Camino al andar
Agosto de 1992

La Inquisición vaticana a toda máquina

Ahora castiga a teólogo canadiense que aboga por el derecho de los matrimonios católicos a decidir en conciencia el número de hijos que pueden engendrar

EL SACERDOTE CANADIENSE André Guindon, Oblato de María Inmaculada, prestigiado moralista y autor de numerosos estudios sobre ética conyugal, como The sexual creators, ha sido sancionado por la Congregación para la Doctrina de la Fe (ex Santo Oficio o Inquisición). La condena de las doctrinas contenidas en el mencionado libro ha ido acompañada de las prohibiciones de predicar, de publicar nuevos ensayos y de enseñar, con la expulsión consiguiente de la cátedra de ética en la Universidad de Ottawa.

El cardenal Joseph Ratzinger, que se ha transformado en perseguidor implacable de todos quienes amenacen el monolitismo teológico y pastoral preconizado actualmente por el Vaticano, afirmó que las respuestas del padre Guindon a las aclaraciones solicitadas por la Congregación para la Doctrina de la Fe no habían sido satisfactorias. "Ellas no resuelven la contradicción existente entre sus declaraciones de fidelidad al Magisterio de la Iglesia y lo que postula en su libro".

El teólogo canadiense había respondido a las acusaciones de Ratzinger diciendo que los moralistas romanos sacaban de contexto e interpretaban mal sus afirmaciones y que postulaban como verdades de la fe cosas que en ninguna parte el Magisterio ha declarado nunca como tales. Guindon alegaba que su perspectiva era la moral de las actitudes, mientras que la de sus censores romanos era la de la casuística y la de los hechos por los hechos, considerada por muchos creyentes una versión moderna y acicalada del fariseísmo.

Felizmente, Ratzinger no pudo enviar a la hoguera ni a la tortura al teólogo canadiense, por lo que hubo de conformarse con darle un tiempo para que resuelva la supuesta contradicción y "retorne a la fidelidad al Magisterio". Para ablandarlo psicológicamente, le impuso, eso sí, la prohibición de enseñar, predicar y publicar.

El libro de André Guindon data de 1986, lo que sugiere que Ratzinger ha descuidado un tanto sus funciones de represor del pensamiento dentro de la Iglesia, por lo que debiera ser llamado a terreno por el Papa. The sexual creators ha sido traducido al francés, italiano, alemán, japonés y sus tesis discutidas en numerosos congresos internacionales.

El padre Guindon trata de superar la postura objetual y fáctica de los teólogos romanos y profundizar en la senda abierta por el padre Haering y seguida por otros teólogos de la moral de las actitudes. Al igual que este último, pide que se estudie y examinen con apertura de mente los problemas morales de los esposos católicos. Destaca la importancia del desarrollo de una antropología de la persona y de sus aplicaciones sexuales dentro del contexto de la comunicación interpersonal. En este sentido, desarrolla la tesis de que es indispensable avanzar hacia la superación de la idea de que en el ser humano la transmisión de la vida tiene una finalidad meramente biológica.

Guindon tiene la audacia de plantear lo que millones de matrimonios católicos han decidido hacer en la práctica, seguros en conciencia de no ofender con ello a Dios: planificar el número de hijos y ayudarse con anticonceptivos artificiales. Cierto es que, como consecuencia de esta decisión, muchos de estos fieles se han alejado de la Iglesia, por sentir que ésta les impone una carga intolerable. Otros siguen dentro de ella, pero sin hacerle mayor caso en estas materias.

En términos académicos, Guindon sostiene que el uso de anticonceptivos es moralmente legítimo cuando la pareja católica ya ha cumplido con la finalidad procreativa del matrimonio, esto es cuando ya ha tenido los hijos que según sus posibilidades podía tener (principio de la responsabilidad de la conciencia). Este criterio incluye los derechos de los ya nacidos a una vida digna y las restricciones derivadas de enfermedades serias, falta de trabajo, etc. de los miembros del matrimonio, que éstos conocen en forma directa.

El moralista canadiense insiste en que en el ser humano es preciso distinguir entre sexualidad y fecundidad. Agrega que el juicio moral sobre un acto depende de las intenciones de quienes lo ejecutan. En lo tocante a la comunicación sexual entre los esposos, el teólogo de la Universidad de Ottawa censura la pretensión por parte de los moralistas de la Iglesia latina de controlar hasta el más mínimo gesto íntimo entre los esposos. Citando a la Iglesia ortodoxa, el padre André Guindon dice que los moralistas de la Iglesia no deben superar la puerta de la alcoba de los esposos.

En su fallo, Ratzinger destaca que, supuestamente, el libro no hace mención alguna al dato, sin duda perteneciente a la tradición cristiana, según el cual la ley del amor incluye la cruz. La crítica principal es que la moral de las actitudes cae en el subjetivismo y relativismo, por un lado, y en el hedonismo por otro, en cuanto búsqueda del placer que puede sustituir y prescindir de "la finalidad primordial del acto sexual, esto es la transmisión de la vida, donde el afecto y la ternura son inseparables de la función biológica natural".

IMAGINEMOS QUE...

Cabría preguntarse qué pasaría si Ratzinger, privado de las armas represivas de que dispone, se allanara a debatir estos temas con Guindon y con otros tantos teólogos que le superan en inteligencia y en experiencia pastoral. El debate debiera darse en presencia de millones de matrimonios católicos que tratan de vivir su fe en el mundo de hoy y que, aunque no son expertos, tendrían derecho a decir también su palabra acerca de temas que les conciernen vitalmente.

Una propuesta tan audaz suscitará, seguramente, máximo horror en espíritus pudibundos, algunos de los cuales hacen gárgaras eso sí con eso de "la participación de los laicos dentro de la Iglesia" (¿para tocar las campanas de los templos?). Argumentarán que los problemas morales no pueden ser solucionados por voto popular. Cabría replicar que si eso es cierto, no es menos cierto que el Espíritu Santo sopla sobre todos los fieles, y no sólo sobre los expertos... ni los célibes. Y que en esto de escrutar lo que Dios quiere de nosotros a fines del Siglo XX hay que tomar en cuenta, siquiera mínimamente, la voz y el sentir de "los de abajo".

Negarse a hacer eso, seguir enviando al exilio intelectual a tantos teólogos valiosos, le hace un daño enorme a la Iglesia, proyecta una imagen oscurantista en los ambientes culturales e intelectuales y aleja a grandes cantidades de fieles que no serán recuperadas con ninguna campaña de nueva Evangelización.

En último término, la actitud que encarna Ratzinger no es más que un signo de soberbia. Y éste es el peor de los pecados, por más que algunas veces intente recubrirse con el manto de quien acepta incomprensiones sin límites para ser fiel a la misión que el hecho de ser autoridad le exige.