Crecimiento con equidad, fórmula viable y éticamente superior
Parece estarse instalando en la conciencia ciudadana la percepción de que es viable una estrategia de desarrollo que por primera vez en Chile apunta a compatibilizar ambas variables
LOS RESULTADOS DE LA contienda electoral de fines de junio admiten múltiples lecturas, muchas de ellas válidas, pero resulta evidente que la principal es que la coalición oficialista mantuvo la mayoría con que colocó a Patricio Aylwin en la Presidencia de la República. El actual Gobierno llegó al poder con alrededor del 55% de los votos y 31 meses después de una compleja y delicada transición a la democracia mantiene casi intacta esa mayoría, pese a que de esta última se han descolgado los comunistas, que representan del orden del 6% del electorado.
Esta victoria, que podría paradojalmente conducir al quiebre de esa alianza si entre sus máximos líderes se desatan apetitos presidencialistas desmesurados, envuelve una lección de ética social que lamentablemente no ha sido puesta relieve ni siquiera por los triunfadores. Esta debiera ser captada y tomada en cuenta en especial por algunos que se han empeñado en tratar de convencernos de que el país se ha sumido en una grave crisis moral.
El acelerado crecimiento que exhibe la economía chilena, el progresivo descenso de la inflación, el incremento de las oportunidades ocupacionales y el auge de la inversión y de las exportaciones tienen que haber influido en los buenos resultados electorales conseguidos por la alianza oficialista, contrapesando con holgura los desfavorables efectos atribuibles al auge de los actos delictivos y a la consiguiente sensación de inseguridad personal que sufren muchos ciudadanos.
Sin embargo, no cabe atribuir al mejoramiento de la situación económica la responsabilidad básica del éxito electoral del Gobierno. El general Augusto Pinochet se arriesgó a presentarse a un plebiscito en 1988 porque estaba convencido de que el auge económico que se vivía por entonces sería argumento suficiente para obtener el respaldo ciudadano. Su fracaso fue atribuido por algunos a que el jefe militar era un mal candidato, lo que los llevó a pensar que su Ministro de Hacienda, artífice del "milagro económico", sería carta de triunfo. Volvieron a equivocarse, pese a que en 1989 los indicadores de producción y empleo fueron los más promisorios de la década.
El triunfo de la Concertación debe ser atribuido pues al predominio de un clima de respeto de los derechos y libertades fundamentales y de un proceso económico que junto con incentivar el crecimiento, procura promover la equidad y derrotar la pobreza, empeños en los que se advierte razonable eficiencia, sin perjuicio de que persista amplio margen para incrementarla. La compatibilización de crecimiento económico y equidad es una fórmula que nunca antes había sido ensayada en Chile, donde vivimos períodos en que se puso sucesivamente el acento en lo redistributivo, lo que, en ausencia de crecimiento, degenera en el populismo, y otros en lo que lo único que importó fue crecer, aun a costa de la agudización de las desigualdades.
VIABILIDAD COMPROBADA
El hecho de no ser un tecnócrata, sino un político, en la mejor acepción del término, explica que el Ministro de Hacienda, Alejandro Foxley, haya atribuido el éxito económico del país a una constelación de factores que rebalsa por amplio margen la mera calificación técnica de un equipo de "iluminados", al estilo de los llamados Chicago boys.
El factor principal del buen desempeño de la economía lo constituye, sin duda, el amplio apoyo ciudadano y de los distintos sectores organizados de la comunidad, entre los cuales destacan la Central Unitaria de Trabajadores y, en menor medida, los entes empresariales, a la actual gestión económica. Notable ha sido también el papel del Presidente de la República, quien, pese a ser un político de formación tradicional, ha tenido la intuición y el coraje de respaldar sin desmayos a su equipo económico en el empeño por aplicar una política que procura el crecimiento con equidad, pero que es ajena al populismo irresponsable que tan devastadores consecuencias ha tenido para la mayoría de los pueblos latinoamericanos. La lucha contra la pobreza tiene que ser eficiente, y no basarse en sentimentalismos que terminan pagando muy caro... los propios pobres. Amplios sectores de la Oposición han contribuido también al diseño de fórmulas de acuerdo para atenuar conflictos y permitir la materialización de aspectos básicos del programa gubernamental, como, por ejemplo, la reforma tributaria.
Una de las principales lecciones que fluyen de esta experiencia de transición es que la búsqueda simultánea de crecimiento y equidad resulta viable no sólo desde el punto de vista técnico, sino también en el ámbito político-electoral. Téngase en cuenta que hasta comienzos de los noventa influyentes sectores ponían en duda que en un marco de plena vigencia de las libertades democráticas pudiera materializarse en un país como el nuestro una estrategia que intentara la consecución simultánea de aquellos dos objetivos, dado que esa fórmula exige amplios consensos y una fuerte disciplina social, sin duda difíciles para una sociedad que había estado por largo tiempo severamente escindida en lo político y que presentaba un elevado porcentaje de la población sumido en la pobreza e incluso en la miseria.
AVANCE ÉTICO
Es probable que ya en la conciencia colectiva de los chilenos se esté asentando la percepción de que la mencionada fórmula, ajena a resultados espectaculares a escala de los individuos y de las familias, pero que ofrece seguridades de avances sostenidos y sistemáticos en las condiciones de vida de la población, en especial de los más pobres, no sólo es viable, sino que puede ser la única compatible con la profundización democrática y los valores más profundos de la sociedad, impregnados ellos por nuestra fe cristiana.
Se trata de un fenómeno de enorme trascendencia desde el punto de vista de la moral, que habla bien de la sociedad chilena y que puede condicionar de manera determinante el futuro de Chile. En efecto, si el país rechazó el crecimiento concentrador y excluyente que propiciaba la dictadura fue porque intuía la existencia de una alternativa técnica y éticamente superior. Esta fórmula funciona, aunque, por cierto, no resuelve en forma milagrosa los problemas de los más pobres, cuya suerte ha de seguir siendo motivo de intensa preocupación ciudadana. Pero así como los proyectos marxistas han perdido todo vigencia, ante el colapso de las experiencias de este cuño en el mundo occidental, cabría aventurar que lo sucedido en Chile desde el derrumbe de la dictadura comprueba que no es cierto que el único camino, aparte del populismo irresponsable, sea un crecimiento excluyente y concentrador, el cual, en la práctica, más allá de los discursos, profesa escasa preocupación por la suerte de los pobres y los débiles porque se basa en el falso supuesto de que todos estamos en igualdad de condiciones para competir.
El Ministro Carlos Ominami ha formulado una especie de autocrítica al señalar que la coalición gobernante obtuvo un respaldo inferior al esperado en algunas regiones o provincias específicas en las cuales los frutos del crecimiento económico son todavía poco perceptibles. "A pesar del esfuerzo que se ha hecho en el plano social, aún existen carencias importantes, sobre todo en algunas zonas. Estamos en una buena situación macroeconómica, con un elevado ritmo de incremento de la actividad productiva y una inflación muy baja, pero existen lugares, incluso provincias enteras, que no se están beneficiando. Se trata de zonas en las que los problemas de extrema pobreza revisten gravedad muy superior al promedio".
Sin embargo, no cabe atribuir a estas declaraciones ninguna connotación populista. Por el contrario, según este diagnóstico, es imprescindible que el Gobierno mejore su propia eficiencia, incluida la capacidad de focalización del gasto social. En rigor, el discurso de Ominami parte de una cierta autocrítica para entroncar en los desafíos que se visualizan para el mediano plazo, los cuales incluyen un rol más creativo, dinámico y flexible para el Estado, así como reglas claras para las empresas que permanezcan en el sector público, todo lo cual habría de redundar en un sostenido incremento de la competitividad.
La comprobación de que el crecimiento con equidad es viable desde el punto de vista tanto técnico como político debe llenar de satisfacción a los cristianos. Y no sólo a los que apoyan al actual Gobierno, sino que también a muchos creyentes que llevados por su recta conciencia militan en filas opositoras, pero que han contribuido con buena voluntad a hacer posible este camino éticamente superior a los que habíamos ensayado antes.