Camino al andar
Julio de 1992

Ni San Pedro celebrar Misa; ni María, predicar

Cada vez resultan más insuficientes las explicaciones, basadas en la Tradición o en la supuesta voluntad de Jesús, para vedar el acceso de casados y de mujeres al sacerdocio... mientras se agudiza escasez de personal consagrado.

EN LA IGLESIA católica romana de hoy, San Pedro, elegido Papa por el mismísimo Jesús, podría como gran cosa llegar a diácono, por ser un hombre casado, incluso con suegra. Para justificar tamaño absurdo, los jerarcas vaticanos esgrimen una retorcida argumentación que a los fieles y al mundo de hoy les resulta cada día menos creíble y más indigesta. Sobre todo cuando abundan los indicios de que un elevado porcentaje de clérigos católicos no cumple de veras con el celibato y de que esta exigencia constituye una severa traba para que muchos varones abracen el sacerdocio.

Para justificar la imposición del celibato se hace caso omiso de la conducta de Jesús al elegir como jefe de los apóstoles a un varón casado. Sin embargo, a la hora de explicar el porqué de la oposición de la Jerarquía a la ordenación de mujeres, ahí se recurre a una supuesta voluntad del Señor. Jesús no eligió a ninguna mujer entre sus apóstoles, se arguye. Pobre razonamiento que apenas disimula el marcado machismo de los célibes jerarcas de nuestra Iglesia. Estos han profesado a lo largo de siglos y siglos una fobia digna del psiquiatra en contra del sexo femenino, según lo comprueban los testimonios de numerosos santos y grandes figuras de la Iglesia.

PESO DEL AMBIENTE SOCIOCULTURAL

El destacado intelectual conservador francés y amigo personal de Juan Pablo II, André Frossard, ha tenido el coraje de plantear una explicación que toma en cuenta la realidad cultural de Israel en los tiempos de Jesús.

"Se suele decir que la Iglesia Católica se funda en el hecho de que sólo había hombres el día que se instituyó la Eucaristía, razón de ser del sacerdote, pero hay que tener presente las costumbres de la época, que relegaban a las mujeres a las tareas subalternas, algo que Cristo no podía cambiar, según parece, de la noche a la mañana. [...] Es más razonable pensar que si la primera misa de la historia (la Cena del Jueves Santo) fue oficiada sólo por varones, ello se debe a que la Misa es una reiteración de la Pasión de Cristo, y que siempre, antes y después de Él, se creyó que las mujeres no toleraban derramar sangre, y que por lo mismo no les gustaba 'reactualizar' un suplicio en el que ellas, según el Evangelio, sólo tomaron parte derramando lágrimas.

En tiempos en que estaba prohibido hablar en público con una mujer, Jesús dialogó largamente con una samaritana que había vivido con una seguidilla de hombres. Y aunque las mujeres no eran consideradas dignas de servir de testigos ante los tribunales, el Señor se manifestó primero a personas de sexo femenino para anunciar el prodigio de su Resurrección. Nada de eso conmueve al cerrado círculo de los que manejan la Iglesia.

El problema es que vivimos, al menos en Occidente, una época en que se profundiza la libre confrontación de ideas y en la que el sólo recurso a argumentos de autoridad no basta. Y en que la condición de la mujer ha experimentado un cambio simplemente espectacular. En este esquema, la oposición al sacerdocio femenino se va transformando de manera creciente en un contrasigno, en obstáculo para la credibilidad de la Iglesia en su anuncio del Evangelio.

Por más piruetas verbales que se hagan a partir de textos bíblicos y de la Tradición, según convenga, no deja de resultar absurdo que en la Iglesia Católica de hoy a María le estaría, en razón de su sexo, prohibido predicar en el templo, tarea que es monopolio de clérigos varones.

IRRUMPE LA MUJER

El cambio que se ha operado en la condición de la mujer, al menos en el mundo occidental, constituye una de las transformaciones socioculturales de mayor trascendencia de este siglo. El proceso se desató recién a fines de los cuarenta, es decir junto con la posguerra, y se aceleró vigorosamente con la invención y masificación de la píldora anticonceptiva, la apertura de oportunidades de educación y trabajo para las mujeres y el auge de los medios de comunicación, todo lo cual se tradujo en una dramática modificación de las costumbres.

Aunque el peso de hábitos, creencias y conductas que han prevalecido por milenios no puede dejarse de lado en tres o cuatro décadas, lo cierto es que las relaciones entre hombres y mujeres han experimentado en el último cuarto de siglo un vuelco espectacular. Y todo indica que el proceso seguirá profundizándose. En buena medida, el incremento de los fracasos matrimoniales obedece a que el hombre y la mujer están todavía readecuándose a esta verdadera revolución, que cuestiona los roles de uno y otra.

ANGLICANOS Y PARTICIPACIÓN LAICAL

La reciente decisión de la Iglesia Anglicana de Inglaterra de permitir la ordenación de mujeres pone en tensión a nuestra Iglesia Católica. Ante un mundo en que se profundiza la conciencia de la discriminación de que han sido víctimas las mujeres en general y se adoptan medidas, todavía insuficientes, para superarla, Roma aparece de nuevo como un agente retardatario, así como un siglo y medio atrás se oponía frontalmente a la democracia en cuanto régimen político. Pero la tensión es también interna, porque aumenta el número de sacerdotes, religiosas y laicos que escuchan con incredulidad las explicaciones que dan los jerarcas vaticanos para justificar la persistencia de la discriminación.

En cuanto a la decisión de nuestros hermanos anglicanos, habría que destacar que ella fue adoptada con la participación orgánica de los obispos, los ministros o sacerdotes, y, muy importante, los laicos de esa Iglesia, a través de sus respectivas cámaras. Los fieles eligen representantes, los cuales son convocados a votar no para decidir si la Misa dominical se celebrará a las 11 o a las 11 y cuarto, sino cuestiones de trascendencia, como la ordenación de mujeres.

¡Qué diferencia más abismante con nuestra Iglesia, en la que los laicos carecemos de voz y voto! Sólo quienes disponen de poder político o económico pueden influir significativamente sobre las decisiones del Vaticano o de las conferencias episcopales, y recibir por añadidura condecoraciones pontificias entregadas por el Nuncio. A nivel local los obispos escuchan a quien ellos quieren y tienden, como es natural, a rodearse de personas que comparten su línea de pensamiento. Hay en nuestro país varios obispos más abiertos y dialogantes, pero en definitiva el grado en que acogen las iniciativas y opiniones de los fieles, en el estrecho rango que deja ahora el Vaticano, depende del buen corazón de los pastores, y no constituye un derecho inalienable de los fieles.

LOS PREJUICIOS Y EL ESPÍRITU SANTO

Ha sido una decisión difícil para los anglicanos. También al interior de las comunidades de esa Iglesia tienen bastante poder los grupos retardatarios o conservadores, al punto que más de mil sacerdotes han amenazado con retirarse por esta causa. Es grande, entonces, el peligro de un quiebre interno para cuando en algún tiempo más se materialice esta reforma. Los refractarios al cambio en la Iglesia Anglicana tienen planes de emigrar a la Católica. ¿Se irán, como contrapartida, religiosas, obispos, sacerdotes y fieles católicos a la Iglesia Anglicana, dada la mayor apertura que ella exhibe no sólo en este tema, sino en lo tocante a métodos anticonceptivos, matrimonio, perdón de los pecados, participación laical, etc?

Merece señalarse que el acceso de mujeres al sacerdocio es una práctica ya antigua en la mayor parte de las diócesis anglicanas de Estados Unidos, Nueva Zelanda y Canadá, en las que el debate se centra ahora en la consagración de obispas.

El Vaticano se apresuró a declarar que esta decisión pone en grave peligro el diálogo y la praxis ecuménica, invocando "fundamentales razones teológicas". Por su parte, ya cuando fue elegido, en 1990, el Arzobispo de Canterbury, George Carey, primado de los anglicanos, señaló que la postura de Roma en contra del acceso de mujeres al sacerdocio constituye "una grave herejía".

DECISIÓN PROFÉTICA

Es imprescindible que se sepa que muchos católicos discrepamos frontalmente de la postura del Vaticano. Nos parece criminal que se advierta que la decisión anglicana "postergará en muchos años" la reunificación de los cristianos, una de las más sentidas aspiraciones del Señor Jesús, manifestada la noche antes de su muerte. Tal aspiración debiera tener mucho mayor fuerza que los prejuicios y temores de nuestros jerarcas.

La postura vaticana aparece incomprensible no sólo ante la nueva lectura que podemos hacer hoy, a la luz de las transformaciones socioculturales, del Evangelio y de la conducta de Jesús. Resulta aún más atrabiliaria ante la escasez de personal consagrado, una de cuyas principales manifestaciones es el progresivo envejecimiento del clero. Las mujeres constituyen sobre el 50% de la humanidad y tal vez dos tercios de los miembros activos de las comunidades de creyentes, muchas de las cuales van quedando sin sacerdote por la escasez de vocaciones para el sacerdocio masculino y celibatario.

Por eso, saludamos como un gesto profético la difícil y hasta desgarradora decisión adoptada por la diócesis matriz de los anglicanos. Y pedimos a Dios que el Espíritu ilumine también a nuestra Jerarquía para que cuanto antes tenga el coraje de revisar posiciones y adoptar reformas acordes con la audacia del Evangelio y la magnitud de los desafíos que supone su anuncio al hombre de hoy.