Más allá de la crudeza del destape
Las pantallas de los cines parecen a punto de incendiarse con el desenfreno sexual de algunas cintas recientes, pero en verdad no todo es puro sexo
CADA CIERTO TIEMPO copan la pantalla de los pocos cines que van quedando algunas producciones que choquean por la crudeza de sus escenas sexuales y temática erótica. Ahora tenemos entre nosotros la españolísima Amantes, con Victoria Abril, máxima expresión de la oleada más reciente del destape español. Meses atrás, pudimos ver, tras un par de décadas de prohibición en Chile, El último tango en París, que en su época casi había incendiado las pantallas. El umbral de lo que produce escándalo y hasta incredulidad se va corriendo en forma constante. Si llega a dar risa acordarse de que treinta años atrás unas buenas señoras de la Acción Católica armaron toda una movida por la la exhibición de la película Los amantes de París, que ahora podrían dar perfectamente en cualquier canal de TV comercial sin que nadie se escandalizara.
El hecho de que la gente que va al cine sea tan escasa, en términos absolutos, no quiere decir que el impacto de estos filmes sea reducido. Con algunos meses de atraso, un número mucho mayor puede verlos a través de la televisión por cable. Y algún tiempo después, decenas de miles, probablemente cientos de miles, adultos, jóvenes y niños, sin cortapisas de censura, las ven en casa gracias a sus videos.
Nueve semanas y media es uno de los clásicos eróticos de los últimos años. Ante sus imágenes uno puede escandalizarse y condenar con la voz temblorosa de santa indignación. Pero, también, puede tratar de hilar un poco más fino y esforzarse por descubrir qué hay más allá de las apariencias. Y éste es un ejercicio imprescindible si recordamos que la evangelización, la nueva y la de siempre, sólo será eficaz si amamos a las personas a que está dirigida. Si partimos condenándolas, podremos desgañitarnos y simplemente no seremos escuchados ni acogidos. Seremos lo mismo que una campana de goma. San Pablo viene repitiendo desde hace casi veinte siglos: "Aunque yo entregare mi cuerpo a las llamas... y aunque vendiere todo lo que tengo y lo entregare a los pobres... si no tengo amor, de nada me sirve".
Ante un mundo proclive a las drogas y el materialismo y que aparentemente ha transformado el sexo en un dios, nuestra primera tarea es tratar de entender. Es la única forma de que antes que condenas y rechazo, el hombre de hoy, receptor potencial del Evangelio, obtenga de nuestra parte una mirada llena de afecto y comprensión. Después de todo, también nosotros somos y nos comportamos a menudo como ese hombre.
El comentario que viene enseguida, y que alguien tuvo la gentileza de enviarnos, ayudará a iniciarnos en ese ejercicio al que estamos poco habituados pero que resulta cada vez más imprescindible. En efecto, en ausencia de este último, el mensaje evangélico corre el peligro de degenerar en un moralismo chato, propio de una liga de la decencia, y no del anuncio de la Iglesia del Señor.
ABRUMADORA SOLEDAD
De vez en cuando uno se tropieza con películas que aparentemente son una cosa, pero que, analizadas en profundidad, contienen una serie de realidades muy distintas. Es lo que sucede con Nueve semanas y media. El espectador resulta convulsionado por una historia de sexo un tanto violento, que inclusive puede parecer gratuito. Pero cuando medita sobre las relaciones entre John y Elizabeth, entonces cae en la cuenta de que la película propone una seria meditación sobre el problema de la soledad de los cuerpos y de las almas, especialmente referida a la vida de quienes malviven en las grandes urbes.
John es un experto en la Bolsa, pero confiesa que realiza su trabajo maquinalmente, sobrepasada la época de esfuerzo por instalarse. Vive solo en un gran departamento del corazón de Nueva York, decorado con una frialdad típica de ciertos ambientes modernos. Su único desahogo emocional consiste en el hallazgo y la persecución de atractivas señoras/señoritas, dispuestas a entrar por el camino siempre misterioso del sexo desconocido, que el experto en Bolsa les irá mostrando experimentalmente.
De esta forma, bajo una sonrisa que apenas dice algo, aunque parezca que derrama confianza en sí mismo, intenta ocultar la soledad que le abruma. Elizabeth, a su vez, trabaja en una galería de arte y está en contacto con la "crema" de los creadores en boga; mientras, arrastra una honda frustración por su matrimonio recientemente quebrado. Tiene amigas, pero superficiales; fiestas, pero abrumadoras; trabajo, pero frustrante. También su soledad es inmensa. Y cuando conoce a John, el experto en bolsa, cae en sus redes de aprendizaje sexual, creyendo que el asunto esconde una auténtica cercanía espiritual. Va consintiendo a todas las peticiones del hombre.
Hasta que un día ya no puede más porque cae en la cuenta con horror de que se está degradando, de que ha sido utilizada, de que se ha convertido en un objeto carnal. Elizabeth abandona a John. Y éste, en el último momento, le confiesa una infancia que echa de menos por lo acogedora que fue y le pide a la mujer que vuelva, que no lo deje solo. John, sin saberlo, buscaba algo más que puro sexo. Pero falló. Ahora, de nuevo, ambos quedan enfrentados a la más dolorosa soledad.
UN PROBLEMA QUE NOS ABRUMA
En medio de sus crudas imágenes, la película es en el fondo una grandiosa alegoría a la soledad que nos invade por todos lados en este final del siglo. Asistimos al triste espectáculo de una multitud de personas que persiguen la sola experiencia carnal como forma de disimular su quebrantado interior, sin obtener nada positivo después del furtivo contacto, ante la falta de auténtica pasión humana y personalizada. Tal vez el intento no alcance zonas estrictamente sexuales, pero inclusive en contactos solamente afectivos acaba poniéndose de manifiesto la inutilidad de la aventura, la distancia posterior al encuentro.
La gente se encuentra solitaria en todos los lugares, sin excepción. Puede que la soledad esté instalada en un matrimonio aparentemente magnífico, pero ya corroído por el gusano de la rutina más agobiante. Puede que afecte también a los que están en plena juventud porque la amistad nunca supera lo puramente ocasional. Puede que aflore al llegar a la madurez, en pareja o sin ella.
Por todas partes se descubre un agobiante dominio de la soledad, que provoca la aparición de un nuevo tipo de ciudadano entristecido, desconcertado y necesitado continuamente de excitaciones momentáneas para aplacar el dolor del propio yo, abandonado a sí mismo. Mientras tanto el trabajo, la profesión, nos llenan de pura actividad mecánica, pero sin ofrecernos un horizonte más pleno que sea aguardado con ilusión. Cada vez son más las personas que confiesan no saber qué hacer de sus vidas, por la sencilla razón de que no tienen a su lado a nadie en quien confiar, con quien poder charlar y compartir. La sociedad que hemos creado carece de emoción, de cariño, de solidaridad.
ABRIRSE A LOS DEMÁS
Es tarea de cada uno encontrar sus propios caminos para salir de la soledad. Pero tal vez sea aconsejable sugerir algo: vencer la distancia adquirida con las frustraciones acumuladas y permitir que el otro conozca mi yo, abrirse al otro con todas las consecuencias que ello pueda acarrear, afrontando el riesgo evangélico de un posible fracaso.
Una y otra vez tenemos que salir al encuentro de los demás, buscándolos con audacia y diciéndoles que nos interesan. No para utilizarlos, sino para correr juntos la gran aventura de la existencia. Quien se quede encerrado en su angustiada soledad, acabará roto y tal vez llegará a una progresiva neurosis. Para un tiempo de soledad... otro tiempo de cercanía.
En esta materia, nada se obtiene gratuitamente. Se busca y, seguramente, algo se encuentra. Lo que hay que evitar es caer en la trampa de la relación personal falsa, que lo reduce todo al puro sexo, como sucede en Nueve semanas y media. Y, desde luego, conviene mirar alrededor nuestro para descubrir a los vencidos por la soledad y tratar de llegar a ellos para tenderles la mano.