A 500 años de la llegada del Evangelio
Dios escribe derecho con líneas torcidas, dice el refrán, así que, por severo el juicio que nos merezca la antigua evangelización, no cabe dejar de agradecer al Señor que nos haya hecho llegar por ese intermedio el regalo de la fe
ESTE 12 DE OCTUBRE se han cumplido 500 años desde que se empezó a anunciar el Evangelio a los habitantes de lo que después se llamaría América.
Esta forma de presentar la llegada de Colón y los españoles, que es la que ha hecho suya la Iglesia Católica, tiene la ventaja de establecer un claro distingo entre la Conquista y la Evangelización, vale decir entre un fenómeno claramente político y otro de carácter religioso. Es un distingo que busca eludir las severas críticas que suscita hoy en día el aplastamiento y exterminio de tantos pueblos y culturas, consecuencia inevitable de toda conquista, que es por definición un acto de violencia.
Bien sabemos, empero, que en la práctica la Conquista y la primera Evangelización se dieron juntas, dada la estrecha vinculación existente por entonces, al igual que en tantas otras épocas de la historia, entre la jerarquía eclesial y el poder político.
CRITERIOS HISTÓRICOS Y PETICIÓN DE PERDÓN
"No estamos para juzgar o criticar lo que hicieron nuestros antepasados, sino para recoger hoy la antorcha de la fe, encarnarla profundamente e iluminar con ella al mundo del año 2000 y la nueva cultura que emerge con fuerza", han señalado los obispos chilenos en una carta pastoral en la que invitan a los fieles a meditar en este acontecimiento, a dar gracias a Dios por el don precioso de la fe cristiana y católica, y a cobrar renovados bríos para enfrentar los desafíos de la nueva evangelización, "tarea a la que hemos sido convocados y que se nos presenta de cara al siglo venidero".
Pero es inevitable que cuando uno reflexiona en la forma en que se llevó adelante buena parte de la antigua o primera evangelización de este continente, surja un sentimiento de culpa. Los propios redactores de la mencionada pastoral señalan que "como obispos de las diócesis de Chile, al celebrar el don de la evangelización, hacemos también una humilde petición de perdón al Señor Jesús y, por su intermedio, al Padre, por todo lo que hubo de error, de avaricia, de egoísmo, de pecado, de debilidad humana en este proceso de conquista, colonización y desarrollo hasta el día de hoy".
Cierto, raya en el absurdo pretender juzgar los acontecimientos de hace medio milenio a la luz de criterios que son todavía tan recientes, que a fines del siglo XX rigen a una fracción todavía muy minoritaria de los habitantes del planeta. Los derechos humanos, por ejemplo, representan un concepto novísimo en la historia de la humanidad, al punto que constituyen aún letra muerta para muchas sociedades y miles de millones de personas.
Sin embargo, como seguidores de Jesús podríamos apuntar que los valores esenciales del Evangelio desafían los criterios humanos de las distintas épocas. Los cristianos que han tenido el coraje de anunciarlos sin claudicaciones nunca pasarán de moda. San Francisco de Asís, por ejemplo, se adelantó a los tiempos cuando vivió su fe sin cálculos y descubrió la inextricable vinculación que existe entre el ser humano y el medio ambiente.
El análisis de los procesos simultáneos y paralelos de la Conquista y la Evangelización de América Latina comprueban fuera de toda duda que la Jerarquía de nuestra Iglesia se ha dejado llevar muchas veces por cálculos humanos, pretendiendo a menudo encubrir o legitimar estos renuncios o, al menos, estas graves limitaciones, propias de la condición humana, invocando una supuesta voluntad divina o la autoridad que el Señor Jesús le entregó.
EL REGALO DE LA FE
Dios escribe derecho con líneas torcidas, dice el refrán. Por duro que sea el juicio que merezca, desde una perspectiva no sociológica, sino cristiana, el proceso de la antigua evangelización, no podemos menos que agradecer a Dios que nos haya hecho llegar por ese intermedio el regalo de la fe.
Acertadamente, a nuestro juicio, los obispos chilenos se preguntan, con elocuencia, en la mencionada pastoral: "¿Cómo medir lo que significa la fe en el corazón del ser humano? ¿Cómo no agradecer por el don de que millones de personas mueran en paz, con serena esperanza en la vida eterna, con una oración en sus labios, uniendo su dolor y su muerte a los de Jesús en la cruz? ¿Cómo no agradecer por la infinidad de actos de amor y servicio al prójimo en escuelas, hospitales, hogares de niños y ancianos, entre tantas otras iniciativas nacidas de la fe en Jesucristo?"
Ni aun el espíritu más severamente crítico de la actuación y de lo que ha sido y es la Iglesia, o más precisamente su jerarquía, hace medio milenio o ahora, puede obnubilarnos respecto de un hecho esencial en la vida de cada uno de nosotros. Y es que a través de esa Iglesia hemos recibido la fe en el Señor Jesucristo.
Cabe, de otro lado, celebrar que la carta de nuestros obispos envuelva una mirada no sólo tolerante, sino incluso de reconocimiento, a la religiosidad de los pueblos que vivían en este continente a la llegada de Colón. "América no estaba olvidada de Dios... Vivían aquí pueblos incluso profundamente religiosos. Y Dios los amaba y guiaba con su Providencia, como a todo ser humano. Pero no habían recibido aún el conocimiento de Jesús, el hijo de Dios hecho hombre, plenitud de la revelación de Dios a los hombres. Llevar a Jesús es tarea de la Iglesia, de todos los bautizados que, según las circunstancias, lo van haciendo presente a lo largo del espacio y del tiempo, hasta que el Señor vuelva".
EN UNA HORA DE PROFUNDA CRISIS
Esta celebración de los 500 años de la llegada del Evangelio encuentra a la Iglesia de América Latina sumida en una profunda crisis. Sería lamentable que los fastos y triunfalismos de la reunión episcopal que se celebra en Santo Domingo significaran una cortina de humo para ocultar la realidad de esta crisis.
En efecto, quinientos años atrás nuestra Iglesia fue el instrumento que no obstante sus imperfecciones y fallas, utilizó el Señor para darse a conocer a los habitantes de esta región. Hoy en día, la Iglesia Católica afronta una dramática y acelerada erosión de fieles, como resultado no sólo del auge de la indiferencia religiosa, sino, principalmente, del dinamismo de las iglesias evangélicas.
Nos atrevemos a plantear que este éxodo de fieles y que el fracaso, al menos relativo, de los esfuerzos tendientes a hacer más eficaz nuestra forma de anunciar el Evangelio están estrechamente vinculados a una Iglesia que pone el acento en un moralismo estrecho, que privilegia la letra antes que el Espíritu, que desconfía de sus laicos, que acentúa el centralismo "estatista" con sede en Roma, y que profundiza en lugar de atenuar la brecha entre jerarquía y Pueblo de Dios.
ALGUNAS LECCIONES
La comprobación de la dolorosa realidad de la pérdida acelerada de fieles y el análisis de la primera o antigua evangelización llevan a algunas conclusiones que no tenemos derecho a ignorar.
A menudo los primeros misioneros menospreciaron los valores religiosos de los aborígenes e impusieron con violencia la buena noticia del Evangelio. Si no tenemos derecho a juzgar sus intenciones, sería un error grave repetir los errores que cometieron.
Con frecuencia los pronunciamientos del Papa y de la Jerarquía que trazan un retrato implacable del hombre de hoy parecen estar marcados por alguna dosis de resentimiento ante el abandono que las masas hacen de la Iglesia. Ninguna aproximación al mundo de hoy puede ignorar que en una serie de aspectos la humanidad muestra progresos éticos promisorios, en medida importante inspirados en el Evangelio. La conciencia universal que existe acerca de los derechos humanos, la preocupación por la pobreza, la censura en contra de la discriminación racial, los esfuerzos para mejorar la condición de la mujer son, entre otras, manifestaciones de un evidente avance en la conciencia moral de la humanidad. Debemos alegrarnos de tales mejoramientos, que resultan notables cuando se considera que hace apenas un par de siglos hablar siquiera de derechos humanos resultaba una utopía delirante.
Otra lección clave es que a la Iglesia no le conviene en absoluto la colusión con el poder, al estilo de la que imperaba en los tiempos de Colón. Es frecuente oír a la Jerarquía quejarse de la secularización en marcha en el mundo occidental. Pero tal vez el Papa y los obispos no se han percatado lo suficiente de que ese proceso tiene al menos la virtud de que nos aleja del peligro de acomodarnos al amparo del poder político y económico, lo que siempre entraña el grave peligro de la corrupción y de terminar "adecuando" el Evangelio a las necesidades de bendecir aventuras impulsadas por la ambición y el afán de lucro.
La primera evangelización avanzó a marchas forzadas en cuanto al incremento del número de bautizados porque en medida no despreciable los pueblos debieron convertirse por la fuerza a la nueva fe. Hoy tenemos claro que al Señor se le anuncia, se le proclama, pero no se le impone. Esta comprobación debiera llevarnos al abandono de triquiñuelas o argucias para mantener leyes o instituciones que corresponden a un mundo de cristiandad que ya no existe, si es que alguna vez de veras existió más allá de las apariencias.
EXIGENCIAS DE LA RENOVACIÓN
"La renovación de la vida interior de la Iglesia es una tarea apremiante" señalan nuestros obispos en la pastoral mencionada. Esa renovación será imposible, con lo que nuestra Iglesia se transformará en un instrumento cada vez más ineficiente para el anuncio del Evangelio, si quienes constituyen la jerarquía de la Iglesia no toman conciencia de que en esta hora de profunda crisis deben reconocer que el Señor anuncia su buena noticia a través de otras iglesias cristianas. Y de que es imperativo escuchar (¡y tomar en cuenta!) a las bases, esto es a los laicos católicos, no sólo a los que resultan gratos a los oídos episcopales, acerca de cómo anunciar y tratar de vivir el Evangelio en el mundo de hoy.
El encuentro de Santo Domingo no apunta en esa dirección, sino que parece un hito más en la materialización del proyecto restauracionista que impulsan sin tapujos ni demasiados escrúpulos los jerarcas del Vaticano. Si quienes controlan con mano férrea este encuentro episcopal logran aplastar el soplo del Espíritu, el encuentro servirá muy poco para que nuestra Iglesia afronte en mejor forma el desafío enorme que tiene por delante.
En esta hora tan difícil, en que reclamamos de la Jerarquía una actitud humilde, de reconocimiento de fallas, torpezas y pecados, y una auténtica apertura al sentir y el pensamiento de los fieles, se nos viene a la mente la historia del indígena Juan Diego, a quien le cupo el privilegio de presenciar la aparición de María, bajo la advocación de la Virgen de Guadalupe. El aborigen sostuvo deliciosos diálogos con la mismísima María, allá en el monte Tepeyac, sólo diez años después del asesinato de Moctezuma y de la conquista de Tenochtitlán, la hermosa capital azteca. María hablaba con "Juanito" o "Dieguito", y éste con su "muchachita" o "virgencita" ("¿cómo estás?, ¿has dormido bien?", ¿"cómo pasó ayer, mi Virgencita, muchachita, madre mía?").
María hubo de jugarse por entero para vencer la resistencia del pequeño Juanito a cumplir el encargo de su Muchachita, vencer su miedo a que el obispo y los otros grandes no le hicieran caso de su mensaje. "Yo no sé hablar español, y es muy lejos... Soy un indio, no soy nada, no valgo, no me respetan, soy cola, soy ala, soy un indito". Pero todos los miedos, todas las excusas, muy reales, de Dieguito obtuvieron una respuesta categórica de María: "No, tú eres el más digno de todos mis hijos, tú tienes que ir". El más digno, palabras muy propias de aquella mujer de Nazaret que se perfiló en toda su grandeza con el Magníficat y aquello de los pobres/colmados y los ricos/vacíos.
Al cumplirse 500 años desde la llegada de los primeros anunciadores del Evangelio a nuestra América Latina se hace indispensable que la Jerarquía escuche a los fieles comunes y corrientes, como en otra época fue el indio Juan Diego, vale decir a sus laicos. No se trate de que los use, sino de que tome de veras en cuenta lo que piensan y sienten, ya que también sobre ellos sopla el Espíritu.