Los costos de la desviación masoquista
La moral en boga se preocupa, casi exclusivamente, de reprimir la sexualidad, asignando una connotación oscura y pecaminosa a todo lo que tenga que ver con el cuerpo y el placer
LA ACTITUD DE SOSPECHA o franca hostilidad respecto del placer sexual ha marcado a fuego la forma en que la Iglesia Católica ha transmitido el Evangelio y sus frecuentes denuncias acerca de crisis morales.
Muchos de los que son adultos y se educaron en colegios católicos recuerdan cómo se les inculcó una moral obsesivamente preocupada del pecado sexual, como si ello fuese la esencia de la enseñanza evangélica, con descuido de otras dimensiones claves de la fe.
Esta forma de entender el Evangelio ha provocado y provoca graves daños en la personalidad y vida concreta de muchos fieles. Peor todavía, en el mundo de hoy constituye sin duda un severo y artificial obstáculo para el establecimiento de un diálogo fecundo con muchos no creyentes, que se preguntan de buena fe qué sentido tiene una moral que se preocupa, casi exclusivamente, de reprimir la sexualidad y que, en términos generales, asigna una connotación oscura y pecaminosa a todo lo que tenga que ver con el cuerpo y el placer.
En una columna editorial en el diario La Época, el socialista Alvaro Briones planteaba hace poco, a propósito de la carta pastoral de Monseñor Oviedo, que los seres humanos tienen derecho al placer, el cual es parte intrínseca de su naturaleza. No hay nada repudiable en él y, por el contrario, es digno de todo respeto aspirar a disfrutarlo en cualquiera de sus diversas expresiones. Es más, el talento humano sólo tiene sentido cuando se pone al servicio del placer en cualquiera de sus formas, agregaba el articulista. Entre las expresiones del placer naturalmente está aquella que proporciona el sexo, tan legítima como cualquier otra.
¿Hasta qué punto dicho enfoque es incompatible con el que puede sustentar un cristiano consciente de su fe? Si somos rigurosos, tal vez descubramos que la brecha es inexistente y que, después de todo, el rechazo es más por la forma de plantear las cosas que por el fondo de la propuesta.
"Líbranos, Señor, de los demonios de la búsqueda de poder, del dinero y de la sensualidad" rezaba una de las oraciones que hace algunos domingos se proponía a los fieles para el momento en que se pide perdón dentro de la celebración de la Misa. Sí, el ansia de poder ha sido y sigue siendo causa de genocidios, guerras y asesinatos, así como de traiciones, ruindades sin cuento, corrupción galopante, etc. Otro tanto puede decirse de la búsqueda frenética del dinero. Pero ¿puede ponerse al mismo nivel la búsqueda de placer?
¿Es censurable que me apresure en llegar junto a la playa para deleitarme con una puesta de sol, y que me repita el espectáculo con la mayor frecuencia posible? ¿En qué momento se transforma en pecado grave mi deseo de tomarme una bebida bien helada una tarde de verano, de gozar con un amigo de un asado apetitoso o de meterme a una cama calefaccionada por un generoso guatero una noche de invierno? ¿Es malo que almacene en compacts discs o cassettes la voz de Lucianp Pavarotti para deleitarme con sus interpretaciones operáticas? ¿Y aspirar a fondo el perfume de unas flores o de una colonia, en qué momento se erige en un atentado contra los designios de Dios para con nosotros?
Definitivamente, la actitud de la Iglesia Católica aparece marcada por una suerte de masoquismo que no cabe achacar al Evangelio y que por desgracia se yergue en un obstáculo para que muchos acepten la buena noticia que trajo el Señor al mundo.