Ordenen obispo a quien haya sido elegido por el pueblo
En los primeros tiempos del cristianismo las comunidades de creyentes participaban en forma activa en la elección de sus autoridades.
JESÚS ENCARGO A Pedro la tarea de apacentar el rebaño de los creyentes y le confirió poderes de atar y desatar, palabras que algunos utilizan con fruición para defender el autoritarismo romano. Sin embargo, es bueno dejar constancia de que a diferencia de lo que sucede en la Iglesia de hoy, Pedro no designó obispos a su voluntad y que en los primeros tiempos del cristianismo las comunidades de creyentes participaban en forma bastante activa en la elección de sus autoridades.
Claro es el contraste con la realidad imperante en nuestros días, en las que a menudo el Vaticano impone sin contemplaciones como obispos a personas que no gozan ni de la menor simpatía de las comunidades a las que están llamados a servir. En algunas iglesias locales europeas se han producido en el último tiempo violentas reacciones por parte de sacerdotes y fieles ante determinados nombramientos episcopales, debiendo incluso intervenir la policía para asegurar la entronización de los designados.
COMIENZOS DE LA IGLESIA
Un estudio del profesor francisco Martín Hernández, de la muy pontificia universidad de salamanca, demuestra que el autoritarismo no fue la característica del ejercicio del poder por parte de la máxima jerarquía de la naciente Iglesia fundada por Jesús.
A la muerte de los dos grandes apóstoles, Pedro y Pablo, el anuncio del Evangelio había llegado ya a los centros más importantes del Mediterráneo. Esta expansión geográfica supuso un período de confirmación de las iglesias, debido a los peligros de origen interno, como es la aparición de los primeros brotes heréticos, y externos, derivados de la persecución romana. Los responsables de las iglesias se mostraban especialmente preocupados por conservar la fidelidad de los cristianos a las enseñanzas del maestro y preservar la unidad en medio de la dispersión. Esta es la época de los "evangelistas y pastores" (Ef 4,11). Se tiende, pues, a reafirmar y a unificar la autoridad, por lo que a los pastores se les dan una serie de recomendaciones que conocemos a través de las llamadas cartas "pastorales". Se habla en ellas de los obispos, unas veces en singular, otras en plural: y del "presbiterio" que impone las manos sobre los elegidos (Tit 1,5-7; 1 Tim 3, 1-7).
Sin embargo, ni siquiera en esta época de persecución y de surgimiento de herejías los obispos se sienten llamados a ejercer "facultades extraordinarias" que incrementen sus poderes a costa de las comunidades. De éstas siguen brotando los ministerios y cada uno lo ejerce según el don o el carisma que recibe. Continúa el ministerio de los profetas y de las profetisas; y el de los apóstoles, evangelistas y pastores. Tampoco los sucesores de Pedro buscan ejercer una autoridad omnímoda ni centralizada.
Hasta bien avanzado el siglo II no se perfilan todavía con nitidez los términos con los que se designa a obispos y presbíteros. Por ejemplo, san Ireneo de Lyon escribe: "los que pertenecen a la Iglesia deben obedecer a los presbíteros que suceden a los apóstoles...; ellos han recibido con el episcopado el carisma de la verdad".
En el siglo III, autores como Orígenes, Hipólito de Roma o san Cipriano enseñan que el obispo es el único jefe y director de su propia Iglesia local. Pero postulan un procedimiento sorprendentemente democrático para la elección de esta autoridad. "Sea ordenado obispo quien haya sido elegido por todo el pueblo, con tal de que sea irreprensible", instruye Hipólito de Roma. "El domingo se reúnan el pueblo, que ha dado antes su consentimiento, el colegio de los sacerdotes y los obispos presentes. Invocando otra vez el consentimiento de todos, estos últimos impongan las manos sobre el elegido, mientras los demás oran en su corazón para que sobre éste descienda el Espíritu Santo. En la plegaria de bendición se hable del sumo sacerdocio, que se le concede en virtud del poder dado a los apóstoles" (Hipólito, Tradición Apostólica, II y III).
Por su parte, san Cipriano pide para la elección de los obispos el sufragio de la comunidad, el consentimiento de los obispos de la provincia respectiva y el asentimiento del metropolitano. Es necesaria la presencia de al menos tres obispos para que pueda procederse a la consagración. En carta que dirige a las comunidades de Astorga y de Mérida afirma vigorosamente su tesis de que el "sacerdos" (término con el que alude en forma indistinta a obispos y presbíteros) debe ser elegido "estando presente el pueblo", por razón de la "autoridad divina"; y pone el ejemplo del mandato dado por Dios a Moisés para elegir a Aarón. Es lo que puede dar garantía de "la justicia y legitimidad de la ordenación", puesto que viene avalada por "el sufragio y el juicio de todos". Tal procedimiento, añade, lo siguieron los apóstoles, "por la enseñanza divina", en la elección de Matías (carta 67, 4).
Con la conversión de los germanos al cristianismo se iría haciendo también costumbre la intervención del poder civil en la elección de los obispos. Y la Iglesia comenzaría a mundanizarse, incorporando en la designación de sus autoridades y en el ejercicio del poder, criterios y procedimientos reñidos con la enseñanza de Jesús.
La designación unilateral de los obispos por parte de Roma no es, en consecuencia, un procedimiento que encuentre su origen en la Iglesia primitiva. El análisis de lo que sucedía en las primeras comunidades lleva a concluir, por el contrario, que cuando esas designaciones se hacen sin considerar en absoluto el sentir de los sacerdotes y fieles de la respectiva Iglesia local se está distorsionando en forma grosera la auténtica tradición cristiana.