Camino al andar
Junio de 1990

Fresno, el incomprendido

Los católicos pueden sentir legítimo orgullo de que un hombre de esta fibra haya sido su Pastor

LA CATEDRAL DE SANTIAGO estuvo lejos de rebalsarse de fieles aquel domingo de abril en que Monseñor Juan Francisco Fresno se despidió de la arquidiócesis. Los asistentes no pudieron dejar de advertir el contraste con el apoteósico adiós brindado en 1983 al Cardenal Silva Henríquez, con ese mismo templo y la Plaza de Armas abarrotados de fieles que le aplaudieron hasta el delirio.

Fresno nunca llegó a ganarse el afecto de las masas y en ocasiones tuvo incluso que soportar expresiones de repudio o de desafección, como cuando escoltó al Papa durante su visita a Chile.

Ante los opositores más decididos a la dictadura, Fresno apareció desde el comienzo como un obispo conservador, llamado a rebajar el perfil que había impreso a la Iglesia el Cardenal Silva. Los partidarios de la dictadura, que habían acogido a Fresno con grandes expectativas, se percataron pronto de que no era un hombre "confiable". Tal vez los prejuicios con que fue acogido expliquen la injusta evaluación que amplios sectores ciudadanos parecen haber hecho de la gestión de Fresno. Él no es un hombre de las dotes intelectuales de su antecesor, pero un análisis frío y en retrospectiva de su actuación no puede menos que llevar a concluir que tuvo un desempeño público notable y que se reveló como una figura providencial.

Fresno fue humillado públicamente por el General Pinochet y recibió pullas por parte de quienes, incapaces de comprender la coyuntura política, querían que fuese al choque frontal con la dictadura. No obstante, no cejó nunca en su empeño de buscar un gran acuerdo entre las fuerzas políticas, que por allá por 1984 estaban dispersas y enceguecidas con la quimera de un inminente derrumbe de la dictadura. Y cuando la iniciativa cristalizó, supo hacerse a un lado tan discretamente que pocos lo advirtieron.

No obstante ser conservador por naturaleza, tuvo como Pastor de la Iglesia de Santiago la audacia y generosidad de abrirse a quienes postulaban posiciones de avanzada, llamando a varios de ellos a asumir cargos importantes en la estructura arquidiocesana. Como fruto de esta apertura suya tuvo que sufrir la vergüenza que significó la escandalosa deserción del sacerdote a quien había nombrado en la Vicaría de la Solidaridad.

La decisión del Cardenal Fresno de dedicar sus últimos años a servir a los enfermos en los hospitales y de instalarse a vivir en una localidad rural es otra prueba de su sencillez y espíritu de servicio. Los católicos pueden sentir legítimo orgullo de que un hombre de esta fibra haya sido su Pastor.

Dicen que los pueblos tienen un instinto certero para descubrir y profesar su afecto a quienes son sus servidores y se juegan por sus intereses. En el caso de Fresno, no cabe duda que ese pueblo se ha equivocado rotundamente. Porque el tránsito pacífico a la democracia que está protagonizando nuestro país se debe en medida importante a la humildad y constancia de este hombre, que supo dejarse llevar por la inspiración del Espíritu. Gracias a su coraje y a su disposición a aceptar la ingratitud, nos hemos evitado muchas lágrimas y sufrimientos.

Es de esperar que Chile repare cuanto antes este error porque la ingratitud daña más al que la ejerce que a quien la sufre.

La deuda de reconocimiento obliga en especial a quienes, dentro de la Iglesia, acogieron con escepticismo su nombramiento y dudaron de que Fresno pudiera estar a la altura de las circunstancias. Más que solicitar excusas al hombre que ya dejó el cargo, tal vez deban pedir humildemente al Señor por haber desconfiado de Él.

En todo caso, al que fuera hasta hace poco el pastor de la arquidiócesis de Santiago le queda la certeza interior de haberse ganado el título de bienaventurado que Jesús prometió a quienes se empeñan por construir la paz.