgo de cualquier caída es nada menos que la muerte. Los fieles tenemos derecho a exigirles que, si no se atreven a proponer como mal menor el condón, al menos guarden silencio ante los esfuerzos por reducir la mortandad de la epidemia. Suenan en verdad poco convincentes cuando ensayan argumentos supuestamente científicos en contra un adminículo que pese a sus limitaciones es considerado por los expertos como el mejor instrumento de prevención del Sida.

La pretensión de que este problema tiene que ser abordado desde la perspectiva únicamente de la ética de las convicciones católica constituye una irresponsabilidad por parte de la Jerarquía. Además, levanta enormes barreras en muchos sectores, que se hacen así impermeables al anuncio del Evangelio por parte de la Iglesia, a la que ven como una institución preocupada antes que nada de promover una moral que no pone al ser humano en el centro de sus preocupaciones.