El obispo Medina y las virtudes de la vida militar
Osadas expresiones del controvertido religioso son una oda a la guerra, cuya justificación corresponderá en todo caso al bando victorioso, según el principio de que la historia la escriben los vencedores
EN LUGAR DE PROMOVER una reducción del gasto en defensa en Chile o de apoyar a quienes abogan por la supresión del servicio militar obligatorio, el obispo conservador Jorge Medina, titular de la diócesis de Rancagua y que maniobra para conseguir que se le nombre al frente de la Iglesia de Valparaíso, ha publicado recientemente un artículo para ponderar las supuestas virtudes cristianas de la vida militar.
Parte reconociendo que el pueblo de Israel vivía en difíciles condiciones culturales y geopolíticas, rodeado de naciones paganas más poderosas y a merced de los vaivenes de sucesivos éxitos político-militares de caldeos, babilonios, persas, egipcios, sirios, macedonios y romanos.
"En ese contexto hubiera sido impensable prescindir de las acciones guerreras, tanto más cuanto que el mundo entonces conocido era por completo ajeno a la idea de una autoridad universal eficaz, que pudiera resolver las contiendas entre pueblos con justicia, con arreglo a principios y conceptos, y no sólo con el argumento de la fuerza".
Apunta, eso sí, que el anhelo profundo de Israel era la paz: son numerosas las oraciones que los piadosos judíos elevaban a Dios y cuyo contenido era pedir, como un beneficio altamente deseable, la paz.
ENMENDANDO EL EVANGELIO
Pero no nos pongamos extremistas. No a la paz a cualquier precio advierte Medina. En efecto, "cuando los valores de la religión se vieron amenazados por la opresión de gobernantes extranjeros y paganos, el pueblo judío se levantó en armas en defensa de su fe: lo es, precisamente, el tema de los dos libros de Macabeos, escritos muy poco antes del comienzo de la era cristiana".
Dice Medina que no cita este hecho para alentar lo que pudiera llamarse una "guerra santa" ni para erigirlo en modelo, sino para indicar que, aun cuando la paz sea un bien muy grande, tanto para las personas como para los pueblos, no es un bien de tal categoría que a él se pueda o deba sacrificar cualquier cosa.
Curiosamente, el candidato al obispado de Valparaíso omite señalar que Jesucristo llamó a sus seguidores a amar a nuestros enemigos y a los que nos hacen daño; y que se dejó llevar como manso cordero al matadero, desautorizando a Pedro, que pretendía con la espada en la mano oponerse a la suprema injusticia del arresto y posterior ejecución de su Maestro. Olvida además que el Señor Jesús advirtió que "el que a hierro mata, a hierro muere".
Medina agrega que la paz es fruto de la justicia, "y pudiera darse el caso en que no sea posible, en circunstancias concretas determinadas, asegurar la justicia por medios pacíficos". Menos mal que el obispo de Rancagua no escribió esto hace cinco o seis años porque podrían haberlo acusado hasta de inspirar intelectualmente el repudiable atentado contra el General Pinochet. Cuando se toma conciencia de que en el país hay cinco millones de pobres, es decir de personas a las que se les niega justicia, uno tiene derecho a ponerse a temblar ante propuestas tan audaces como las de Medina.
El teólogo, ampliamente respetado en los círculos vaticanos, señala que en los tiempos cristianos se han dado casos de acciones bélicas desatadas por motivos de justicia e incluso por razones religiosas, mezcladas, con frecuencia, con otras motivaciones. Cita a manera de ejemplos la reconquista española, las cruzadas y la "policía naval" que ejercitó la Soberana Orden de Malta en el Mediterráneo. Reconoce que "ellos demuestran cómo, aun supuestas las más nobles motivaciones, los hechos desbordan las intenciones y la violencia se hace, desgraciadamente, incontrolable".
Concluye entonces, menos mal, que "la experiencia de la historia indica que las luctuosas consecuencias de todo orden de las acciones bélicas, aun de aquellas más explicables y justificadas, invitan a realizar todos los esfuerzos posibles para no desencadenar la espiral de violencia y ferocidad que es secuela inevitable de la guerra".
Afirma más adelante que no hay en el Evangelio ninguna palabra que descalifique como inmoral la profesión militar. "Lo que sí aparece claro es que hay en ella riesgos de orden moral y que existe el grave problema del cumplimiento de órdenes que estén evidentemente reñidas con la moral". Puede replicarse que si bien no hay ni una palabra en tal sentido, el espíritu de todo el Evangelio aparece por completo reñido con el uso de la fuerza. De otro lado, la base de cualquier cuerpo armado es la obediencia irrestricta al superior, de manera que el riesgo mencionado por Medina es punto menos que consustancial a la actividad castrense.
SI QUIERES LA PAZ...
Asevera luego el pastor rancagüino que hay en la vida militar, elementos y valores que pueden servir de modelos y paradigmas para la vida cristiana: el esfuerzo, la vigilancia, la valentía, el menosprecio por las comodidades, la disciplina, el orden y la disposición a ofrecer la vida en aras de un gran ideal. La verdad es que hay muchas otras actividades en las que uno puede encontrar estos valores y virtudes, con el agregado de que ellas sirven para prolongar la obra del Creador.
"Aunque pudiera parecer paradójico, la finalidad última de la milicia es la paz: defenderla, reivindicarla. La aseguran con los medios que le son propios y sin olvidar que en la consecución de esa finalidad intervienen otros factores tan importantes como el militar" apunta el religioso. Sus palabras parecen un eco de la máxima latina de que "si quieres la paz, prepárate para la guerra", la cual presenta una sospechosa semejanza con la maquiavélica sentencia de "el fin justifica los medios".
Agrega Monseñor que en la tarea militar, como en cualquier otra, juegan un importantísimo papel la formación integral, altura moral y convicciones de la persona respecto del valor de la vida humana, la importancia de la paz y los imperativos éticos que deben enmarcar cualquier acción o actividad humana. "Toda acción humana tiene necesariamente un aspecto moral, porque o es o no es conforme a la naturaleza del hombre y a la ley de Dios. Es por eso que 'lo cristiano' o 'lo moral' no puede ser lateral o adjetivo en el militar que tiene fe o profesa una concepción espiritual del hombre, como tampoco puede serlo en ningún otro cristiano ni con respecto a ninguna otra actividad. No se trata, pues, de dar una especie de barniz cristiano a la vida militar, como si fuera suficiente dotarla de una apariencia superficial que disimulara defectos, sino de vivir como cristiano las exigencias de la milicia, aceptando que también ellas están sometidas al imperio sin limitaciones de la fe y de la moral evangélica".
Las expresiones del teólogo configuran un exigente programa de trabajo para los obispados castrenses. Pero tal vez no sea excesivo suponer que si los capellanes se lo tomaran en serio, probablemente se verían impedidos de ejercer su ministerio.
OBEDIENCIA DEBIDA
En ciertas ocasiones, apunta Medina, la vida del cristiano se ve ineludiblemente enfrentada a situaciones dramáticas y puede llegar el momento en que un discípulo de Cristo tenga que decir, como los Apóstoles ante el sanedrín judío, que es preferible obedecer a Dios antes que a los hombres. "Por eso la autoridad militar, como cualquier otra, y en tanto mayor medida cuanto más alto sea su mando, debe examinar sus decisiones a la luz de la fe y de la razón; ninguna autoridad humana es absoluta o ilimitada, y quien la ejerce asume una responsabilidad no sólo ante su conciencia y ante la sociedad, sino, en definitiva, ante Dios".
Interesante, sin duda, el punto que levanta el teólogo. Si lo hubiese explicitado en los tiempos más duros de la represión autoritaria y los obispos y capellanes castrenses le hubieran hecho caso, el país se habría ahorrado varios centenares de ajusticiamientos y muchas horas de torturas. Y la Comisión Rettig habría tenido menos trabajo.
Termina su artículo señalando que en nuestra patria siempre ha habido muchos capellanes que son recordados con respeto y afecto, junto a los nombres de los grandes oficiales que condujeron los ejércitos de la patria y a los soldados anónimos que brindaron sus vidas por el honor de la nación.
Respetamos la memoria de esos capellanes, jefes castrenses y soldados anónimos, ya que no cabe poner en duda la buena fe y el heroísmo con que actuaron. Pero el Espíritu nos ha hecho descubrir cosas que nuestros antepasados ignoraban. Por eso, en lugar de quedarnos en el elogio fácil de esos antepasados, preferimos poner todo el acento en que la tarea ineludible de los cristianos, sacerdotes y laicos es ahora construir la paz, que es, sin duda, obra de la justicia. Y para tal efecto, los únicos medios válidos son los no violentos, precisamente porque creemos en el Evangelio.