Camino al andar
Julio de 1990

Un Lázaro superventas

Novela del escritor superventas el australiano Morris West saca de sus casillas a connotado crítico literario Ignacio Valente

YO NO FIRMO estas líneas como Ignacio Valente, porque no tengo nada que decir sobre la novela (“Lázaro”, de Morris West) como tal. Firmo con mi nombre, porque tengo bastante que decir sobre sus tesis eclesiásticas

Ignacio Valente es un seudónimo conocido en los círculos intelectuales chilenos. Crítico literario de nota, es, no obstante su condición de sacerdote del Opus Dei, una de las mentalidades más abiertas de entre quienes controlan la sección Cultura de El Mercurio y le han impreso un sesgo asfixiantemente conservador a esas columnas, ni siquiera atenuado por el arribo de la democracia.

Para quienes no leen el suplemento cultural del diario de Agustín Edwards, vale la pena señalar que en éste predomina un beaterío ultrista, disfrazado de una adhesión ferviente a los planteamientos de Juan Pablo II en materias morales, entendidas éstas en su sentido estrecho, que no alcanza, por cierto, a las enseñanzas del Pontífice en materias sociales. En las columnas dominicales del suplemento cultural de El Mercurio tienen cabida y amplia difusión todos los pensadores más reaccionarios de la cultura actual, al tiempo que se deforma y caricaturiza las posturas de intelectuales menos extremistas, política que también se hace extensiva, y con gran entusiasmo, a los intelectuales católicos.

No obstante su mayor apertura intelectual, el presbítero José Miguel Ibáñez perdió la paciencia con el último superventas del novelista de origen australiano Morris West, quien alguna vez fue religioso de los Hermanos de las Escuelas Cristianas y hace montón de años escribió El abogado del diablo, acaso su mejor obra. Los bufones de Dios, novela reciente dentro de la dilatada trayectoria del autor, no estuvo nada de mal. Difícil es que haya un católico medianamente culto que no haya leído alguna de esas novelas de West, o bien Las sandalias del pescador o Lázaro, que apenas llegada a Chile a fines de mayo se empinó a un tan espectacular como efímero lugar entre los libros más vendidos en nuestro escuálido mercado editorial. El hombre es en general entretenido y su condición de ex religioso le otorga un buen manejo de una serie de claves y recursos que llegan a fondo a quienes tienen o han tenido algún compromiso con la Iglesia, todo lo cual aprovecha sabiamente para producir obras que tienen escaso mérito literario, pero que se venden.

Parece que la devastadora crítica de Ignacio Valente ayudó al libro de West a escalar posiciones, por lo que tal vez habría sido mejor que el crítico siguiera su decisión original de ignorar la novela.

No me preocuparía de ella (no es literatura, es sólo un bestseller más) si no fuera justamente porque parece tener muchos lectores, algunos quizás ávidos de sensacionalismo eclesiástico. Las intrigas en el corazón del Vaticano resultan vendedoras, y más si se las combina con escándalos monseñoriles y con el ya infaltable ingrediente del terrorismo internacional. Morris West pretende tal vez ser el heredero de ese género de novela que hace unas décadas se llamó "del pecado y de la gracia", pero en realidad no trasciende el submundo de la pequeña película eclesiástica de pasillo: es un especialista de la (supuesta) basura de la sacristía.

Síntesis de la novela. El papa León XIV, un hombre rigorista y conservador, ha llegado al trono de San Pedro merced a las maniobras de un antecesor de origen eslavo, alusión obvia a Juan Pablo II. Una grave enfermedad convierte en forma milagrosa a León XIV en un pontífice liberal y comprensivo. El proceso no carece de atractivo, máxime cuando aparece mezclado con una conjura terrorista de origen árabe para asesinar al Pontífice. Las críticas de West contra el Vaticano han concitado el interés de miles de lectores en el mundo entero, aunque el propósito comercial de la mezcla de ingredientes resulta demasiado obvio como para que el libro merezca una segunda lectura.

Volvamos al comentario del sacerdote Ibáñez. Se respira en esta novela rencor por Juan Pablo II; odio por el Cardenal Ratzinger; exasperación por la ortodoxia católica: un sordo rencor servido por una prosa narrativa de cierta habilidad superficial, pero carente de espíritu.

León XIV es una caricatura de la ortodoxia: fanático, déspota, sin siquiera los claroscuros que ya un novelista mediano sabe infundir en sus creaturas. El privilegio de tener corazón le llega al Pontífice sólo cuando, hacia el final, se ha convertido a la realidad permisiva y "progresista" de Morris West.

A juicio del sacerdote del Opus Dei, la novela contiene un diagnóstico esencialmente equivocado de la situación de la Iglesia.

Aun con ese mismo diagnóstico, hubiera podido esperarse, dice, una novela de cierta sutileza literaria y espiritual. Pero no es el caso: estamos ante un relato de brocha gorda, donde reinan los tópicos y los lugares comunes más manoseados al respecto. Por eso, Lázaro convencerá sólo a los ya irremediables convencidos de sus tesis, o bien a los lectores muy, muy ignorantes. Se trata de una tesis contra: contra el celibato eclesiástico, contra la indisolubilidad conyugal, contra la romanidad de la Iglesia, contra la ortodoxia de la fe y, en suma, contra el pontificado romano.

Hay iras que son hasta santas. No parece haber sido de ésas la del presbítero Ibáñez. Su reacción visceral puede ser fruto de una loable lealtad a Juan Pablo II y al Vaticano. Pero no permitió plantearse en serio cómo se explica el éxito fulminante de Lázaro, en una época tan secularizada como la nuestra, sobre todo en el mundo industrializado. Ibáñez Langlois prefirió una explicación fácil y demagógica, y por eso mismo falsa.

Por fin la Iglesia cuenta, en la novela de West, con un Papa comprensivo que dejará a los fieles fornicar tranquilos, abortar tranquilos, apostatar tranquilos, sin esa fanática interferencia curial y romana que serían los diez mandamientos de la Ley de Dios, sin ese atentado contra los derechos humanos que serían las normas morales. Del modelo imperial de Iglesia pasamos a un modelo felizmente democrático...

El éxito de West no puede atribuirse a que sus millones de lectores estén por una Iglesia que los deje fornicar y abortar tranquilos. Tal vez de alguna manera refleje, por el contrario, el deseo de millones de cristianos de tener una Iglesia que sea más madre que jueza; más anunciadora de un Dios padre, que administradora de un depósito de verdades reveladas. Menos centralizada y más participativa, en un mundo en que las estructuras autoritarias ceden por doquier.

Esos millones de cristianos carecen de medios para expresarse porque nunca los han tenido y cuando empezaban a tenerlos se los han quitado. No cabe asombrarse entonces de que se expresen torpemente y que incurran en excesos. Acaso sólo quieran una Iglesia que demuestre más amor por el mundo y destaque más sus progresos éticos, antes que una institución que se dedique en forma machacona a denunciar decadencias morales, como si el pasado hubiese sido una época auténticamente cristiana. Una Iglesia que se muestre de veras como una experta en humanidad y que se acerque con mayor ternura al hombre de hoy, cuyo encandilamiento por el materialismo, el sexo y las drogas requieren más amor que condenas. Una Iglesia que se parezca más a Jesús en su trato con el pecador.

La novela de West no tiene mérito literario alguno y puede ser bastante débil desde el punto de vista teológico. Pero su éxito debiera mover a una reflexión humilde a quienes controlan el poder, dentro de la Iglesia y de los medios de comunicación, y que se empeñan en impedir que los fieles comunes se expresen con libertad.