Machismo eclesial y aborto
La mayoría de las mujeres que recurre a maniobras desesperadas para tronchar una vida en gestación tienen tanta o menos responsabilidad que el soldado que destroza a un adversario en medio de un combate
REPITIENDO UNA tradición de sus antecesores que más valdría echar al tacho de una vez porque manifiesta un penoso machismo, el Arzobispo de Santiago invitó a las mujeres encintas a recibir su bendición el primer domingo de Adviento en la Catedral Metropolitana.
La Iglesia está a favor de la familia y postula que la transmisión de la vida constituye una de las actividades más nobles que asumen los cónyuges, porque manifiesta de manera palpable el papel de co-creador que Dios ha concedido al ser humano. Al hombre y la mujer en conjunto.
Si se organiza un acto en la Catedral para celebrar la vida próxima a emerger, ¿por qué entonces llamar sólo a las madres? ¿Dónde está el respeto por los papás? ¿Es que puede haber vida sin el concurso de ambos esposos? ¿O es que se sigue pensando que el acto sexual es algo pecaminoso, siendo preciso entonces apartar a los protagonistas cuando se presentan ante el altar?
La ceremonia en la Catedral estuvo marcada por toda esa palabrería dulzona y barata tan típica del machismo, pero que emociona a tantos. Vulgaridades tipo "amor de madre abismo sin..." son recursos seguros para humedecer los ojos de los asistentes. Este es el precio, bastante barato sin duda, que los machistas (hombres y mujeres) pagan a las mujeres por descargar sobre sus hombros responsabilidades que debieran ser comunes a ambos sexos.
En efecto, las duras condenas que a menudo se escuchan contra las mujeres que abortan dejan a las pobres convencidas de que son pecadoras a las que nunca Dios va a perdonar, pero se olvidan mencionar que detrás de muchas de ellas hay un hombre irresponsable o poco solidario.
Considérese por ejemplo el meloso artículo de redacción aparecido en un diario de Santiago hace pocos días. Se trata de una criatura, en un estado de desarrollo todavía fetal, que le habla a la mujer que lo ha concebido, pero que ha decidido abortar. La criatura en formación no menciona ni una sola vez al padre. Los ruegos, y la consiguiente presión psicológica, apuntan sólo a la mujer. Ella será a la postre la única culpable.
La supuesta guagua delata la mente no sólo de un machista, sino de un ignorante. En Estados Unidos son ya frecuentes los casos de varones que recurren a los tribunales para interponer recursos de protección en un intento por salvar la vida de un hijo al que su pareja quiere abortar. La guagua de la nota periodística no lo sabía. Si se lo hubieran informado, capaz que sus ruegos se hubiesen dirigido también al papá.
El expediente de culpabilizar a la mujer es injusto, pero utilizado profusamente por la abundante fauna de moralistas reaccionarios de nuestro medio. Algunos de ellos poseen cartones de estudios avanzados en teología, pero sus apocalípticas condenas en contra de las pobres mujeres que muchas veces se ven obligadas a abortar desconocen los factores atenuantes, con lo que incurren en un error técnico elemental. En verdad, la mayoría de las mujeres que recurren a maniobras desesperadas para expulsar una vida en gestación tienen tanta o menos responsabilidad que el soldado que en medio de la batalla aprieta el gatillo y destroza a un adversario en medio de un combate.
Al convocar sólo a las madres encintas al acto de la Catedral, el Arzobispo de Santiago se ha prestado, tal vez por omisión, a una ceremonia que no promueve a la familia y que, por el contrario, acusa el sello de uno de sus peores enemigos, que es el machismo. Este supone que la gestación de la vida y la crianza de los hijos es una tarea eminentemente femenina, en circunstancias de que tanto el hombre y la mujer están llamados por Dios a construir la familia y crear un mundo mejor.
Ojalá que Monseñor Oviedo se percate de lo torpes que son algunos de sus asesores en pastoral familiar y no se preste para repetir el numerito. En el Adviento de 1991, deben ser convocadas todas las parejas que esperan un hijo, sean o no casadas, porque todo niño que una pareja aguarda es señal de la esperanza que trajo Cristo al mundo al encarnarse en este mundo nuestro.