Camino al andar
Junio de 1990

Para transformarnos de masa en pueblo de Dios

La declaración de principios e intenciones que sirvió de presentación a la profética experiencia de boletín “Iglesia Nuestra” cuando Chile iniciaba su transición a la democracia

EN LA NUEVA etapa que comienza a vivir el país, la Iglesia chilena enfrenta desafíos inéditos y de gran complejidad, acaso más exigentes que los que hubo de encarar bajo los experimentos revolucionarios de Eduardo Frei, Salvador Allende y la dictadura de Augusto Pinochet. De un lado, sin renunciar a su opción preferencial por los pobres, tendrá que evitar las exclusiones. Del otro, junto con alejarse de lo cotidiano deberá seguir siendo un vigía moral de los procesos sociales, aunque con respeto a una sociedad cada vez más secularizada y pluralista. Y, last but not least (por último, pero no por eso menos importante) habrá de incrementar su eficacia en el anuncio de la palabra de Dios y el cuidado y la cohesión de la grey ante el avance del ateísmo práctico, el materialismo y diversas sectas.

Para que sea consecuente con su compromiso con los derechos humanos y el pluralismo, el diálogo y la participación, así como para una mayor eficacia de su quehacer evangelizador resulta imprescindible que la Iglesia permita que en su seno surja --porque hasta ahora es casi inexistente-- una auténtica opinión pública.

PARTICIPACIÓN LAICAL

Los laicos comprometidos fundamentalmente, es decir antes que con ninguna otra actividad o grupo, con la Iglesia Católica y para los cuales, no obstante nuestro pecado y limitaciones, la vivencia de la fe cristiana es lo más importante en nuestras vidas estamos llamados a asumir un papel insustituible en esta nueva etapa.

No se trata de manera alguna de promover al interior de la Iglesia una democratización utópica e indeseable que rompa la comunión profunda con nuestros pastores. Pero sí de promover --tarea que no estará exenta de incomprensiones y conflictos-- una mayor participación de los fieles conscientes de su condición de bautizados. A diferencia de quienes intentan imponer el autoritarismo en el seno de la comunidad universal de los creyentes, pensamos que el Pueblo de Dios camina hacia el Señor, hacia su reino, en un mundo que va descubriendo los valores del diálogo, del respeto a las diferencias y al pluralismo, de la democracia y de la transparencia y la descentralización.

En la medida que los laicos comprometidos sigamos dispersos, conformando un universo informe, no podremos enriquecer con nuestras percepciones y opiniones a nuestros pastores y, más allá de las palabras, la Iglesia seguirá conformada de hecho solo por el Papa, los obispos y el personal consagrado.

Previsiblemente, de otra parte, nuestra Iglesia tendrá que enfrentar tensiones que son en buena medida réplicas de las grandes discrepancias que se dan al interior de la comunidad universal de creyentes y que tanta preocupación suscitan en las comunidades del mundo industrializado. Resulta abismante comprobar hasta qué punto nos hallamos al margen de esos debates, que tienen que ver con aspectos esenciales de la forma de vivir y presentar el Evangelio.

En un momento de apertura democrática es probable que las discrepancias se manifiesten con más estridencia. Si ellas se ventilan única o principalmente a través de los medios de comunicación es probable que se agudicen o agraven más allá no solo de lo aconsejable, sino de lo imprescindible, al transformarse en objeto de una desenfrenada manipulación por grupos interesados.

LIBERTAD DE EXPRESIÓN EN LA IGLESIA

La experiencia de muchos países demuestra que las sociedades progresan cuando existe intercambio y confrontación de ideas y proyectos. La libre expresión del pensamiento constituye no solo un derecho de la persona sino también requisito para la eficacia del trabajo de cualquier institución. La magnitud de los desafíos para anunciar el Evangelio en los albores del tercer milenio torna imperioso el aporte de todos aparte.

El aserto de que es imprescindible avanzar hacia la creación de una sana opinión pública al interior de la Iglesia no obedece a una maniobra tendiente a instaurar un grupo de presión que trate de influir, aunque sea de manera legítima y transparente, sobre las decisiones o tomas de postura básicamente políticas que llevan a cabo con frecuencia nuestros pastores. En realidad, dicha pretensión sería hasta más sana que la tarea que llevan a cabo en forma subrepticia otros laicos, aprovechando las ventajas que les otorgan su dinero o peso político.

Sin embargo, nuestra intención principal apunta más bien a la apertura de un espacio de debate franco, responsable, pluralista y fraterno acerca de un abanico muy amplio de problemas que tienen que ver con la eficacia del trabajo pastoral y de evangelización, con nuestra inserción en el mundo y con la búsqueda de la esencia de ser cristiano.

Reiterémoslo para aventar malentendidos. Para los laicos comprometidos primero que nada con nuestra Iglesia la toma de posiciones éticas frente al acontecer político es ineludible, Pero ello no agota nuestros intereses e inquietudes puesto que somos básicamente miembros de la institución cuyo objetivo fundamental es el anuncio de la Palabra y la persona del Señor.

Pongamos algunos ejemplos de los temas que nos preocupan. ¿Tiene algún sentido que los colegios de Iglesia continúen discriminando según sexo sus alumnos? ¿Cómo se gasta el dinero que nuestra Iglesia recibe de sus fieles o de otras fuentes? ¿Qué ha pasado con la experiencia de formación de diáconos? Hacia una orientación cinematográfica más orientadora. ¿Cómo llevar adelante un programa de preparación de los jóvenes al matrimonio? La discriminación contra la mujer en la Iglesia. ¿Cómo predican nuestros sacerdotes? El programa de mamás catequistas. Los fieles y el celibato sacerdotal. La prohibición de la píldora y la pastoral de la familia. Comunidades cristianas de base e infiltración política. ¿Hay que suprimir la vicaría castrense? ¿Debemos construir más templos o más capillas pequeñas? Proyectos de ley sobre divorcio y aborto: principios y táctica más eficiente? ¿Son adecuados los bautismos colectivos? Contratación de personal en las instituciones católicas.

La falta de participación de los laicos comprometidos en el debate y las decisiones sobre estas y otras materias no solo desvaloriza a la Iglesia en su conjunto, sino que debilita el sentido de pertenencia de aquellos, quienes comprueban que son simples peones que cumplen a veces un extenuante y hasta monótono trabajo apostólico.

PUERTAS ADENTRO Y NO OFICIALISTA

Nos interesa llegar al mayor número posible de agentes pastorales, sacerdotes, comunidades de base, parroquias, congregaciones, institutos, etcétera que configuran la extensa, dispersa y en buena medida desarticulada red eclesial. En esta tarea los laicos ajenos a la burocracia de la Iglesia somos insustituibles. Nuestros obispos se rodean de expertos en diversas disciplinas para que los asesoren en materias especializadas o para que impulsen el trabajo pastoral, pero a menudo estos carecen de la imprescindible autonomía para entablar un diálogo fecundo con quienes los han designado o son en la práctica sus empleadores. Las burocracias son necesarias pero rara vez se caracterizan por su creatividad y empuje.

Tampoco los sacerdotes, regulares o diocesanos, están en condiciones de asumir esta responsabilidad, ya que ellos se encuentran de una u otra manera atados a sus superiores jerárquicos. Las publicaciones eclesiales están sujetas a censura más o menos rígida de parte de obispos o sacerdotes. Casi no hay medio alguno, ni siquiera muy modesto, que sea expresión auténtica de sentir laical e incluso del personal consagrado, que a menudo debe formular sus críticas o sentimientos solo en círculos de mucha confianza.

La revista Mensaje, que podría haber asumido esta tarea, se halla dedicada a la evangelización de la cultura, tarea imprescindible, pero que no cubre el área señalada aquí. Deliberadamente, incluso, la revista ha evitado abordar materias que son en cambio tratadas sin tapujos en revistas católicas europeas o norteamericanas.

Se requiere entonces un medio no oficialista, expresión que no es sinónimo de rupturista ni hostil a nuestros obispos.

El análisis crítico, el intercambio de ideas, informaciones y experiencias, la discrepancia, etcétera deberían expresarse “desde adentro” de la Iglesia con franqueza y sin tapujos, pero con un amor inmenso por esta comunidad humana de la que hemos recibido la fe en el Señor Jesucristo.

Sería una deslealtad para con nuestros potenciales lectores disimular que nos consideramos “progresistas” dentro de la Iglesia, para utilizar un término vago pero que sirve como referencia inicial. Sin embargo, queremos hacer un sincero esfuerzo intelectual por entender a nuestros hermanos en la fe que asumen otras perspectivas, por descubrir sus motivaciones profundas y la parte de verdad que poseen. Obviamente, las páginas de este boletín estarán abiertas para reproducir las contribuciones que nos quieran hacer llegar por más críticos que resulten de nuestras propias posiciones.

EL APORTE DE NUESTROS LECTORES

Clave para el cumplimiento siquiera parcial de sus propósitos es que es que este boletín se autofinancie. Es lo que explica la modestia de su presentación formal y el elevado precio comparativo de sus suscripciones. Para sobrevivir necesitamos por cierto el apoyo de nuestros potenciales destinatarios, el cual ha de manifestarse en pedidos de suscripciones y en la contratación en nuestras páginas de avisos que nos ayuden a financiar esta experiencia, lo mismo que en la entrega de opiniones y críticas en la forma de sugerencias de temas y de carta

Haremos todo lo posible por ser fieles a esta declaración de intenciones, pero es probable que sucumbamos a la tentación de la crítica descalificadora, de la formulación de nuestra verdad como si fuese la única, de la falta de caridad al cuestionar a otros. Inauguramos con este número un ejercicio al que no estamos acostumbrados, aparte de que es difícil exponer con firmeza lo que uno piensa sin herir o mortificar al contradictor.

Arriesgaremos parte de lo que tenemos y muchas horas de trabajo profesional en esta empresa, que ponemos en manos del Señor en la confianza de que El conoce lo recto y diáfano de nuestras intenciones y seguros de que en definitiva ningún esfuerzo acometido en su nombre resulta a la larga estéril.