Camino al andar
Julio de 1992

El obispo castrense en tenida de combate

Antes que un servidor de Jesucristo es un oficial de mentalidad prusiana, fiel cumplidor de las órdenes de su comandante en jefe.

MORALMENTE ES INADMISIBLE que quienes han recibido el monopolio de las armas en un país las utilicen de manera abierta o solapada no para defender a sus ciudadanos de supuestas amenazas externas, sino para presionarlos en favor de intereses particulares.

El movimiento protagonizado por el General Pinochet a fines de mayo último, cuando el Presidente Aylwin se encontraba en gira por Europa, causó justificada inquietud y concitó amplio repudio ciudadano. Para quienes somos católicos revistió, sin embargo, mucho mayor gravedad la aparición pública del obispo castrense en tenida de combate, como parte de las acciones orientadas a provocar temor en la gente y a presionar a un Gobierno legítimo.

A un elevado porcentaje de cristianos les resulta difícil comprender que la Iglesia bendiga armas y mantenga estructuras especiales para atender a los uniformados, en circunstancias de que su fundador condenó de manera explícita y tajante el recurso a la violencia. Sin embargo, habida cuenta de las imperfecciones de la naturaleza humana, puede uno aceptar el tradicional principio de la guerra justa, hace poco abolido por los moralistas católicos, y el derecho a la legítima defensa, que en todo caso Jesús nunca llegó a invocar.

Sea como fuere, el ejercicio legítimo de la fuerza e incluso la amenaza de emplear este recurso está, para un cristiano, sujeto a una serie de restricciones. Entre otras, jamás puede ser empleado contra una autoridad legítima ni ponerse al servicio de intereses personalistas o subalternos.

El obispo castrense de Chile ha olvidado estos principios elementales de la ética cristiana y no ha trepidado en provocar escándalo público para demostrar que antes que un servidor de Jesucristo es un oficial de mentalidad prusiana, es decir fiel cumplidor de las órdenes de su comandante en jefe.

HOMBRES DE ARMAS ANTES QUE DE DIOS

El General Pinochet se confiesa cristiano y a menudo hace hasta ostentación de su fe, pero al país sabe que en sus conductas y decisiones pesa sobre todo el sentido del poder. Su decisión de llevar a cabo, a fines de mayo último, el llamado "boinazo" es censurable, pero no sorprendente, dada la mentalidad de Pinochet, a quien le debe resultar en extremo difícil someterse a las normas del régimen democrático.

En su movimiento de presión contó con el obvio apoyo de los oficiales superiores del Ejército. El obispo castrense forma parte de la cúpula de ese cuerpo armado. Los cristianos teníamos derecho a esperar de este pastor de nuestra Iglesia una conducta algo distinta de la del resto de los altos oficiales, inspirada en su formación teológico-catequética y en un sentido elemental de la prudencia.

Quizá nos pasamos de ingenuos. Al fin y al cabo, en las últimas dos décadas los vicarios castrenses y los capellanes militares han mostrado que son antes que nada hombres de armas. Durante el gobierno de Pinochet, los clérigos castrenses transformaron a menudo las homilías que pronunciaban en esas extrañas misas de campaña que suelen celebrar, y que constituyen una distorsión de lo que debe ser el recuerdo del último encuentro de Jesús con sus apóstoles, en discursos de inflamado corte político en honor y favor de los proyectos del comandante en jefe. El análisis retrospectivo de los textos de tales homilías produce escalofríos hoy en día, cuando existe evidencia documentada de que entretanto se perpetraban brutales atropellos a los más elementales derechos de cientos de hijos de Dios.

Pero, claro, hace algún tiempo, merced a los esfuerzos del grueso de la jerarquía de la Iglesia Católica chilena y a la reciedumbre moral y sensatez de la mayoría de los chilenos, empezamos a transitar a la democracia. Cabía esperar entonces que la Iglesia castrense se hubiese "civilizado" un tanto. La imagen del obispo castrense en tenida de combate nos ha hecho volver a la realidad.

UN SOLO DIOS

Nadie puede servir a dos señores advirtió Jesús. Enfrentado a la disyuntiva de cumplir las órdenes de su comandante en jefe para infundir temor a un pueblo desarmado y presionar indebidamente a un gobierno legítimo, por un lado, y de ser fiel a Jesús, el obispo castrense debe haber experimentado un desgarramiento interior. Es una lástima que se haya equivocado al tomar su decisión.

Roguemos para que las estructuras de poder e ideológicas con las que se halla tan comprometido no le sigan obnubilando el entendimiento y logre darse cuenta de su error y pedir perdón. Jesús no vaciló en perdonar a Pedro por su traición. Seguro que aguarda con los brazos abiertos a su vicario castrense.

Entretanto, este episodio debiera servirnos para convencernos de que la existencia de un obispado especial para el ejército no sirve bien para un auténtico propósito pastoral. No son los obispos y sacerdotes quienes evangelizan a los uniformados, sino que terminan siendo absorbidos o cooptados por la mentalidad del último ejército de orientación prusiana del mundo. El riesgo de que se constituya por esta vía una Iglesia paralela es enorme. Máxime si toma en cuenta de que en virtud de la Constitución Apostólica "Spirituali militum curae", dictada hace siete años, el obispado castrense de Chile está autorizado para contar con clero propio (incardinado) y formar seminaristas. Menos mal que tiene pocos.

En China comunista y varios países que hasta hace poco tenían gobiernos marxistas, las autoridades crearon y apoyaron iglesias autónomas, en detrimento de la unidad de la Iglesia universal. Hay poderosos argumentos para señalar que el obispado castrense de Chile tiene una subordinación puramente formal a Roma y que en la práctica su obispo está sujeto a instancias ajenas a la Iglesia, lo que conspira contra la eficiencia del anuncio del Evangelio y es a menudo motivo de escándalo para los civiles. Cuando nuestra Iglesia se decida de veras a confiar menos en su inserción en estructuras de poder para mantener privilegios e influencias, y más en la fuerza del Espíritu para el anuncio del Evangelio, entonces el obispado castrense dejará de tener sentido. Los uniformados que quieran vivir su fe cristiana encontrarán en las iglesias locales el espacio y la atención que les corresponde. Y no habrá obispos que tengan que debatirse en agudos conflictos de lealtad entre Dios y el César.