Camino al andar
1991

Celibato sacerdotal: testimonio y desconfianza

No es aventurado afirmar que un elevado porcentaje de fieles sospechan, con mayor o menor fundamento, que numerosos sacerdotes no cumplen las exigencias del celibato.

SORPRENDE COMPROBAR la escasa resonancia que tuvo en nuestro medio el reciente Sínodo de Obispos, que se abocó al análisis del papel del sacerdote en el mundo de hoy. Incluso formadores de seminaristas, consultados por nuestro boletín, confesaron carecer de información relevante sobre la materia. Hubo clérigos que ni siquiera habían leído las notas periodísticas que llegaron desde Ciudad del Vaticano. En buena medida, tal desinterés es atribuible a que no se esperaba que sucediera nada fuera de lo programado. El propio Papa Juan Pablo II se encargó de rayar la cancha el día de la inauguración, proscribiendo en la práctica el tratamiento de ciertos temas, aparte de que, por si acaso, dispone de atribuciones para vetar resoluciones de la asamblea.

Las agencias noticiosas resumieron así las conclusiones del evento. Téngase en cuenta que éste fue el contenido de lo que llegó a los fieles interesados en saber algo, ya que fueron pocos los curas que abordaron el tema antes sus feligreses:

El Papa Juan Pablo II clausuró un sínodo de obispos que se pronunció abrumadoramente por el celibato de los sacerdotes católicos. "El celibato se nos aparece bajo una nueva luz y con nueva claridad. Se trata de una completa entrega a Dios", señaló la declaración final. "El sacerdote debe estar libre de posesiones y de una vida cómoda, de vínculos matrimoniales y familiares y del afán de determinar su vida por su propia voluntad".... El sínodo lanzó un llamado en favor del surgimiento de los nuevos apóstoles, pobres, castos y obedientes que necesita la Iglesia.

UN TEMA TABÚ

¿Quién determina lo que necesita la Iglesia? ¿Sólo obispos que difícilmente osarán a contradecir lo que sostenga el Papa? ¿A cuántos laicos se les pidió en serio su opinión para este Sínodo sobre el sacerdocio en el mundo moderno? Son preguntas complicadas que no se disipan con el fácil expediente de calificar de entrometido o insolente a quien las formula.

Sin duda, son pocos los fieles que se atreven alguna vez a hablar con sus curas acerca del celibato a que estos últimos se hallan sometidos. Pero el tema dista mucho de ser asunto de sacerdotes. Dado que muchos de éstos se sienten autorizados —en el confesionario y fuera de éste— a hurgar en la vida íntima de los laicos, a veces con escasa delicadeza y pretendiendo imponer antes que aconsejar, no sería injusto que también nosotros hiciéramos otro tanto. Pero no es por una razón subalterna que el asunto del celibato sacerdotal debiera dejar de ser tabú para los seglares.

El argumento clave es que el celibato obligatorio es mirado con sospecha no sólo por el mundo, sino también por numerosos fieles, lo que cuestiona la eficacia testimonial de un valor tan hermoso. Como si fuera poco, esta práctica, que no aparece como una exigencia de Jesús a sus apóstoles, se va constituyendo en un severo obstáculo para que los jóvenes lleguen al sacerdocio, en tanto que nuestras parroquias se van quedando sin sacerdotes y el promedio de edad de los que continúan en actividades no cesa de aumentar.

¿Qué laico responsable y maduro puede afirmar entonces que el celibato es una cuestión que sólo debe ser abordada por el clero? Diríamos que ninguno. Más todavía, dado que entre los curas existe un falso pudor en esta materia, hasta se podría afirmar que es imprescindible que seamos los laicos los que planteemos el tema y exijamos debate abierto. En efecto, cualquier sacerdote que presionara en tal sentido sería mirado con sospecha, como si estuviera tratando de solucionar su propio problema.

TRIUNFALISMO INFUNDADO

Una manera de escamotear el problema es tratando de hacer creer que ya venimos de vuelta de la violenta caída del número de sacerdotes. Señaló el Sínodo:

"No podemos olvidarnos de alabar al Señor por el número de candidatos al sacerdocio que, en los últimos trece años, ha crecido un promedio de 53% en todo el mundo. A la vez, rogamos especialmente por las Iglesias que no han gozado de este incremento".

Se trata de candidatos al sacerdocio, no de ordenaciones. De otro lado, si bien puede que haya un aumento en el número de clérigos, éste se registra a partir de las bajísimas cifras a que se llegó a fines de los años setenta. Y, de otro lado, no cabe olvidar que la población sigue en rápido aumento, en alguna medida a causa de la postura oficial de la Iglesia en materia de natalidad.

En el caso chileno, hay un marcado descenso en el total de sacerdotes seculares a partir de 1968 y hasta 1984, con una cierta recuperación hacia 1986, que no alcanza, empero, las cifras registradas antes de la crisis. Lo inquietante es que otra vez vamos para abajo. Monseñor Tomás González, presidente de la Comisión Doctrinal de la Conferencia Episcopal, ha admitido que han bajado las vocaciones para el sacerdocio, atribuyéndola a que, por una parte se ha hecho una mejor selección y, por otra, los muchachos han ido encontrando otras causas para su entrega a la comunidad, como las sociales o políticas. Ha agregado que "a los jóvenes les cuesta vivir la sexualidad sana, equilibrada porque estamos viviendo un mundo muy erotizado, donde los valores del sexo se viven de una manera más bien inmediata. Muchos quisieran ser sacerdotes, empiezan con entusiasmo, pero después de cierto tiempo ya la exigencia del celibato los desanima".

Está claro para nuestros obispos, entonces, que el celibato es una exigencia que impide el acceso de muchos jóvenes al sacerdocio. Saben asimismo que el número de postulantes al sacramento del Orden está otra vez en declinación, fenómeno que se achaca al restablecimiento de la democracia, lo que significaría que si ésta se consolida, el problema de las vocaciones se agudizaría. Debieran además nuestros pastores reconocer que muchos fieles sospechan, con mayor o menor fundamento, que numerosos sacerdotes no cumplen las exigencias del celibato.

Que no se diga que esta sospecha carece de fundamento. En los últimos meses los feligreses de una importante diócesis norteamericana se vieron conmovidos por la dramática renuncia de un arzobispo negro por su involucramiento con una divorciada. Decenas de sacerdotes han dejado en los últimos 20 años su ministerio para casarse. Y un reciente instructivo del Vaticano entrega normas para controlar las tendencias homosexuales y heterosexuales de los postulantes, dando a entender que es preciso extremar los controles porque entre los ordenados se advierten problemas.

Que se nos entienda bien. El celibato libremente asumido nos parece una hermosa opción para un cristiano. En una sociedad que se ha zafado de muchos tabúes seculares, lo cual es positivo, pero que ha transformado el sexo en un dios, constituye un testimonio luminoso, siempre, claro está, que sirva para una mayor entrega a los pobres y sufrientes.

Sin embargo, cuando se lo transforma en una exigencia, con argumentos que no suenan convincentes, el celibato impide que muchos varones bien dispuestos y generosos lleguen al sacerdocio. Y para colmo, buena parte de los fieles y de los hombres de buena voluntad sospechan de la seriedad de quienes deben asumir en forma obligatoria el celibato al hacerse sacerdotes.