Camino al andar
Agosto de 1992

Paulo VI, el Papa de la libertad

El gran mensaje de su Pontificado fue que aún valía la pena estar junto a "los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias" de los tiempos modernos.

EL CARDENAL Bernardin Gantin, arzobispo negro de Benin y figura de relieve en la actual Curia vaticana, ha puesto de relieve que la beatificación de Paulo VI, el Papa nacido Giovanni Battista Montini, constituye un deseo sostenido de los obispos de África y América Latina. Sabe muy bien el cardenal Gantin que ese proceso convoca la alegría y la vocación de las iglesias de ambos continentes.

¿Será necesario recalcar por qué? ¿Será necesario recordar algunos mensajes que parecen misteriosamente olvidados en los últimos años? Tal vez baste el hermoso pasaje inicial de Gaudium et Spes, uno de los textos más notables producidos por el Concilio Vaticano II:

"Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón".

Se puede decir, sin riesgo, que fue esta definición la que elevó a la Iglesia Católica al rango de primera voz moral en una amplia mayoría de los países del Tercer Mundo durante los años 60 y 70. Sin ella sería difícil concebir el arraigo y la inmensa autoridad de que hoy goza en las naciones pobres. Su desafío radical a la noción de una religión desencarnada, a un "opio de los pueblos", inundó la imaginación de millones de personas, que no la olvidan a pesar de los casi 30 años transcurridos.

La Iglesia de Paulo VI introdujo un fuerte cuestionamiento moral y un sentido positivo a una humanidad que parecía entregada al fatalismo del progreso ilimitado, pero sin valores. El gran mensaje de su Pontificado fue que aún valía la pena estar junto a "los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias" de los tiempos modernos.

Paulo VI fue un Papa extraño en el sentido profético del término: distanciado del mundo en su inteligencia privilegiada y original, y cercano al mundo en su intenso desgarramiento existencial y social. Se lo ha descrito, apropiadamente, como una figura "hamletiana" en función del dolor cósmico que parecía transmitir. Pero quizás el mérito mayor del Papa Montini haya sido, a la postre, la comunicación de la esperanza y la fe en la libertad, un legado que su propia conducta se encargó de hacer vigente.

No hay que esperar que el proceso de beatificación de Paulo VI sea rápido y unánime. Los grandes temas de su Pontificado -la relación entre Iglesia y mundo, el impulso del ecumenismo, la promoción de la "opinión pública" en la Iglesia, el aggiornamento de las estructuras vaticanas, la participación de los episcopados en la conducción de la Iglesia universal- no están dentro de las modas en uso y pueden ser más una dificultad que una facilidad.

Las iglesias y los fieles de América y África, que crecieron y maduraron gracias a Paulo VI, probablemente tendrán que esperar. Pero ahora pueden al menos abrigar nuevas esperanzas.