Camino al andar
Enero de 1994

Chile bajo la amenaza de la corrupción

Confinada hasta ahora a espacios estrechos y cuasi clandestinos, la venalidad ha empezado a manifestarse sin tapujos y en áreas cada vez más amplias, de la mano del auge económico

LA CORRUPCIÓN CONSTITUYE hoy en día una de las más formidables amenazas que se ciernen sobre la democracia, aun en países en los que este sistema político es de larga tradición y parece por lo mismo muy arraigado. Es un enemigo poderoso porque erosiona el sistema desde adentro y mina la confianza ciudadana.

En toda sociedad habrá siempre personas que intentan obtener ganancias y beneficios por caminos ajenos a la ética. Es imprescindible, en consecuencia, arbitrar mecanismos eficientes, en un mundo cada vez más complejo, para detectar en forma oportuna estas conductas y sancionarlas en forma ejemplarizadora y pedagógica.

La democracia envuelve, por la distribución de poderes que supone, mayores probabilidades de detección y castigo de conductas ilícitas que cualquier otro régimen político. Debe hacerlo con eficiencia, pero también en forma madura, sin histerias ni fariseísmos, porque cada individuo sabe que día a día, las más de las veces en la intimidad de su conciencia, se enfrenta a la tentación de adoptar decisiones que van indebidamente en su beneficio y en perjuicio de otros. "Quiero hacer el bien y obro el mal" reconocía con desolada franqueza el apóstol Pablo.

Sólo por ignorancia o mala fe puede confundirse la corrupción con el descubrimiento y castigo de casos individuales de manejos indebidos en un país. La corrupción constituye un fenómeno generalizado y que se desarrolla con la complacencia de quienes ejercen el poder. Se transforma así en una cultura, en la que pasan a desenvolverse como peces en el agua personeros de toda la gama del espectro partidario. El quehacer político degenera entonces en una farsa en la que la proclamación de ideales y la agitación de banderas programáticas apenas logran encubrir apetitos desenfrenados de poder y afanes de enriquecimiento ilícito.

DE LA MANO DEL AUGE ECONOMICO

Mientras Chile fue una sociedad provinciana, pobre y remota, el peligro de corrupción entre nosotros fue bajo. Nos conformábamos con poco porque el ritmo de crecimiento de la economía era cansino y porque había más tiempo para el disfrute de la amistad y la vida familiar, la ostentación era mal vista y una publicidad machacona y científicamente diseñada no nos había llegado a convencer de que, supuestamente, somos y valemos en la medida que consumimos. El reverso de la medalla es que conformábamos un pueblo gris, conformista en su mediocridad, siempre dispuesto a tirar hacia abajo a quien destacara.

Ya no somos ese tipo de sociedad. La economía chilena está en auge, aunque todavía unos cuatro millones de chilenos continúan del todo marginados de este proceso. Por doquier se advierte un ritmo febril de actividad y de consumo. Hay mucho dinero dando vuelta, como resultado de la cuantiosa afluencia de capitales de inversión, del propio crecimiento económico y, también, es la sospecha que está en el aire, de la masiva llegada de platas del narcotráfico.

Lo más importante, empero, es que la transformación de las estructuras económicas ha llevado a que el afán de lucro se transforme en el motor de la vida de la mayoría de nosotros. Se diría que es cada vez mayor el porcentaje de quienes están dispuestos a pasar por encima de cualquier principio o consideración si se trata de ganar plata y poder tener y consumir más. Esto abona el terreno para el auge de la corrupción.

La transición chilena a la democracia ha concitado elogios en el ámbito internacional por su carácter pacífico y por haber ido de la mano de un crecimiento económico con dosis cada vez mayores de equidad. Con excepción de pequeñas bandas violentistas, cuyas acciones han causado dolor y destrucción inútiles, y de algunos grupos en exceso ideologizados que parecen en todo momento añorar un pasado irrepetible, el grueso de la población, sectores e instituciones nacionales han sido actores protagónicos de este proceso. La envidiable popularidad de que disfruta el Presidente Aylwin, a casi tres años y medio de haber asumido el mando, comprueba que la ciudadanía reconoce que el Primer Mandatario ha sabido estar a la altura de las circunstancias, conduciendo con buen timón un proceso que se preveía complejo.

FACTORES DE ALTO RIESGO

Es probable también que parte importante del amplio apoyo de que sigue gozando el Gobierno del Presidente Aylwin obedezca a que la gente percibe que se ha comportado con decencia, esto es con apego a las reglas de la moral pública. Las comparaciones son siempre odiosas, pero cuando se observa el clima de corrupción y cinismo que impera en muchos países de la región, con sonados escándalos que comprometen a autoridades muy elevadas en las jerarquías públicas, Chile aparece con un rostro casi franciscano.

Sin embargo, se están configurando factores de alto riesgo, que no cabe ignorar ni desconocer. El peligro de que la corrupción, hasta ahora confinada a espacios estrechos y cuasi clandestinos, se torne más agresiva, manifestándose sin tapujos y en áreas cada vez más amplias, nos acecha con fuerza creciente. Lo mejor que podemos hacer ante este peligro es reconocerlo y procurar la más amplia alianza de los partidos y sectores que creen en el régimen democrático, incluida por cierta la Iglesia Católica, para combatir en forma eficiente este lacra.

Las empresas públicas son campo propicio para el surgimiento de la corrupción. Hay contratos, órdenes de compra y licitaciones por elevados montos cuya asignación puede ser distorsionada por sobornos y otras irregularidades que no dejan huellas o que son de difícil detección por parte de un analista que se fija sólo en aspectos contables o jurídicos, que es el caso de la Contraloría.

Sin embargo, sólo quienes se dejan llevar por la pasión derivada de un ideologismo excesivo puede postular que la corrupción es monopolio de las esferas del poder político o de las empresas públicas. También en la esfera privada abundan los casos de corrupción, según lo comprueba el examen de numerosas experiencias del mundo de hoy.

Los engaños masivos a los consumidores por parte de ciertas industrias del sector privado cuyos productos o servicios no se ciñen a los estándares de calidad ofrecidos en su publicidad constituyen una muestra de esta extendida modalidad de corrupción.

En la misma línea pueden mencionarse los fabulosos sueldos y beneficios adicionales, estos últimos encubiertos, que se asignan a sí mismo numerosos ejecutivos de grandes corporaciones trasnacionales, los cuales, en lugar de ajustarse hacia abajo, ante la prolongada recesión que vive buena parte del mundo industrializado, han seguido incrementándose pese a que los resultados de los balances de las compañías a su cargo acusan un sostenido retroceso. Aquí las leyes del mercado no funcionan porque los analistas económicos han sido incapaces de desentrañar el porqué de la forma tan autónoma en que evolucionan los ingresos públicos y encubiertos de esos altos ejecutivos.

CORRUPCION Y EMPRESAS PUBLICAS

Las empresas estatales pertenecen a todos los chilenos. Por eso es que sus ejecutivos deben reconocer sin tapujos ni vacilaciones el derecho de los representantes de la ciudadanía, en especial los parlamentarios y los medios de comunicación, aparte por cierto de las autoridades de Gobierno, a formular críticas, interrogantes y denuncias acerca del manejo y funcionamiento de las empresas a su cargo. Igual derecho cabe reconocer a los líderes empresariales y dirigentes políticos.

Cuando se les haga objeto de críticas, y con mayor si se trata de de denuncias, los ejecutivos de las empresas públicas han de apresurarse, por un evidente imperativo ético, a suministrar a quienes los cuestionan toda la información disponible. Sean cuales fueren las intenciones de los críticos, a éstos les debe quedar en claro que la empresa, sin perjuicio de las inevitables limitaciones humanas, se maneja con eficiencia y corrección.

La fiscalización de los organismos públicos, como la Contraloría, puede ser insuficiente para evitar brotes de venalidad y corrupción, ya que dicho organismo se remite a menudo a la letra de la ley y no evalúa la calidad de la gestión de una empresa. Es probable, en consecuencia, que la legislación fiscalizadora de estas unidades requiera ajustes que tomen en cuenta la modernización que ha experimentado el país y la economía y las nuevas modalidades, mucho más sutiles, que pueden adoptar las conductas indebidas.

Quienes creen que las empresas públicas, aun en el contexto de un Estado moderno, están llamadas a hacer un aporte específico a la sociedad no podrían estar más de acuerdo con reformas legales que permitan una fiscalización más técnica y expedita de activos y recursos que pertenecen a todos los chilenos.

En un año electoral como es éste, existe el peligro de la proliferación irresponsable de denuncias, motivadas en afanes politiqueros, sobre supuestas irregularidades o corrupción en empresas públicas. Quienes creen estar en posesión de antecedentes inquietantes deberían solicitar asesoría técnica antes de darlas a conocer, ya que las denuncias bombásticas, que causan estragos a la imagen de una empresa, pueden a menudo ser resultado sólo de ignorancia en cuestiones de carácter técnico.

Las denuncias irresponsables o carentes de fundamento técnico pueden no servir en absoluto para conjurar esa seria amenaza contra la democracia que es la corrupción. Pueden tan sólo redundar en el deterioro de la imagen de empresas que están tratando de mejorar su eficiencia y para desalentar a equipos de técnicos y trabajadores en los que hay gente de todos los colores políticos.

En democracia, todo derecho conlleva un deber. El olvido de ese principio fundamental corroe el sistema democrático tanto como la propia corrupción.

LA IGLESIA NO ESTA A SALVO ]

Junto con llamar a sus fieles a estar atentos contra las amenazas del consumismo y de la corrupción, que van de la mano, nuestra Iglesia debiera alertar a los políticos de buena voluntad para que extremen las medidas a objeto de evitar la corrupción, pero que lo hagan con altura de miras y sin caer en un fariseísmo estéril.

Aunque suene fuerte decirlo, el auge de la corrupción en el mundo obliga a la propia Iglesia a promover una mayor transparencia en la toma de sus decisiones, sobre todo en las instancias vaticanas que manejan a su entero arbitrio cuantiosos capitales, ya que sería ingenuo suponer que sus protagonistas son inmunes a la tentación.