Camino al andar
Julio de 1992

La embestida del Cardenal Ratzinger

Se acumulan los indicios de que la máquina vaticana está impulsando en forma discreta una operación inteligente e implacable para desmantelar los avances de las últimas décadas

A QUIENES VENIMOS desde hace tiempo denunciando que la jerarquía romana está empeñada en la liquidación del Concilio Vaticano II se nos solía responder que nos pasábamos de suspicaces y aprensivos. Procurando tranquilizarnos, se nos decía que se trataba de temores infundados.

En una conversación privada que hemos debido guardar bajo virtual secreto de confesión con un alto jerarca de la arquidiócesis de Santiago, se nos argumentaba, para descalificar las denuncias de este boletín, que el Papa Juan Pablo II y sus colaboradores se hallaban lealmente empeñados en llevar a la práctica el legado de ese concilio que marcó el reencuentro de la Iglesia con la gran aventura de la humanidad. Las acciones tendientes a conjurar excesos o distorsiones no podían ser interpretadas como hostiles al legado del Vaticano II; por el contrario, buscaban salvaguardar el auténtico legado de aquella magna asamblea.

Recientes declaraciones públicas del Cardenal Joseph Ratzinger, uno de los hombres más poderosos de la curia romana, dejan en evidencia que nuestros temores distan de ser infundados. Constituyen ellas un franco reconocimiento de que está en marcha, en forma cada vez más desembozada, una extensa operación restauradora, destinada a forzar el retorno de la Iglesia a los criterios y posturas preconciliares.

Tales declaraciones nos suscitan sentimientos encontrados. Por un lado, es positivo que quienes intentan transformarse en sepultureros del Concilio Vaticano II manifiesten con franqueza sus propósitos. Es de esperar que pronto se animen a confesar que no han tenido ni tendrán escrúpulos para imponerlos. Este sinceramiento puede ayudar a que los segmentos más conscientes del Pueblo de Dios tomen conciencia de la extrema gravedad del momento que vive la Iglesia y se organicen para una resistencia pacífica. Pero, de otro lado, no puede menos que causar intenso dolor el aborto de las esperanzas y posibilidades que el Vaticano II representó para amplios sectores no sólo del catolicismo, sino de otras iglesias cristianas, religiones no cristianas y millones de personas de buena voluntad.

DECLARACIONES DE RATZINGER

En entrevista otorgada a la revista Il Sábato, perteneciente al movimiento "Comunión y liberación", uno de los regalones de la curia vaticana, el Cardenal Ratzinger ha sostenido que "el sacerdote es representante de Dios, y no del pueblo". En consecuencia, durante la Misa "debe dar la espalda al pueblo y estar cara a Dios, el Señor". En los templos católicos el altar sobre el que se renueva el sacrificio de Jesús "está hoy fuera de lugar". Y, por cierto, "no es necesario el uso de la lengua del pueblo".

El prefecto de la poderosa Congregación para la Doctrina de la Fe, sucesora de la tristemente célebre Inquisición, concluye sus increíbles declaraciones señalando que "los cambios inútiles [provocados por el Concilio Vaticano II] han desorientado al fiel sencillo y constituyen una de las principales explicaciones de por qué los templos se han ido quedando vacíos".

No tenemos nada contra la Misa en latín. Tampoco nos parece intolerable que el oficiante se sitúe de espalda al pueblo, con tal que crea de veras las palabras que debe recitar antes del prefacio y que reconocen que se trata de un sacrificio "mío y vuestro", es decir del Pueblo de Dios en su conjunto, y no obra de un sucesor de los sacerdotes paganos o de los hechiceros de las tribus primitivas.

Nos parece que al interior de la Iglesia debiera existir libertad para que las distintas comunidades de creyentes recuerden de acuerdo a sus propias características y tradiciones el sacrificio de Jesús. Vemos más valor en la pluralidad, suscitada por el Espíritu, que en la uniformidad propia de los cuarteles.

Pero el Cardenal Ratzinger no es un hombre que se interese por el pluralismo. Su decisión de volver a la liturgia preconciliar deja en evidencia el resurgimiento de la mentalidad integrista al interior de la Iglesia Católica, fenómeno que coincide por desgracia con el auge del racismo en Europa y del fundamentalismo en otras zonas del planeta.

¡Y pensar que el arzobispo Lefebvre fue excomulgado hace apenas unos pocos años por propiciar posturas semejantes a las que asume ahora el segundo hombre de la curia romana! Si el rebelde clérigo francés hubiese tenido un poco más de paciencia y una vida algo más larga, habría podido darse el gusto de comprobar que sus criterios terminaban imponiéndose. A estas alturas, y como se están dando las cosas, carece de sentido mantener las sanciones disciplinarias en contra de los seguidores del fallecido Lefebvre.

PUEBLO DE DIOS

El enfoque según el cual el sacerdote es intermediario entre los fieles y Dios nos resulta, en nuestra ignorancia de simples laicos, hasta blasfemo. El único intermediario entre el género humano y la divinidad es Cristo, por cuyo sacrificio todos los bautizados hemos sido elevados a la condición de sacerdotes, profetas y reyes.

El sacerdocio católico es un ministerio de servicio dentro de la comunidad de creyentes, tan noble e imprescindible como el que desempeñan los demás fieles. Promover la ampliación de la brecha entre clérigos y laicos atenta contra las más antiguas tradiciones cristianas y debilita el concepto de Pueblo de Dios, sin el cual no puede existir Iglesia.

De otro lado, sostener que las masas se han alejado de los templos católicos debido a cambios tales como la celebración de la Misa en el idioma de cada país o región constituye un simplismo que pone en duda la publicitada solidez intelectual del Cardenal Ratzinger.

El explosivo crecimiento de las iglesias evangélicas, en las que no sólo los pastores, sino que también los simples fieles, muchos de ellos bastante ignorantes desde el punto de vista humano, predican y alaban en sus propias palabras al Señor cuestionan de raíz la validez de los planteamientos del purpurado germano.

LA IGLESIA CHILENA ES UNA ALDEA

Aunque el país está viviendo una considerable apertura económica y comercial al resto del mundo, nuestras iglesias particulares o diocesanas conservan el carácter de aldeas desconectadas de lo que sucede en los grandes centros de decisión.

Ni siquiera los católicos más ilustrados tienen cabal conciencia de lo que está sucediendo al interior de la Iglesia universal. Es de imaginar que el grado de desinformación debe ser absoluto en países menos abiertos al exterior y en donde el nivel educacional es sustancialmente más bajo.

Abisma, en efecto, comprobar la ignorancia acerca de la Contrarreforma en marcha que en nuestro medio manifiestan no simples catequistas de parroquias de barrio o señoras de la ayuda fraterna de una capilla de población, sino profesionales católicos de alto nivel, profesores universitarios y políticos destacados. Estos laicos ilustres tienen una vaga idea de que "algo está pasando" dentro de la Iglesia, pero no han llegado todavía percatarse de la trascendencia del proceso de demolición del Vaticano II.

En alguna medida, esta actitud obedece a la incredulidad: no pueden imaginar que se esté haciendo tabla rasa de un acontecimiento que tuvo tanta trascendencia en la historia de la Iglesia. Prefieren entonces no ver la realidad global y creer que los nombramientos de obispos integristas y los cambios de políticas en los niveles más altos de la Iglesia obedecen a simples casualidades o a decisiones individuales y aisladas de determinados curas u obispos.

Pero no incurramos en la postura demagógica de eximir de toda culpa a quienes comparten con nosotros la condición de laicos. La actitud prescindente de muchos de ellos, que ocupan cargos que les significan honores y ventajas materiales en instituciones vinculadas al aparato eclesial, obedece en medida importante a comodidad y cálculos mezquinos. "Prefiero no saber porque de esta forma me evito tener que tomar decisiones que pudieran ser dolorosas o perjudiciales para mis intereses personales" se dicen para ellos mismos, en voz muy baja para que no los vaya a escuchar la propia conciencia.

Por su lado, nuestros obispos hacen poco por contribuir a que los fieles más comprometidos se den por enterados de lo que está pasando. Algunos de nuestros pastores están de acuerdo con el proceso restaurador. Otros prefieren hacerse los lesos porque aspiran a alguna promoción en su carrera eclesial y saben que la más mínima señal de disenso les significará morirse en el cargo que ocupan. La mayoría sufre en silencio ante lo que está sucediendo, pero no ve ninguna ventaja en provocar amargura o escándalo a sus fieles haciéndoles partícipes de su desaliento. Y restan importancia a las inquietudes que les plantean fieles más informados, intentando aparentar que todo sigue su curso normal.

A Roma le conviene esta desinformación y pasividad de los laicos. Si dentro de la Iglesia hubiese una opinión pública informada y real participación de los fieles, la restauración preconciliar que impulsan algunos de los actuales jerarcas vaticanos se tornaría inviable.

Así las cosas, puede que en algún tiempo más los fieles se vean sorprendidos por la reimplantación de la Misa al estilo preconciliar. Pero aunque el retorno forzoso de la Misa en latín y con el sacerdote mirando hacia el altar tarde un poco en llegar a producirse, lo que sigue adelante a paso firme es el proceso tendiente a sepultar la herencia y el espíritu del Concilio Vaticano II por parte de quienes tendrían la obligación de llevarlo a la práctica.

De una Iglesia que quería ser humilde servidora del hombre de hoy vamos degenerando en una que vuelve a ufanarse de ser depositaria única de la verdad. Y de una Iglesia llamada a ser Pueblo de Dios vamos degenerando en una estructura que pone el acento en la organización jerárquica y que más que anunciar al Señor parece empeñada en contemplarse y servirse a ella misma. Sólo nos queda la esperanza de que el Espíritu Santo, que sin duda fue el inspirador del Concilio Vaticano II, se las ingenie para evitar que éste sea transformado en letra muerta.