Diáconos: que veinte años no es nada
¿Qué hay detrás de la actitud renuente de nuestros pastores frente al Diaconado Permanente en Chile?
INSTAURADO EN CHILE a comienzos de los setenta el diaconado permanente ha perdido vitalidad. Mientras disminuye el ritmo de crecimiento del número y aumenta la edad de los diáconos, sigue siendo muy limitada la promoción de este ministerio. No se observa un trabajo sistemático de renovación y reubicación del diaconado permanente frente a los desafíos pastorales actuales. Hay, de otro lado, una enorme disparidad de realidades de una diócesis a otra, lo que no contribuye a fortalecer la presencia nacional que debería tener este sacramento renovado del servicio de la Iglesia.
Si se estima conveniente la existencia del diaconado permanente, si se valoriza la vocación diaconal, si se ve al diaconado permanente como encarnación del sacramento del servicio y si se acepta que todo sacramento es gracia eficaz para el ejercicio del ministerio que representa ¿por qué entonces no favorecer con esta gracia a tantos laicos que de hecho ejercen servicios diaconales, que tienen vocación diaconal y que cuentan con el necesario apoyo familiar? ¿Por qué no promover con mayor entusiasmo esta vocación, tal como se hace con las vocaciones sacerdotales?
TENDENCIAS ELOCUENTES
El diagnóstico los interrogantes pertenecen a la socióloga Josefina Puga, del Centro de Investigaciones Socioculturales (CISOC-Bellarmino). Están contenidos en un trabajo que acaba de aparecer y que se titula "Veintiún años de diaconado permanente en Chile". Sus resultados son en buena medida comparables con los de un primer estudio efectuado por la misma autora en 1980. Ello permite detectar algunas tendencias que revisten gran interés no sólo para los 250 diáconos que hay en el país, sino también para el conjunto de la Iglesia.
La autora señala que fueron varias las razones que llevaron al CISOC a acometer una nueva evaluación de este fenómeno.
-El ritmo de crecimiento del diaconado permanente se ha debilitado de manera considerable. En los últimos diez años se ha consagrado un promedio anual de siete diáconos para todo Chile, menos de la mitad del registrado en la década de los setenta (15 al año).
-Varias diócesis siguen sin diáconos o con un número ínfimo de éstos. En 1979, de un total de 23 diócesis, cinco no tenían diáconos y seis tenían a lo sumo tres. En 1990, de 26 diócesis consideradas en la investigación, las mismas cinco siguen sin diáconos, en tanto que en siete el número de éstos no es superior a tres.
-Hay problemas referentes al ser y al quehacer diaconal, que siguen esperando soluciones por parte de los responsables de este ministerio, para favorecer una presencia más vivificante de él, tanto dentro como fuera de la Iglesia.
-Dentro del mismo diaconado permanente persisten desinformaciones, vacíos formativos y de interpretación del ministerio. Tales problemas dificultan el desempeño de quienes ejercen este ministerio y atentan contra la necesaria comunicación y el reforzamiento de un verdadero "cuerpo diaconal" a nivel nacional.
-Por otra parte, realidades que desafían actualmente a nuestra Pastoral, como ser el débil compromiso laical, las divisiones entre católicos, ciertos indicadores de secularismo, el auge reciente de sectas cristianas y no cristianas y, en lo social, la falta de ética y de justicia en tantos campos, son un llamado permanente a un esfuerzo evangelizador renovado de nuestra Iglesia, la que sufre en forma crónica de escasez de agentes pastorales.
-Por último, el propio Juan Pablo II ha hecho ver personalmente a nuestros obispos en la visita Ad Limina de marzo de 1989 la urgente necesidad de dar mayor impulso al diaconado permanente, para colaborar en la misión evangelizadora de la Iglesia y suplir la escasez sacerdotal local.
A diferencia de la evaluación realizada en 1979, que estuvo basada sólo en una encuesta a los diáconos, en el estudio recién aparecido se consideraron además las opiniones de los obispos, que son, después de todo, los responsables últimos de este ministerio.
CIFRAS Y DISTRIBUCIÓN
A mediados de 1989, Chile tenía 216 diáconos permanentes (1.387 en todo el mundo). Santiago, con 67 DP (diáconos permanentes), cuenta con uno por cada 68 mil habitantes; Temuco, con 25, tiene uno por cada 18.600; y San Felipe tiene uno solo para una población de 270 mil habitantes.
El 68% de los actuales DP fue ordenado antes de 1979, y sólo un 32% durante los años ochenta. En lo tocante al ritmo mundial de ordenaciones diaconales, Chile llevó la delantera hasta 1979, liderato que después se ha ido esfumando. A corto plazo, no parece posible, de otro lado, un repunte significativo: en 1989, doce diócesis no tenían candidatos al diaconado permanente; para el país en su conjunto, se proyectaba que en el cuatrienio 1989-92 las ordenaciones llegarían a 65, lo que daría un promedio de 2,5 diáconos nuevos por diócesis en cuatro años.
El interés de las diócesis por la preparación al diaconado permanente "deja mucho que desear", según el estudio. De 20 diócesis que respondieron la encuesta del CISOC, diez carecen de programas para la formación de candidatos al diaconado permanente. También aparece muy limitada la preocupación diocesana por la divulgación y promoción de este ministerio entre los diferentes estamentos que conforman la Iglesia. De 19 diócesis (y vicarías de Santiago) que tienen diáconos y que respondieron la encuesta, apenas 10 tienen programas sistemáticos de información al presbiterio, siete a sus comunidades laicales, cinco a los laicos en general y una a sus centros educacionales. Sólo dos diócesis han hecho uso, con este fin, de los medios de comunicación social.
La realidad de las cifras contrasta con las declaraciones unánimes de los obispos, vicarios y diáconos en favor del diaconado permanente, aun en el caso "ideal" de que se diera una sobreabundancia de sacerdotes y de laicos comprometidos. Además, de 24 obispos (y vicarios) encuestados, 15 respaldaron la proposición de llegar en un corto plazo a contar con un cuerpo diaconal realmente numeroso, como forma de fortalecer este ministerio. Los que se opusieron, invocaron en general la necesidad de una mayor maduración de esta experiencia. Se pregunta impetuosamente la autora: "¿No son veinte años un plazo más que prudente para tomar determinaciones al respecto?".
Nos preguntamos nosotros: ¿Qué hay detrás de esta actitud renuente de nuestros pastores frente al DP? ¿Desconfianza hacia los laicos que pudieren acceder al diaconado? ¿Por qué se prefiere designar ministros de la Palabra y de la Eucaristía, antes que promover la formación de diáconos? ¿Es posible pensar que esos ministros, por ejercer un ministerio a plazo fijo, resultan más fácilmente "controlables" por obispos y sacerdotes? (¡Cómo puede haber gente tan mal pensada!)