En oscura quebrada (la verdad es que) yo sí temo
El Señor es mi pastor, nada me habrá de faltar. En oscura quebrada yo no temo porque estás junto a mí ( Salmo 23)
LA EXPERIENCIA DEL DOLOR es inesquivable. Aunque percibamos altos ingresos y tengamos una colección de tarjetas de créditos, la mejor ISAPRE, buenos ahorros, estupenda casa, regio auto, una linda familia, en suma una existencia confortable y asegurada, y gocemos de prestigio, influencia y consideración social, tarde o temprano llega el dolor, físico o emocional.
Puede ser la enfermedad de un hijo; la muerte de mamá o papá que nos deja la absurda pero innegable sensación, aunque seamos cincuentones, de que hemos quedado huérfanos. Puede ser un dolor físico o el derrumbe súbito del matrimonio. Para no hablar de un sonado fracaso en los negocios o la pérdida de un buen empleo cuando se hace cuesta arriba encontrar uno de reemplazo.
Los que no somos pobres preferimos pensar que quienes viven en la miseria están curtidos en esto de sufrir. La piel la tienen más dura o la sensibilidad más baja. Es, posiblemente, una forma de racionalizar nuestra escasa solidaridad para con ellos. Pero a la hora en que el sufrimiento nos pega un zarpazo a nosotros, nos cuesta ene racionalizar.
¿Por qué a mí? (¿Por qué a él?). Esa es la pregunta que se hace aquel que sufre un mal incurable. Y el cónyuge que es abandonado. La repiten los padres de la criatura que nació mongólica o del joven que se va sumiendo en forma irreversible en el infierno de las drogas. El amigo que llora al amigo que quedó hecho un guiñapo por culpa de un chofer irresponsable. ¿Por qué a mí? ¿Por qué a él? Como si no hubiera millones y millones de personas golpeadas a cada momento por el dolor.
Al fin y al cabo, es sólo cuestión de tiempo: ya tendremos nuestra ración. Nada puede evitarnos el sufrimiento. Y pensar que tuvimos la petulancia de creer, superada la adolescencia, que la prehistórica oración en honor de la Virgen (Salve) era toda una exageración cuando aludía a nuestra vida terrena con las palabras "este valle de lágrimas".
TEMOR Y REBELDÍA
Entonces, cuando el dolor aprieta, uno se siente en una quebrada muy profunda. A veces el cónyuge u otros familiares están cerca. Es una gran ayuda, pero ello sólo atenúa el dolor, no lo evita. Otras, muchas, la soledad es abrumadora. Para peor, hay que disimular el sufrimiento físico o emocional, ya que descubrimos, o creemos descubrir, que no interesamos a nadie y que hasta podríamos molestar con nuestra pena o lamentos.
"En oscura quebrada yo no temo, porque estás junto a mí" dice el salmo que recitaba hace milenios un pueblo de pastores. Manifestaban así su confianza en un Dios Padre que está dispuesto a dar la vida por su rebaño y a salir en busca de la oveja extraviada. No deberíamos, entonces, sentir miedo, pero igual lo experimentamos. Nadie nos acompaña en el horror de las sombras que parece que nunca serán disipadas. Queremos creer, convencernos de que Él está ahí, invisible, pero real, caminando a nuestro lado igual como hizo junto a los discípulos de Emaús. Lástima que a menudo la autosugestión no funcione.
Vienen así las imprecaciones. ¿Por qué me envías esta prueba? Yo que he tratado de ser un buen cristiano, que he entregado tantas horas y recursos a tu Iglesia…¡y Tú me pagas así!. Vergüenza da confesarlo, pero es difícil que alguno no lo haya al menos pensado. Está el consuelo, eso sí, de que el propio Jesús se sintió abandonado de su Padre, librado a su suerte pese a su sometimiento absoluto a la voluntad de Aquél.
Difícil es aguantar a pie firme, no por puro estoicismo, sino que porque se sabe que el sufrimiento personal, cuando es libremente asumido, ayuda a completar la tarea redentora del Señor. Se entiende con la cabeza, pero el cuerpo y el corazón tiran para otro lado. Los testimonios de creyentes que han crecido en su fe en momentos difíciles ayudan, eso sí, a prepararse para cuando nos llegue el turno.
OTTORINO Y TERESA
Ahí está el caso de Ottorino, quien hasta hace algunos años ejerció el sacerdocio en Santiago, después se casó con Teresa y se volvió a Italia, donde tuvieron dos hijos y se esforzaron por vivir en serio la fe. Tiempo atrás, a la esposa se le detectó un mal incurable. Murió hace algunas semanas.
"En un primer momento yo le decía al Señor que quería morir junto con ella, pero de a poco mi propia mujer me convenció de que debía quedarme con los hijos. Sólo así ella moriría feliz". En un enrevesado español, Ottorino cuenta lo que pasó en carta dirigida a sus amigos en Santiago. "Empezamos entonces a pedir al Señor que se hiciera su voluntad, convencidos de que lo que Él dispusiera para nosotros sería ciertamente mucho de cualquier cosa que nosotros pudiéramos desear. Sólo a veces, cuando el dolor de Teresita era demasiado fuerte decíamos juntos: 'Señor, si es posible evítanos este cáliz, pero que no se haga nuestra voluntad, sino la tuya'. Lo decíamos lentamente, a veces llorando los dos, y pasaba".
Ahí, en el lecho en que tantas veces se amaron, las manos de él se juntaban a las de ellas para hacerle sentir, más allá de las palabras, que la acompañaba en los terribles dolores provocados por el avance implacable del mal. Las palabras dirigidas al Señor se entrecortaban a causa de los accesos y de las lágrimas.
Cuando ya el final de Teresa se acercaba, la petición cambió: "Señor, haz que también nuestros hijos acepten la muerte de la mamá; sobre todo, haz que Luciano acate Tu voluntad". El muchacho era el regalón de Teresa y a todas luces se rebelaba contra el absurdo y la crueldad de su muerte prematura.
Teresa descendió a lo más oscuro de la quebrada, hasta encontrarse con la muerte, pero no tuvo miedo porque sintió muy fuerte la presencia del Señor. Antes de expirar pidió a Ottorino que los funerales fuesen una fiesta.
LA PASCUA DE TERESA
Cuenta la carta: "La misa fue una verdadera celebración. El templo, presidido por el cirio pascual, estaba resplandeciente, con todas las luces prendidas. Las campanas repicaron y las paredes se estremecieron con la música de las guitarras y los cantos. Había un centenar de jóvenes con los que trabajamos para el Tercer Mundo. Se recogieron más de 200 dólares, que irán a la misión en Talca en que trabajan sacerdotes de la diócesis de Treviso".
Es una hermosa costumbre que se extiende. La de las misas de difuntos en que las lágrimas comprensibles por la separación física se mezclan con la alegría de la esperanza pascual. No al dolor sin sentido ni futuro. Hay que tomarse en serio la palabra de Jesús: "El que cree en Mí, aunque muera, vivirá".
Sigue contando Ottorino a sus amistades que en Chile lo recuerdan a él y a Teresa: "En la misa, los chiquillos y yo dimos nuestro testimonio, sin llorar. Yo agradecí al Señor por haberme regalado a Teresa. Nuestra hija Caterina leyó la primera lectura, tomada del elogio a la mujer del Libro de Proverbios.
Al momento de la oración de los fieles, habló Luciano. "A menudo la enfermedad de mamá hizo, Señor, tambalear mi fe. Muchas veces me rebelé contra Ti, diciéndote que no era justo que ella sufriera tanto, cuando en el mundo no había conocido una persona mejor. Después, infinidad de veces te pedí, como último recurso, que me tomaras a mí en lugar de ella. Te rogué con toda mi alma, pero no me escuchaste. Ahora me doy cuenta de que era la oración de un desesperado. Ahora he descubierto que el cumplimiento de Tu voluntad era lo más hermoso que podía sucederle a mi madre y lo mejor para nosotros".
SEÑOR, AUMENTA MI FE
En oscura quebrada yo sí temo, aunque no debiera temer porque sé que estás, Señor, junto a mí. Es la falta de fe que encontraste incluso en tus apóstoles y discípulos.
Pero, aunque no te sienta, aunque el dolor físico o emocional se agudice por causa de una soledad abrumadora y me impida percibir tu presencia, ayúdame en ese momento decisivo a decir "hágase tu voluntad".
Porque el cabal cumplimiento de ella en mí, aunque me cueste a morir, es lo mejor que me puede suceder.