Camino al andar
Junio de 1992

Réquiem por una Vicaria

Al igual que el protagonista de la parábola del Buen Samaritano, la Vicaría de la Solidaridad prestó ayuda sin discriminar a miles de perseguidos por la dictadura

EXISTEN FUNDADAS SOSPECHAS de que Jesús se guardó algunas cosas cuando contó la parábola del buen samaritano. De hecho, se ha logrado establecer que el individuo que fue víctima del asalto se buscó su suerte. Apurado por concretar unos negocios, desoyó los dictados de la prudencia (también por entonces la delincuencia estaba en auge) y se internó de noche por caminos de alto riesgo.

El buen samaritano fue el único de varios viajeros que fue capaz de mirar y de ver al prójimo que se desangraba a la vera del camino. Pero, además, le brindó ayuda, renunciando a la tentación de ponerse a hacerle preguntas cuyas respuestas le hubieran permitido desentenderse del problema con la excusa de "tú te lo buscaste".

El protagonista de esta parábola con la que Jesús quiso explicar pedagógicamente uno de los dos principales mandamientos, es un hombre acaudalado o cuando menos uno cuya solvencia y honradez no merece dudas. Con decir que el mesonero acepta sin formular reparos la instrucción de su cliente frecuente, “Cúidalo hasta que se haya recuperado por completo y yo te saldaré la deuda la próxima vez que pase por aquí”. Es que la bondad no es monopolio de los pobres de solemnidad.

La Vicaría de la Solidaridad fue por largos años la buena samaritana de un país desgarrado por la violencia política y en el que la reconciliación parecía una quimera. Al servir sin preguntar acerca de las creencias políticas o religiosas de los necesitados de su ayuda, la Vicaría se transformó en un formidable agente evangelizador de la sociedad chilena, forzando a muchos incrédulos, que lo son más por pereza mental que por una decisión personal respetable, a revisar sus posiciones y a descubrir que el Evangelio sigue teniendo plena validez en el mundo de hoy.

Tal vez nunca antes nuestra Iglesia había logrado tanto éxito en trasmitir su mensaje y en ganar respetabilidad ante el conjunto de la ciudadanía, en un país que conoció un fuerte anticlericalismo. No deja de ser elocuente que lo haya conseguido cuando abandonó todo intento por imponer la fe católica y cuando en lugar de dominar y obtener ventajas para sí aceptó incluso el riesgo de ser instrumentalizada.

Así, esta experiencia deja lecciones muy útiles acerca del tipo de evangelización que debemos impulsar.