Camino al andar
Junio de 1990

Nuevo Catecismo Universal y párrafos adicionales al Credo

Los procedimientos utilizados por la Congregación de la Fe parecen incompatibles con la dignidad de los fieles y el respeto que se merecen las iglesias locales

NUNCA, DESDE 1566, apuntó la prestigiada revista Time, la jerarquía católica romana había acometido un intento de tamaña envergadura: resumir en un solo documento las enseñanzas fundamentales de la Iglesia en materia de fe y moral. Después de cuatro años de elaboración, los aproximadamente 4 mil obispos del mundo entero recibieron a fines de 1989 un documento confidencial de 434 páginas, borrador del nuevo Catecismo para la Iglesia Universal. Los pastores tenían un plazo perentorio, que venció el 31 de mayo último, para remitir sus comentarios y observaciones a Roma.

Poco o nada se ha sabido en Chile acerca de este trascendental asunto, aunque cabe suponer que fue tratado en el reciente encuentro de la Conferencia Episcopal. No sería nada de extraño, habida cuenta del estilo que caracteriza al Cardenal germano Joseph Ratzinger, que los obispos hubiesen recibido perentorias instrucciones de manejar el tema con sigilo, al punto que no sólo no han ni siquiera dado a conocer el contenido del borrador, sino que ni siquiera han informado acerca de que está en marcha una empresa tan ambiciosa.

Otras iglesias locales, empero, han sido más abiertas o se han saltado las instrucciones de Ratzinger. Puede que la reacción haya sido consecuencia del carácter preconciliar que acusa el borrador, así como lo ajustado del plazo para formularle observaciones. Se sabe que a mediados de abril la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos despachó un primer memorandum de críticas al borrador y en el que solicita una ampliación del plazo, a fin de poder consultar con un mayor número de teólogos y educadores respecto de lo que denominan "el proyecto más trascendente del magisterio eclesial desde el Concilio Vaticano II".

Una de las principales objeciones que diversos teólogos han formulado al borrador del Catecismo es que no reconoce una adecuada jerarquía de verdades de la fe, poniendo al mismo nivel enseñanzas de muy distinta trascendencia. De otro lado, contiene un enfoque bastante cercano al fundamentalista en materia de la Creación y parece desconocer algunos importantes avances teológicos consagrados por el Concilio Vaticano II. Mientras este último declara, por ejemplo, que la verdadera Iglesia de Cristo perdura en la Iglesia Católica Romana, dejando abierta la puerta a otras confesiones cristianas, el borrador postula una posición bastante menos ecuménica. En materias morales altamente controvertidas, el texto acusa un previsible conservadurismo, pero miope por añadidura, al punto de limitarse a un listado de prohibiciones y recomendaciones.

NUEVO CREDO Y JURAMENTO

La apresurada elaboración del nuevo Catecismo para la Iglesia Universal se agrega a la puesta en vigencia de nuevas fórmulas para la profesión de fe y el juramento de fidelidad que deben pronunciar los fieles llamados a asumir determinadas funciones en nombre de la Iglesia, entre los que se cuentan, aparte de los obispos, que tienen la suya propia, los administradores apostólicos, vicarios, rectores y profesores de teología y filosofía en los seminarios, diáconos, rectores y docentes universitarios de disciplinas que tengan relación con la fe y la moral, así como los superiores de institutos religiosos.

Las nuevas fórmulas entraron en vigencia hace poco más de un año por instrucciones de la Congregación para la Doctrina de la Fe, a cargo del Cardenal Ratzinger. También en este caso el proceso de elaboración de los textos fue sumario y la entrada en vigencia, súbita, lo que provocó severas críticas por parte de diversos colectivos de teólogos del mundo industrializado. Los de los países en desarrollo parecen carecer de la autonomía o personalidad suficientes para formular reparos, aunque bien podría suceder que tengan un sentido muy limitado de la lealtad que deben profesar los intelectuales a Roma.

Las críticas en contra del procedimiento utilizado para elaborar y poner en vigencia las nuevas fórmulas se asemejan a las planteadas a propósito del Catecismo. La precipitación y el extremo sigilo utilizados en estos casos contradice una tradición de contactos serios y reposados por parte del Vaticano con las iglesias locales y con los cuerpos de teólogos que cumplen responsabilidades docentes. Se considera que la adición de tres nuevos párrafos al Credo que han profesado tantas generaciones de creyentes desde los primeros siglos de la Iglesia ameritaba un procedimiento de consulta más respetuoso.

En cuanto al contenido de fondo de los agregados al Credo, llama la atención su carácter impreciso, que contrasta con la cuidadosa enumeración de las verdades esenciales de la fe elaborada por el Concilio de Nicea. Parece sin duda excesivo exigir la misma adhesión incondicional a "todo lo que está contenido o es transmitido en la Palabra de Dios" y a "todo lo que concierne a la doctrina de la fe o la moral". Puede afirmarse que la inserción de tales enunciados modifica la estructura fundamental de la profesión de fe y exige una adhesión indebida a enseñanzas que no han sido explicitadas.

Especial resistencia ha provocado el último de los tres nuevos párrafos, que exige acatar enseñanzas que no han sido proclamadas de manera definitiva. Son muchos los que consideran que se trata de un flagrante atentado en contra de la libertad de conciencia y opinión en el seno de la Iglesia y de un desconocimiento del carácter científico de la teología. Estiman que importa además un verdadero menosprecio por la capacidad intelectual de los creyentes y la pretensión de tener el monopolio del Espíritu Santo.

Por otro lado, la mera lectura del Juramento de fidelidad deja de manifiesto que equivale a la firma de un cheque en blanco. La obediencia ciega tiene muy poco que ver con una auténtica fidelidad.

Los procedimientos utilizados por la Congregación de la Fe parecen incompatibles con la dignidad de los fieles y el respeto que se merecen las iglesias locales, aparte de que acentúan un clima de sospecha y persecución ideológica que es muy poco propicio para el debate intelectual. Cabe concluir entonces que tales procedimientos constituyen un penoso contrasigno, en una época en que el autoritarismo y el oscurantismo se baten en retirada por doquier. La torpeza y chatura de esta estrategia pueden conseguir acallar voces y lograr una obediencia aparente, pero, felizmente, el Espíritu Santo se las ingenia siempre para salirse con la suya.