Una tarea pastoral pendiente
Durante los últimos años nuestros obispos se las han jugado por la reconciliación, los pobres y los que sufren, pero están en deuda con el creciente número de fieles afectados por el quiebre de sus matrimonios
LOS PSICOLOGOS SABEN que el quiebre del matrimonio constituye una de las experiencias más dramáticas a que está expuesto un adulto, comparable sólo a la muerte de un ser muy querido. Por un mandato inequívoco de Jesucristo, la Iglesia está obligada a prestar ayuda, protección y alivio a todos los que sufren, sea cual fuere el pensamiento político, religión, edad, sexo o condición social de éstos, aun en el caso de que los afectados tengan la culpa de lo que les ha sucedido.
Es probable que la víctima de los ladrones en la parábola del Buen Samaritano haya sido imprudente al internarse de noche por un camino solitario. El hombre al que Jesús presentó como cumplidor del más grande de los mandamientos no entró a juzgar al moribundo. Se conmovió ante su desgracia y actuó para socorrerlo.
Durante estos años, nuestros obispos y sacerdotes, salvo penosas excepciones, se han comprometido con la suerte de los que sufren. La Vicaría de la Solidaridad ha llevado a cabo una tarea formidable. En las poblaciones, múltiples iniciativas impulsadas por sacerdotes y laicos han procurado aliviar el empobrecimiento de tantos. Muchos han pagado con su vida o con la cárcel, el exilio y atentados contra su integridad física este compromiso con los débiles y los que sufren.
Por eso es que resulta extraño que en la atención a los separados o vueltos a casar los avances promovidos por nuestros pastores hayan sido escasos o nulos. Es cierto que casi todos los afectados tienen algo de culpa en lo que les ha sucedido. Pero por el sólo hecho de su sufrimiento, merecen la ternura y el apoyo de una Iglesia que debe ser madre y no madrastra; y signo del amor incondicional del Señor, antes que jueza implacable.
A diferencia de lo que sucedía hasta hace apenas 15 o 20 años, los quiebres matrimoniales afectan hoy en día en Chile a miles de personas. El fenómeno se desató en forma explosiva a mediados de los años 70 y no da señales de amainar. Se diría que es otra de las "modernizaciones" de las que tanto se habla, otra prueba de la "revolución silenciosa" que ha vivido el país. La negativa a legislar sobre el divorcio constituye la peor de las estrategias para encarar la crisis que afecta a la célula básica de la sociedad.
EL DOLOR DE LOS AFECTADOS
Tras el derrumbe de ilusiones, los separados afrontan un dolor intenso y, a menudo, la incomprensión y hasta el rechazo de familiares y amigos; a veces, también, la descalificación liviana de algunos sacerdotes. A tientas, tienen estas personas que rehacer sus vidas, criar o mantener contacto con sus hijos, descubrir qué les pasó, evitar la tentación del alcoholismo, superar depresiones, aprender a perdonar, descubrir que el Señor camina siempre a nuestro lado y que nunca nos abandona porque es Padre y no gendarme.
Muchos se apresuran a formar nuevas parejas, sin haber acometido el duro pero ineludible ejercicio de afrontar el dolor del fracaso y de descubrir sus verdaderas causas. Otros permanecen solos, pero mascando el resentimiento y hasta el odio. Los de más allá, incapaces de soportar la separación de los hijos, se desentienden de éstos. Casi todos se alejan de la Iglesia, por considerarse indignos o por temor a que se los condene.
LLAMADO PAPAL EN EL VACÍO
No sólo está la realidad de cientos de miles de personas que sufren. Hay un urgente llamado del propio Juan Pablo II, que no ha sido escuchado por nuestros obispos, pese a que fue lanzado en 1981. Señala en su Exhortación Apostólica
Familiaris Consortio:
"Exhorto vivamente a los pastores y a toda la comunidad de los fieles para que ayuden a los divorciados, procurando con solícita caridad que no se consideren excluidos de la Iglesia, en la que pueden y deben participar, en su condición de bautizados... La Iglesia rece por ellos, los aliente, se le presente como madre cariñosa, animándolos en la fe y en la esperanza".
Sólo ha tomado en serio este llamado un grupo de laicos, integrantes de la Comunidad Cristiana de Separados y Divorciados, que operan en la Parroquia San Juan Evangelista, en la zona centro de Santiago. Semanalmente, los martes llevan a cabo masivos encuentros, en los que se combina la autoayuda, el apoyo de psicólogos, sacerdotes y orientadores, la oración y la alegría. Unas 7 mil personas han recibido atención en esta comunidad eclesial de base, que, no obstante algunas incomprensiones por parte de quienes más apoyo debieran brindarle, puede mostrar, en casi 7 años de trabajo voluntario, una experiencia formidable y única no sólo en Chile, sino que en América Latina.
¿TRABAJO SÓLO DE LAICOS?
Uno podría pensar que, después de todo, el hecho de que la Jerarquía deje actuar sin mayores problemas a esta Comunidad, a la que concurren habitualmente sacerdotes y religiosos, es el máximo al que cabe aspirar. De un lado, la Iglesia no renuncia a plantear con claridad meridiana la doctrina de la indisolubilidad del matrimonio. Del otro, esta Comunidad, cuyo trabajo ha merecido amplia difusión en los medios de prensa, brinda apoyo a los fieles afectados y procura llevar a la práctica la exhortación de Juan Pablo II, sin que la Jerarquía se involucre en forma directa en un área tan complicada.
Parece más fácil, en verdad, que sacerdotes y obispos se comprometan en la instalación de una casa para acoger enfermos de SIDA que en la atención de personas vueltas a casar. Pero en el actual estado de cosas la valiosa experiencia acumulada por la CCSD no consigue llegar al resto de la Iglesia.
EXPERIENCIA DESAPROVECHADA
Los integrantes de esa comunidad han comprobado que la mayoría de los fracasos conyugales provienen de una inadecuada preparación al matrimonio. ¿Cómo no va a ser importante entonces que haya algún contacto entre la Comunidad y los equipos encargados de la preparación de los novios? Saben que muchos matrimonios se derrumban porque no hubo nadie que les entregara una asesoría oportuna que les ayudara a solucionar su crisis.
¿Por qué no aprovechar esta experiencia para enriquecer el trabajo de los grupos de matrimonios o de quienes atienden a parejas en conflicto? La CCSD tiene conciencia de que la educación al amor es clave para la estabilidad del matrimonio. ¿No sería importante que aportara su experiencia al trabajo de la Pastoral Juvenil? ¿Y a la celebración de la Semana de la Familia?
Nuestros pastores no pueden seguir dilatando el cumplimiento del urgente llamado del Papa y el desafío que plantea una realidad creciente y masiva.
Cuando se decidan a asumir en serio este desafío no podrán prescindir de la experiencia acumulada por la CCSD. Es cierto que ella no forma parte de la estructura burocrática de la Iglesia. Pero sería torpe no acoger todo el aporte que puede hacer a un trabajo pastoral más aterrizado y eficiente.