Camino al andar
Abril de 1992

Juan Pablo II de nuevo a Chile: una visita inconveniente

La expresión “segundas partes nunca fueron buenas” viene como anillo al dedo cuando se analiza los pros y contras de un proyecto temerario porque sólo se prestaría para penosas comparaciones con la primera visita

NO CABE PONER en duda el amor de Juan Pablo II por el Señor y la Iglesia. Durante su ya largo pontificado, el polaco sucesor de San Pedro se ha prodigado hasta el límite de sus fuerzas físicas por servir al rebaño que el Señor le encomendó. Transformado en un peregrino incansable de la era del jet, ha llevado su mensaje a más de un centenar de países en jornadas agotadoras e interminables. Es probable, además, que la historia lo considere un personaje clave en la declinación del marxismo, cuyo imperio parecía inexpugnable hasta hace poco. En el haber de su gestión al frente de la Iglesia no puede dejar de incluirse su constante preocupación por la suerte de los pobres, que siguen, por desgracia, conformando el grueso de la población mundial.

Pero el respeto y hasta admiración que suscitan su persona y entrega no pueden ocultar la inquietud y hasta la angustia con que amplios sectores de la Iglesia visualizan la línea que Juan Pablo II va imponiendo en forma cada vez más marcada a su papado.

CRECIENTE DUREZA

Al principio fueron decisiones aisladas. Entonces, los nombramientos de obispos de orientación conservadora fueron vistos como manifestaciones del lógico pluralismo que debe imperar al interior de esta comunidad de creyentes. Y se creyó que los exabruptos doctrinales preconciliares y los apoyos a grupos sectarios al interior de la comunidad de creyentes, por parte del nuevo Papa, obedecían a comprensibles resabios de una época muy larga en que la Iglesia de los países regidos por el totalitarismo marxista tuvo que estar a la defensiva, ambiente en el cual Juan Pablo se había criado y formado.

Después, claro está, se fueron tornando evidentes los síntomas de que el antiguo arzobispo de Cracovia tenía en la cabeza un proyecto restaurador autoritario y que estaba dispuesto a llevarlo adelante con voluntad de hierro. Para esto se fue rodeando de un grupo de jerarcas de su más absoluta confianza, quienes parecen competir en quién es más autoritario y duro, lucha en la que es inevitable que se tienda a dispensar escasa importancia a los procedimientos.

"Un Papa cada vez más duro" tituló en su portada, bajo una foto de Juan Pablo II, la revista española Cambio 16, poniendo de manifiesto que la situación resulta evidente para quienes observan los acontecimientos desde fuera de la Iglesia.

ABRIL DE 1987, IRREPETIBLE

En nuestro país nos demoramos más en darnos cuenta de la cruzada restauradora que impulsa Juan Pablo II. La gratitud que argentinos y chilenos le debemos por los ímprobos esfuerzos que este Papa desplegó para impedir la insensata aventura bélica a la que nos pretendieron arrastrar las dictaduras militares nos obnubiló la mente. De otro lado, la firme posición de la mayoría del Episcopado chileno en defensa de los derechos humanos y la dignidad de los pobres nos llevó a suponer que Juan Pablo estaba en la misma línea.

Esa percepción equivocada o voluntarista es la que explica la explosión de júbilo y afecto con que Chile acogió al Papa hace casi cinco años. Ningún otro visitante ha logrado concitar, a lo largo de toda nuestra historia como país, un sentimiento de buena voluntad tan profundo como Juan Pablo II en abril de 1987. Pero en la generación de ese ambiente tan excepcional influyeron una serie de factores que rebasaron por amplio margen la adhesión de los chilenos al catolicismo, a despecho de las cuentas alegres que algunos obispos sacaron apresuradamente.

MEJOR QUE NO

Ahora dicen que el próximo año volverá a visitarnos. Preferible que no lo haga. En el mundo de hoy queda poco espacio, felizmente, para los líderes autoritarios. De otro lado, los personajes superestrellas deslumbran durante algún tiempo, pero después su popularidad declina en forma inevitable.

Al igual que le sucedió hace poco en Brasil, si decidiera venir de nuevo a Chile el Papa comprobaría que el delirio de ayer se ha trocado en cortesía forzada, cuando no en indiferencia o simple curiosidad, y que sólo entusiasma a la facción que lo siente el primero de los suyos dentro de la Iglesia Católica.

La creciente dureza de Juan Pablo II no tiene nada que ver con la imagen de un padre afectuoso, que es la que nos interesa, antes que nada, proyectar a los católicos respecto del Papa. Por el contrario, tal dureza ha causado mucho daño a las posibilidades de difusión de la Buena Noticia. Los profetas son indispensables también en el mundo de hoy, a condición de que ellos sean capaces de compatibilizar la denuncia con el amor y, en especial, de indicarnos el camino no hacia un pasado presuntamente idílico, sino hacia un futuro en que se den nuevos avances para la construcción del Reino de Dios.

Los hombres del mundo desarrollado se han sentido agredidos en forma constante por su prédica moralista, ahistórica, que parece añorar un pasado de cristiandad que sólo existe en la imaginación. Entonces, en lugar de acoger su palabra, de sensibilizarse con ella, se han alejado por completo de una Iglesia que se muestra incapaz de comprender que los tiempos actuales, junto a muchos vacíos y pecados, exhiben también considerables progresos, incluso en el plano ético.

Las denuncias papales acerca del creciente materialismo y el olvido de Dios por parte del hombre moderno no parecen muy fundadas, si se considera la conciencia cada vez mayor acerca de los derechos del hombre, fenómeno sin precedentes y cuyo impulso sólo puede provenir del Señor de la Historia. "Si Dios no existe, todo está permitido" escribió Dostoievski. El consenso de que hay límites que no pueden ser sobrepasados bajo ninguna circunstancia anida ya en el corazón del hombre moderno; y si bien puede decirse que es todavía mucho más deseo que realidad, ese solo paso deja de manifiesto un avance formidable en la conciencia moral, a través del cual se percibe la intervención del mismo Dios.

De otro lado, en América Latina las iglesias evangélicas, que plantean un mensaje tanto o más exigente en términos de la moral individual, se expanden a ritmo vertiginoso. ¿Cómo se explica que nosotros vayamos declinando, y que los evangélicos crezcan sin cesar? ¿No influirá en algo la estructura descentralizada y el hecho de que todos ellos, y no sólo una clase especializada, estén llamados a predicar y anunciar?

La dureza del Papa ha ocasionado grave daño a la causa ecuménica. Cuando uno se siente poseedor absoluto de la verdad, la búsqueda de acuerdos con iglesias hermanas se hace muy difícil. Así lo han dejado en evidencia importantes confesiones cristianas, a propósito del reciente sínodo europeo de obispos católicos.

Pero la dureza de Juan Pablo no sólo le ha enajenado la buena voluntad de los "paganos" del mundo industrializado. El estilo de su pontificado, la forma de plantear su mensaje, la reticencia a revisar con audacia una serie de aspectos que no son sustanciales al Evangelio --como el excesivo clericalismo al interior de la Iglesia, el celibato de los sacerdotes, la prohibición de que las mujeres accedan al orden sagrado, la obsesión por el moralismo sexual y el natalismo, el culto desmesurado a María-- han cerrado las posibilidades de todo avance real en el campo ecuménico.

Peor todavía, estas actitudes han provocado un cisma tan silencioso como masivo dentro de la propia Iglesia. Muchos hermanos conscientes de su fe se han alejado en silencio de la comunidad de bautizados. Algunos se limitan a participar en la misa dominical. Otros concurren al templo sólo de vez en cuando y no están adscritos a instancia eclesial alguna. No faltan los que han buscado otra confesión en la cual vivir su fe. Están, también, es cierto, los que siguen (seguimos) adentro. Al interior de este último grupo, hay quienes se han "sumergido", como hacían los adversarios de la dictadura de Pinochet cuando éste endurecía la represión. Otros intentan resistir, aunque se dan cuenta de que se trata de una misión casi imposible en una época en que el heroísmo parece pasado de moda.

INCONVENIENTE

En los últimos años, Juan Pablo II ha seguido adelante con su plan de modificar a fondo el perfil del episcopado y de la Iglesia de Chile. El éxito de su empeño queda patente en el absurdo de que Monseñor Cristián Caro, que no tiene ni siquiera un año de ejercicio como obispo, acaba de desplazar a uno de dilatada experiencia en las elecciones para designar al segundo hombre de la Conferencia Episcopal.

El Papa ya ha materializado pues en Chile, lo mismo que está haciendo a escala universal, el propósito de imponer su gente y su esquema. Al hacerlo, ha terminado de cerrar la puerta a la alternativa de promover un debate sincero al interior de la comunidad de creyentes para encarar el desafío de anunciar con mayor eficacia el Evangelio de Jesucristo a los habitantes de este planeta en las proximidades del año 2000.

Con los procedimientos que propicia o tolera, Juan Pablo ha logrado, asimismo, crear miedo incluso a opinar al interior de la Iglesia. Y pensar que éste debiera ser un espacio de libertad y cálida acogida para el hombre de hoy, agobiado por la competencia y por el vertiginoso avance científico y tecnológico.

Está claro, por último, que una nueva visita papal sólo se prestaría para penosas comparaciones con la anterior, situación que no podría revertir ni la más costosa campaña publicitaria.

No hay razones, entonces, para una nueva venida de Juan Pablo a Chile. Claro, los obispos tienen que apresurarse a decir que lo aguardan anhelantes. Pero los laicos dentro de la comunidad de creyentes no estamos obligados a hacerlo. Y por el respeto que le seguimos dispensando, pensamos que sería mejor evitarle una experiencia que no le haría bien ni a él ni a la Iglesia.