Con piedras en las manos
Si quienes fueron aplastados por la dictadura hubiesen ganado el poder habrían probablemente perpetrado horrores tan grandes como los de sus enemigos
LOS CRISTIANOS QUE combatieron desde la primera hora al General Pinochet tienen sólidas razones, desde el punto de vista humano, para sentirse satisfechos con la conducta que asumieron y para apuntar con el dedo a otros creyentes, que apoyaron al régimen militar o cuya oposición inicial al mismo fue bastante tibia. La aparición de decenas de cadáveres sepultados clandestinamente comprueba, ahora fuera de toda duda, la violencia y crueldad con que actuaron desde el principio y hasta la hora nona quienes en menos de 48 horas habían logrado el control absoluto del poder en Chile tras el golpe militar de 1973.
LOS DE LA PARÁBOLA
Los católicos que de alguna manera favorecieron o apoyaron el golpe y brindaron durante algún (o todo el) tiempo su respaldo al anterior régimen no pueden menos que sentir desasosiego en su conciencia. Es buena señal.
Las curiosas excusas de que "es preciso tener en cuenta el contexto en que ocurrieron tales sucesos" deben ser entendidas como fruto de la confusión y la vergüenza, primer paso en el camino que conduce a pedir humildemente perdón a Dios por esta suerte de complicidad en el derramamiento de tanta sangre. Contraría la lógica, por lo demás, que muchos de quienes esgrimen ahora este torpe argumento suelan condenar en forma tonante e inmisericorde a quienes, por ejemplo, recurren al aborto, pese a que en la práctica muchas de las mujeres que cometen ese delito tienen menos culpa moral que un soldado que mata al adversario en la guerra, ya que actúan presionadas por múltiples factores.
Los que sí denunciaron valerosamente los excesos pueden reprochar a sus demás hermanos en la fe una conducta semejante a la que observaron tantas "buenas personas" que no quisieron darse cuenta de los horrores que provocó Hitler. Como se sabe, hubo gente que respiraba a diario el aire contaminado por los hornos crematorios de algún campo de concentración cercano, pero que tras el triunfo de los aliados manifestó horror al enterarse recién entonces de lo que había sucedido en esos recintos.
A estos hermanos, personas que se consideran buenas porque no hacen ningún daño, tiene que haberse referido Jesús cuando narró la parábola del Buen Samaritano. Ninguno de los que pasó de largo junto al moribundo del cuento tenía el propósito de ofender a Dios. Por el contrario, se trataba de personas "de Iglesia", como diríamos hoy: un sacerdote, un levita... Pero su grave delito fue mirar sin querer ver. ¿Acaso no seremos juzgados más por nuestros pecados de omisión que de acción? "Señor, ¿cuándo te vimos pobre, sufriente, hambriento, encarcelado...?", preguntarán sorprendidos en la hora del Juicio Final tanto los salvados como los réprobos, según anticipa el Evangelio. Llama por eso mismo la atención que la Iglesia haya mostrado escaso interés en poner en guardia a sus fieles acerca de la gravedad de los pecados de omisión.
Los que denunciaron y actuaron en forma oportuna tienen humanamente derecho a lanzar sus piedras a quienes miraron pero no fueron capaces de ver. Y, con más razón, a quienes, aun viendo y sabiendo lo que pasaban, prefirieron transformarse en cómplices o se negaron incluso a considerar que resultaba éticamente inaceptable. El afán de venganza; el miedo irreflexivo, que no es otra cosa que una tremenda falta de confianza en Dios; el ansia de poder, todas faltas gravísimas, llevaron a ilustres próceres católicos a arremeter en público contra muchos de sus obispos, que sí trataron de no ser ciegos y de actuar en consecuencia; y a otros fieles, a alejarse de la Iglesia, haciéndose los escandalizados.
También entre las filas del personal consagrado hubo algunos que no quisieron ver o que se hicieron los lesos. ¡Cómo no mencionar en este párrafo a algunos capellanes militares, cuyas actuaciones seguirán marcadas por la sospecha hasta que no se sepa toda la verdad! ¡Cómo no recordar a algunas congregaciones religiosas que izaban gozosas la bandera el 11 de septiembre en sus colegios y templos y, sobre todo en regiones, se empeñaban en aparecer obsequiosas con las autoridades!
HUMILDAD EN LA DENUNCIA
Pero sería mejor que los cristianos que tienen humanamente derecho a erigirse en acusadores dejen caer las piedras que sostienen en las manos. Y que, sin perjuicio de la verdad y la justicia, pongan en su denuncia el imprescindible amor hacia quienes objetivamente cayeron, algunos tan bajo. Ojalá que su reproche y su denuncia estén, en consecuencia, llenos de auténtica piedad y caridad hacia quienes demostraron tanta ramplonería intelectual, tanto miedo, tanta vulnerabilidad a una propaganda totalitaria, tanta chatura de espíritu o tanto apego al poder o a pequeñas granjerías.
Cabe pedirles asimismo que su denuncia y reproche estén marcados por la humildad y por el deseo no de aniquilar moralmente al otro, sino de dejarle una salida digna. Porque también los cristianos cuya actitud se ve hoy plenamente reivindicada por la historia tienen faltas de las cuales pedir perdón, aunque ellas sean de menor envergadura o más ocultas. Casi nadie pasó por esos largos 17 años con una fidelidad absoluta a los dictados del Evangelio.
Seamos sinceros: ¿Cuántos de los cristianos que estaban decididamente en contra del General Pinochet se condolieron de veras cuando éste estuvo a punto de morir en el atentado del Cajón del Maipo? ¿Cuántos de esos cristianos no sintieron por el contrario el íntimo deseo de que el General hubiese muerto?
El mismo Señor que contó la parábola del Buen Samaritano nos llamó a amar a los que nos hacen daño. No es posible que algunos levanten el Evangelio para acusar a quienes no quisieron ver los horrores del Chile de Pinochet, mientras se niegan a asumir el contenido de aquellas otras páginas en que nos enseña a desterrar del corazón el deseo del mal en contra aun de nuestros peores enemigos.
Nadie tiene derecho, en el seno de nuestra Iglesia, a empuñar piedras contra otro. Podemos reprochar conductas y actitudes, criticar con dureza si es preciso. Pero acaso sea más útil para la Iglesia y el país, y más grato a los ojos de nuestro Padre Dios, que admitamos que ninguno, salvo excepciones notables, está libre de pecado. Porque si quienes fueron avasallados por la dictadura militar hubiesen tenido alguna dosis de poder, es probable que hubiesen perpetrado horrores tan grandes como las que cometieron sus enemigos. Así lo demuestra, por desgracia, la propia historia de quienes decimos creer en el Señor. Y así sigue sucediendo en muchas partes hoy.G
Dejemos que resbalen las piedras de las manos. Quienes hablaron y se jugaron oportunamente por los derechos humanos lo hicieron no por mérito propio, sino porque el Señor quiso iluminarlos y fortalecerlos para una tarea tan difícil. Quienes, por miedo, chatura moral o apego al poder, o quizá al bienestar económico o a la seguridad no quisieron hablar, los instamos a no desperdiciar el tiempo de gracia que les sigue ofreciendo el Señor para arrepentirse.
Formular este planteamiento no puede confundirse con el fomento de una actitud blandengue, que busca echar una cortina de humo para sobre quienes tienen, objetivamente, gravísima culpa. Pero es probable que ayude a que la reconozcan, cosa que difícilmente harán si sobre sus cabezas llueven las piedras que el Señor Jesús impidió que fueran lanzadas contra la pecadora pública.