Derechos humanos de los laicos dentro de la Iglesia
El trato despectivo que la Jerarquía dispensa a sus fieles ignora la enseñanza de Jesús y desaprovecha un recurso clave para la tarea evangelizadora
EN CHILE, LO mismo que en buen número de países en desarrollo, cientos de laicos y sacerdotes e incluso obispos, han dado testimonio, a menudo en forma heroica, de su compromiso con los derechos humanos, contribuyendo a la creciente toma de conciencia que se observa a este respecto.
En las postrimerías del siglo XX cuesta creer que por largo tiempo nuestra Jerarquía miró con sospecha el tema de los derechos humanos, por considerarlo un invento de los modernistas destinado a cuestionar la divinidad y los privilegios de la Iglesia en el mundo. Sabemos ahora que los derechos humanos son también de Dios, en la medida que cada persona, sea cual fuere su raza, sexo, cultura, edad, condición socioeconómica y afiliación política o religiosa, posee un alma inmortal y ha sido redimida por la sangre de Jesús.
Pero el propio avance de esta causa en el mundo lleva ineluctablemente a la pregunta de cómo andamos por casa. Los mismos laicos y sacerdotes que se han jugado en Chile, por ejemplo, por la defensa y promoción de los derechos a la libre expresión y difusión de las ideas, no pueden menos que preguntarse si estos valores son reconocidos y aplicados al interior de la comunidad de creyentes.
CREDIBILIDAD EROSIONADA
La respuesta es desoladora. La credibilidad de la Iglesia Católica en el mundo de hoy se encuentra en grado importante amenazada por esta contradicción de fondo.
La cúpula vaticana se resiste a introducir reformas en estructuras y prácticas eclesiales que pueden haber sido adecuadas para los tiempos de las monarquías absolutas, del despotismo ilustrado o del autoritarismo brutal, pero que son incompatibles con sociedades democráticas en las que se despliegan sostenidos esfuerzos por llevar a la práctica los derechos humanos y en las que se avanza hacia la libre confrontación de ideas y la transparencia informativa, con las imperfecciones, claro está, propias de todo proceso humano.
Por el contrario, muchas estructuras y prácticas eclesiales apuntan en lo fundamental a la inhibición de la libre expresión de las ideas dentro de la comunidad de creyentes. Los sectores retardatarios saben que ellas mueven la historia y también a la Iglesia. Son los planteamientos críticos, los que no cuentan con la bendición oficial, los que pueden precipitar el cambio que los burócratas vaticanos temen. Por eso, una de las características más tristes del pontificado de Juan Pablo II ha consistido en la creación de un clima de sospecha y persecución en detrimento de quienes se apartan de la ortodoxia impuesta por Roma, en abierta contradicción con lo que constituye uno de los mayores avances morales del mundo actual.
Las víctimas principales han sido clérigos y obispos que tienen la peligrosa costumbre de pensar por sí mismos y de expresar en voz alta los resultados de este ejercicio. A unos se les ha castigado imponiéndoles silencio; a otros se les ha negado, pese a sus evidentes méritos intelectuales y pastorales, todo ascenso en la jerarquía eclesial; a otros se los ha condenado al virtual exilio. Entretanto se promueve a los obsecuentes y mediocres, según lo comprueba, con honrosas excepciones, el análisis de la nómina de los clérigos que han sido consagrados obispos en los últimos años en chile.
En el caso de los laicos, se ha mantenido el criterio de considerarnos débiles mentales o, en el mejor de los casos, menores de edad. Cien años atrás, cuando la abrumadora mayoría de los fieles eran campesinos analfabetos, este enfoque puede haber sido comprensible dentro de una iglesia de cristiandad, centrada en los ritos, los cuales, por lo demás, se celebraban en una jerigonza incomprensible para el vulgo. Hoy en día, en que se habla tanto de derechos humanos y participación en la sociedad y en las empresas, la persistencia dentro de la iglesia en un enfoque excesivamente jerárquico está llevando a la institución a una grave hemorragia de fieles.
La convicción de que Roma no está dispuesta a renunciar a una forma autoritaria de ejercicio del poder ha llevado al éxodo o a la apatía de miles de laicos preparados y generosos, que se han alejado de la Iglesia (o se limitan a asistir pasivamente a ceremonias litúrgicas) y vagan dispersos y aislados, sin saber qué hacer. Entienden que solos no se puede vivir y crecer en la fe, porque ello significa negar una dimensión clave del cristianismo; pero no quieren hacer de tontos útiles en estructuras e instancias en las que no hay espacio alguno para la participación real de los fieles.
SIGNOS ESPERANZADORES
Felizmente hay síntomas promisorios, no en Chile, donde prevalece un aldeanismo aplastante, que nuestros obispos estimulan directa o indirectamente como forma de evitarse problemas con el Nuncio, sino en numerosos países industrializados.
El grueso de nuestros laicos más ilustres desconoce estos verdaderos "signos de los tiempos", todavía tenues, es cierto, pero que podrían moverlos a la esperanza y a la acción. Y casi no hay medio que informe acerca de tales síntomas. Iglesia nuestra es una débil excepción, si bien muchos laicos no saben o no han querido enterarse de nuestra existencia, incurriendo a menudo en una omisión culpable.
Uno de tales signos de los tiempos lo constituye un reciente encuentro celebrado por la Comisión Justicia y Paz de la arquidiócesis de Madrid. Durante este evento el profesor José Díaz Moreno, de la Universidad Comillas, presentó una brillante ponencia titulada "Reconocimiento y tutela de los derechos humanos en la Iglesia". Ella estuvo basada en un análisis comparativo de la declaración universal de derechos humanos, proclamada por Naciones Unidas en 1948, y el tratamiento que éstos reciben en el código de derecho canónico de la Iglesia Católica, promulgado en 1983.
EJERCICIO NO EVANGÉLICO DE LA AUTORIDAD
Díaz Moreno denuncia en este trabajo "la exagerada centralización de las instancias decisorias" que se observa en el seno de nuestra Iglesia, señalando que no cree que este fenómeno responda a una exigencia ineludible del Evangelio. Dicha centralización impide la participación de los fieles en las decisiones que les afectan, tanto a nivel universal como a escala diocesana o parroquial. Se impide así el concurso de miles de hombres y mujeres de buena voluntad, sobre los cuales también sopla el Espíritu, y que podrían contribuir decisivamente a descubrir qué quiere de nosotros el Señor a estas alturas de los tiempos y cómo proclamar mejor su mensaje.
Cabe preguntarse si esta forma de entender el principio jerárquico, que lleva a la marginación del pueblo de Dios, es compatible con el mandato del Señor Jesús en el sentido de que "el que quiera ser el primero entre ustedes, que se haga servidor de los demás".
El profesor de Comillas recuerda que "la participación en las decisiones no contradice ni niega el principio jerárquico, sino que cuestiona únicamente una peculiar y determinada concepción de lo jerárquico dentro de la Iglesia". Se ha intentado hacernos creer a los fieles que ésa es la única concepción posible, pero se trata en rigor de una postura interesada, que sólo se mantiene sobre la base de la escasa cultura religiosa de la mayoría de los fieles. La verdad es que la forma de entender el principio jerárquico dentro de la iglesia católica a fines del siglo XXI está teñida, en palabras de Díaz Moreno, "de un insoportable paternalismo, que cree que los fieles son eternamente menores de edad, o de una seguridad tal como si el Espíritu Santo sólo se hubiese encarnado en cada persona que a través de la ordenación sagrada recibe potestad dentro de la iglesia".
Los laicos católicos chilenos debieran saber que en numerosos países europeos nuestros congéneres tienen derecho a participar en algunas instancias eclesiales permanentes, si bien ellas revisten carácter puramente consultivo. En Chile, en cambio, no existe nada de eso: obispos y sacerdotes nombran a dedo a la gente en las pocas estructuras orgánicas existentes y, para colmo, no tienen obligación alguna de tomar en cuenta lo que ellas deciden, si es que alguna vez llegan a funcionar. A propósito, ¿qué será de un organismo que se llamaba Comisión Nacional de Laicos? ¿seguirá existiendo?
Pues bien, en algunos países del mundo industrializado, donde existe una actitud militantemente crítica contra el oscurantismo de Roma, se ha llegado a proponer
que las instancias consultivas pasen a disponer de algún poder resolutorio. Díaz Moreno: "eso no tendría por qué convertir a la Iglesia en un régimen de estructura asamblearia, sino que respondería mejor a la concepción menos piramidal de la Iglesia que postulara el concilio vaticano II". La puesta en vigencia de esta reforma señala el catedrático, llevaría a la aplicación del principio de subsidiariedad dentro de la Iglesia; y a la potenciación tanto de las conferencias episcopales, "que en determinados ambientes de la potestad suprema de la Iglesia están sometidas a una abierta sospecha, como de las iglesias locales, los sínodos y los consejos pastorales".
Agrega el experto que "la participación de los fieles en el gobierno de la Iglesia y en la toma de decisiones está muy lejos de tener el adecuado tratamiento que exige la importancia del pueblo de Dios, para que éste sea verdaderamente pueblo... Y de Dios".
El catedrático español pone de relieve "la falta de un ejercicio más amplio del derecho, reconocido en el artículo 228 del código de derecho canónico, a expresar la propia opinión y a ser debidamente informado sin miedo a represalias abiertas o encubiertas". Por último, considera indispensable "abrir paso a un sano pluralismo que no rompe la unidad, aunque sí la uniformidad".
UNA TAREA DE IGLESIA
Nosotros no somos expertos, ni consagrados, ni santos, sino simples periodistas y personas que no podemos en absoluto gloriarnos de nuestra vida en cuanto testimonio cristiano. No tenemos, en verdad, otro título del que deriva de nuestro bautismo y nuestra fe en el Señor Resucitado. Pero nos sentimos, con este pequeño boletín, cumpliendo una importante tarea de Iglesia.
Nuestra existencia molesta a miembros de la Jerarquía y a laicos ilustres que están encaramados en posiciones de influencia y poder. Molesta también a muchos otros, sacerdotes, religiosos y laicos, que están en su fuero íntimo de acuerdo con nosotros, pero que no se atreven a expresarlo, precisamente porque temen que eso acarree perjuicios mayores a sus iglesias locales o les signifique meterse en conflictos o perder granjerías, algunas de ellas muy modestas, pero a las que en su mediocridad se aferran como si se tratara de promesas de vida eterna.
Sabemos también que molestamos y hasta somos causa de escándalo para creyentes de buena voluntad que no alcanzan a comprender lo que sucede en la Iglesia hoy ni a percibir la envergadura de los desafíos que entraña el anuncio del Evangelio en los albores del siglo XXI.
Pero tenemos conciencia asimismo que representamos en nuestro aldeano medio una corriente mucho más amplia, que se manifiesta en el seno de un número creciente de iglesias locales. Una corriente que cree que es indispensable que la Iglesia Universal se renueve a fondo, que lleve adelante transformaciones audaces, que sólo el Espíritu puede inspirar, de modo de hacernos más creíbles ante el mundo de hoy, precisamente para que el anuncio del Evangelio sea más eficaz.
El respeto de los derechos humanos dentro de la Iglesia constituye una necesidad ineludible en tal sentido. Y entre ellos, tal vez el más importante sea el derecho a la libre expresión de ideas y opiniones, base para una autocrítica saludable y para una real participación de los fieles. Sin ellas no hay pueblo de Dios; y sin pueblo de Dios, no hay Iglesia. Así lo hemos venido planteando desde hace más de dos años, empeño en el que perseveraremos mientras el Señor nos dé las fuerzas y los recursos indispensables.
Lo hacemos en la convicción de que estamos prestando de esta forma un señalado servicio a la Iglesia a la que amamos; y dispuestos a seguir soportando incluso con cierta dosis de humor, los sinsabores que esta labor pionera trae consigo.