Valores cristianos en la transición
En asuntos que revisten al menos tanta importancia como la práctica religiosa o la conducta sexual la sociedad chilena ha terminado por aceptar valores que la Iglesia viene predicando con gran coraje desde hace tiempo
UNA OLEADA DE pesimismo recorre a buena parte de la Iglesia. Los profetas del desastre denuncian la pérdida de la moral tradicional en lo tocante al sexo y las costumbres, lo que se traduce en el auge de las relaciones prematrimoniales, el aborto y el divorcio. El hedonismo se transforma en el dios de muchos que incurren en el ateísmo práctico.
Pero en nuestro medio hay también signos que son alentadores porque indican que en asuntos que revisten al menos tanta importancia como la práctica religiosa o la conducta sexual la sociedad chilena ha terminado por aceptar valores que la Iglesia viene predicando desde hace tiempo con gran coraje. No percibir ni celebrar estos signos constituye no sólo una injusticia contra el mundo, al que, después de todo, tenemos que amar, sino una peligrosa ceguera ante las maravillas que el Señor hace también en la época actual. Milagros les llamaban antes.
El consenso logrado en favor de la abolición de la pena de muerte constituye un notable ejemplo de cómo hemos logrado "infiltrar" la sociedad chilena con el valor del respeto a la vida. (Tan profundamente cristiano es éste, que todavía hay algunos creyentes que no llegan a descubrirlo, cosa de la que un obispo por ahí se preocupó de dejar pública constancia, en lugar de guardar caritativo silencio). Los parlamentarios que otorgaron su consentimiento a la reforma abolicionista podrían haberse basado en la inutilidad práctica de esta pena. Prefirieron esgrimir el insuperable argumento ético de que si la vida la concede Dios, sólo Él tiene derecho a quitarla.
Más notable, todavía, es la forma en que la Iglesia ha logrado "vender" (así diría un publicista) el valor de la reconciliación. Ello ocurre en una sociedad que en las últimas décadas estuvo sometida a una lógica de confrontación, de uno y otro signo, que justificaba en el fondo el principio de la guerra justa, con todos los excesos que toda guerra lleva consigo.
La condena explícita y unánime de los grupos políticos responsables en contra de los actos terroristas, sean quienes fueren sus autores, es un buen síntoma de la salud moral de la sociedad chilena. Este cobra mayor significación cuando la condena proviene de personeros que fueron víctimas de graves abusos durante el régimen del General Pinochet. ¿Cómo no celebrar que el MIR condene en forma explícita el crimen del Coronel Fontaine? ¿Cómo no alegrarse por las unánimes reacciones de repudio ante el atentado contra el General Leigh, el mismo que la noche del 11 de septiembre de 1973 llamó a "extirpar el cáncer marxista"?
¿De dónde viene este ánimo, esta actitud de reconciliación, de respeto a la vida? Para los cristianos, la respuesta es muy clara.
Durante largo tiempo, espíritus mezquinos denunciaron la infiltración de la Iglesia por elementos marxistas. Es cierto que los postulados y la praxis de este sector han experimentado un vuelco notable en el mundo, que no puede menos que repercutir en sus seguidores en Chile. Pero tal vez no sea aventurado afirmar que la actitud y la prédica de la Iglesia ha tenido también mucho que ver en esta evolución. Tal vez pocos de ellos estén yendo a misa o comulgando; pero en su mayoría, lo admitan o no, han terminado internalizando la prédica de la Iglesia en favor del respeto de la vida humana. Prédica que se inició en septiembre de 1973 cuando el Cardenal Silva visitó a los presos políticos en el Estadio Nacional y que siguió al año siguiente con la difusión de una calcomanía con una leyenda tajante: "No matarás. Ley de Dios".
Alguien dijo una vez que no le llamaba la atención que tantos cristianos ofrendaran su vida al servicio de los pobres o que se jugasen por causas justas, ya que muchos, sin creer en Jesucristo, podían hacer otro tanto. Agregó que lo que rebalsaba su comprensión era quienes, animados por su fe, fuesen capaces de perdonar a quienes les habían causado grave daño.
No cabe duda de que, gracias en medida importante a la prédica y testimonio de nuestra Iglesia, la sociedad chilena es en el fondo un poco más cristiana, ya que en su conjunto, sin perjuicio de excepciones lamentables, está empeñada en la búsqueda de la verdad, el perdón y la reconciliación.