Volver a lo esencial: imperativo para éxito de la Nueva Evangelización
A lo largo de los siglos hemos ido contaminando el Evangelio con una gran cantidad de prejuicios y "trancas" de algunos pastores, condicionamientos de culturas dominantes y exigencias derivadas de la connivencia con el poder
CIENTOS DE LAICOS de buena voluntad se están preparando para lanzarse en la Nueva Evangelización del Gran Santiago. Se trata de una tarea difícil porque en una sociedad en la que la modernización de las estructuras y relaciones económicas va de la mano de la consolidación de la democracia y el derrumbe de las utopías la tónica dominante es el pragmatismo. O, dicho de otra forma, la indiferencia por todo lo que no sea pelotas (fútbol), mediocridad intelectual (telenovelas y shows) y fórmulas de enriquecimiento rápido (quinos, lotos, etc). El auge de la delincuencia, el individualismo y el materialismo grosero hacen que las personas desconfíen unas de otras y transforma el ejercicio de reunirse en encuentros cara a cara que no respondan a un objetivo utilitario en un ejercicio cada vez más exótico e impensable.
Pero la tarea de los misioneros se verá adicionalmente dificultada por la imagen desfavorable que nuestra Iglesia Católica está proyectando en vastos sectores a los que desearía evangelizar. La intolerancia frente a los que piensan distinto tanto dentro como fuera de la Iglesia, el moralismo chato que lleva a confundir el Evangelio con una receta de normas en materia sexual, el auge del autoritarismo, la marginación de los laicos y la discriminación contra la mujer, la desconfianza respecto de la libre expresión de las ideas y del quehacer de los intelectuales son factores que harán que muchas puertas y corazones se cierren, por más empeño que pongan los misioneros en su labor.
UN MENSAJE EN EXCESO CONTAMINADO
En un hermoso artículo publicado en el diario La Época, el padre Miguel Ortega se preguntaba con qué espíritu debieran ponerse en marcha los misioneros de esta Nueva Evangelización.
"Debemos ir no confiando sólo en discursos preparados o en mensajes aprendidos de memoria. No confiando en nuestra propia sabiduría o erudición. Iremos confiando en quien nos envía. En su palabra. En su persona. Iremos no tanto como maestros que enseñan, sino como aprendices que aprenden del único Maestro y del único Señor".
Hay aquí una actitud respetuosa y hasta humilde que tiene muy poco que ver con el triunfalismo absurdo e infundado que uno percibe en ciertos miembros de la Jerarquía, en especial de aquellos que han llegado a sus cargos en el pasado reciente, al impulso de oleada restauradora que impulsa el Vaticano.
¿Y qué diremos? se continúa preguntando Ortega. "Simplemente lo que todos necesitamos con urgencia escuchar: para vivir es preciso volverse a Dios. Para poder gozar la vida aquí en la tierra es preciso experimentar que Dios es el habitante de nuestras casas, de nuestros pueblos, y es también el habitante silencioso de cada uno de los hombres".
Por desgracia, como miembros de la Iglesia Católica nuestro mensaje no podría ser tan límpido y elemental, pues a lo largo de los siglos hemos ido contaminando el gran anuncio del Evangelio con una enorme cantidad de prejuicios y hasta "trancas" psicológicas de algunos pastores, condicionamientos de culturas dominantes y exigencias derivadas de la connivencia con el poder.
"Les diremos que es falso que Dios vive enojado con nosotros" continúa ilusionado el Padre Ortega, como ignorando que ese anuncio gozoso tiene poco que ver con las denuncias de crisis moral a la que son tan aficionados nuestros pastores y que lleva en forma inevitable a la resurrección de la imagen de un dios castigador que es una parodia de Aquel en el que creemos nosotros los cristianos.
"Les diremos que si se vuelven a Dios encontrarán a un Padre que acoge y perdona. Que está atento a nuestras necesidades y que nos oye en lo más secreto del corazón. Les diremos que a Dios no hay que tenerle miedo, sino que pueden confiar en El, que es tierno y bondadoso. Dios es el consuelo que necesitan tantos hombres y mujeres abrumados y entristecidos por la dureza de la vida. Es la fuerza que requieren tantos que sienten el peso de la propia debilidad. Es la compañía de los solitarios. Veremos emocionados que así como el Señor vive en los templos de la ciudad, con mayor razón vive en los templos de carne y hueso que recorren nuestras calles".
Es probable que, si ése fuere el anuncio, muchas personas que hoy están alejadas de Dios se volverían a El. El problema es que la institución llamada a difundir este mensaje resulta cada vez menos creíble para vastos sectores de la población. Son miles y miles los que están dispuestos a aceptar al Señor, pero que se resisten a aceptar a la Iglesia. Y que sospechan que esta misión, más que anunciar el amor incondicional de un Dios que ha llegado al extremo de encarnarse en el mundo, busca recuperar adeptos y detener la sangría de fieles que viene sufriendo desde hace años.
¿EL GERMEN DE UN CONSENSO?
Para recuperar credibilidad y transformarnos en instrumento eficiente del anuncio del Evangelio, nuestra Iglesia tendría que volver a lo esencial y tener el coraje de revisar y prescindir de estructuras y posiciones inútiles. Tendría que renunciar al afán de reglamentar la vida íntima de sus fieles, decidirse a superar el abismo entre laicos y clérigos y entre Jerarquía y masa, pedir perdón por tantas chambonadas y errores, muchos de ellos a costos muy elevados en términos de vidas humanas, que ha cometido incluso en el pasado reciente, alegando en cada oportunidad que actuaba en nombre del Señor.
Hay que volver a lo esencial no tanto para detener el éxodo de fieles, sino que, en lo principal, para ser fieles a la voluntad del Señor. Un retorno a lo esencial contribuiría poderosamente a la aparición de un clima de mayor tolerancia en el seno de la comunidad de creyentes. Perderíamos, claro, el perfil de regimiento que el Vaticano está imponiendo a las iglesias locales, pero ganaríamos en espíritu de familia, donde los hijos pueden pensar en forma muy distinta, pero se respetan y se quieren, como sucede en todo verdadero hogar.
Curiosamente, también sectores tradicionalistas dentro de la Iglesia están empezando a reivindicar este imperativo. En un artículo publicado en El Mercurio, el abogado José Miguel Lecaros Sánchez afirma: "El desafío de la Iglesia Católica radica en volver a su rol misionero con un mensaje más simple, más vivo, más real, más directo en el dar respuesta a la angustia del hombre contemporáneo que parece tenerlo todo. Un mensaje más centrado en lo esencial y depurado de estructuras innecesarias... Cuando lo esencial está claro, hay más libertad y tolerancia para aceptar las legítimas diferencias".
Nos declaramos resueltos partidarios de esta propuesta. El problema es que Lecaros es ferviente admirador del Cardenal Ratzinger, acerca de cuya mentalidad autoritaria y vocación restauradora ya no quedan dudas. Si bien las expresiones de Lecaros suenan promisorias por sugerir que el sector tradicionalista que él representa estaría abierto al pluralismo, cabe preguntarse qué entiende este sector por "lo esencial" de nuestra fe y "legítimas diferencias".
UN PRODUCTO CADA VEZ MÁS EXÓTICO
"Es curioso que alguna gente se asombre y muchas veces se escandalice cuando ve a distintos prelados católicos tener apreciaciones diferentes incluso acerca de materias doctrinales" apuntaba hace poco el obispo auxiliar de Temuco, Jorge Hourton, en un artículo, publicado en La Nación, en el que reivindica el pluralismo dentro de la Iglesia, dando por hecho (¿ingenua o irónicamente?) que éste existe, en circunstancias de que, como a él mismo le consta, se trata de un producto cada vez más exótico dentro de la asamblea eclesial.
"Nadie se extrañará de diferencias en materias de gusto: que algunos obispos prefieran las empanadas de pino y otros las de mariscos, unos el vino tinto y otros el blanco... También en materias doctrinales puede haber gustos diferentes: en teología, por ejemplo, se puede preferir la escuela tomista sobre la escotista; o también se puede juzgar más urgente estudiar Doctrina Social de la Iglesia, mientras otros tienen más gusto por la liturgia."
Luego, Hourton expone sus ideas respecto de una cuestión crucial para la Iglesia de hoy, puesto que su eventual inexistencia cuestiona la capacidad misma de esta entidad para anunciar el Evangelio. "Hay pluralismo dentro de una misma Iglesia cuando es igualmente legítimo decir SI o decir NO ante un problema serio y relevante, en el cual la fe cristiana no impone ninguna definición obligatoria. Por ejemplo: ¿Es justa, es conveniente, es necesaria o indispensable la ley del servicio militar obligatorio?... ¿Son buenos o malos los establecimientos escolares mixtos? ¿Están los protestantes incluidos en la única Iglesia que fundó Jesucristo? ¿Ha aportado mucho a la América Latina la Teología de la Liberación? ¿Se puede ser católico de izquierda o de Derecha? A esta clase de problemas en los que se puede contestar de una u otra manera igualmente legítima que sí o que no -al menos todavía mientras no haya una definición ex cathedra- es la materia precisa sobre la cual versa el pluralismo dentro del catolicismo.
Por nuestra parte, como laicos, sostenemos que no cabe ningún pronunciamiento ex cathedra en estas materias, por lo que las consideramos intrínsecamente discutibles, sin perjuicio de manifestarnos partidarios de un debate a fondo de manera que entre todos busquemos lo que el Espíritu quiere decirnos.
MORAL Y MORALINA
Hourton se pregunta además: "¿Son siempre 'pecados graves' la píldora, los preservativos, las relaciones prematrimoniales, la masturbación, los 'divorcios a la chilena', etcétera?" Asevera luego algo obvio, que muchos pastores, por soberbia, se niegan a admitir: y es que la exposición misma de la doctrina moral católica sufre cambios de acentuaciones (nosotros habríamos dicho "vuelcos" o acomodos) aun en documentos del magisterio supremo.
"Quien lee por ejemplo lo que escribía Pío XI en Divini illius Magistri -sobre las escuelas mixtas de hombres y mujeres no puede menos que comprobar una gran evolución en la praxis misma de la educación católica ¡y en la misma teoría!. El santo cura de Ars amenazaba con los suplicios del infierno a los que se corrompieran en los bailes pueblerinos: ahora casi no hay colegio o parroquia católica que no organice un beneficio con un gran baile con la infaltable elección de reina y el bingo. Y no digamos nada acerca de la amplísima permisividad de que hace gala el Canal 13 en materia de espectáculos frívolos y casquivanos...".
Estas "mutaciones en las apreciaciones éticas", como las llama con elegancia Hourton, constituyen un hecho psicosocial que los que los moralistas, sobre todo los pastores, tienden a pasar por alto, lo que los lleva a menudo al ridículo, y no precisamente por ser fieles al Evangelio, lo que sería un santo ridículo. La imposición, a comienzos de los 60, de la pena de excomunión por parte de un obispo integrista chileno a las mujeres que usaran bikini en las playas constituye un ejemplo de posturas cuya torpeza pretende disimularse invocando la voluntad del Señor. Tales excesos debieran hacer a los pastores más cuidadosos y, en definitiva, a quedarse en lo de veras esencial y en el llamado permanente a la conversión personal, que es un proceso que no termina nunca, y que nos permite sentir más cerca a ese Padre que nos ama sin condiciones y que es fuente de Vida.
Por desgracia, el horno no está para bollos. Cientos de misioneros laicos intentarán con fe y entusiasmo anunciar en todos los barrios del Gran Santiago la jubilosa noticia que nos ha traído el Señor Jesús. Lástima que Roma parezca empeñada en boicotear esfuerzo tan valioso. Sólo cabe confiar en que, a la larga, el Espíritu será más fuerte que quienes tiene la pretensión de domesticarlo y monopolizarlo.