Camino al andar
Octubre de 1991

Delincuencia, Hasbún y bajas pasiones

“El delincuente hoy no tiene miedo, pero tiene armas; los ciudadanos honestos no tienen armas, pero tienen miedo" ha sentenciado el sacerdote, llamando en forma apenas velada a las armas a quienes no somos delincuentes

EL SACERDOTE RAÚL HASBÚN es, qué duda cabe, uno de los propagandistas políticos más poderosos de la televisión chilena. Pese a la transición a la democracia, el clérigo, conocido por su adhesión a la dictadura, ha mantenido incólume su influencia en el canal que se hace llamar católico.

De nada han servido las protestas que amplios sectores eclesiales han planteado sucesivamente a los arzobispos Silva Henríquez, Fresno y Oviedo, acerca de la escasa adhesión que Hasbún manifiesta en sus comentarios a las posturas oficiales de la Iglesia. Así, numerosos sacerdotes y fieles consideran que el término de la transición a la democracia deberá estar marcado por el retiro no sólo del general Pinochet, sino también del sacerdote Hasbún, el primero de la Comandancia del Ejército, el otro de las pantallas del Canal 13.

"El delincuente de hoy no tiene miedo, pero tiene armas; los ciudadanos honestos no tienen armas, pero tienen miedo" ha sentenciado Hasbún en uno de sus comentarios, llamando en forma apenas velada a los que no somos delincuentes a que nos armemos. Pero hay indicios de que sus consejos son bastante desatinados.

ARMAMENTISMO INÚTIL

Ilustrativo es el caso del joven ladrón Daniel Gaete Pérez, quien debe estar todavía quejándose de su mala suerte. Al saltar la reja del jardín de una vivienda que se encontraba sin moradores, en una calle de Vitacura, tropezó con un furgón de Carabineros que patrullaba esa madrugada el sector. Los policías descubrieron que aparte de una cámara filmadora y joyas, el muchacho se llevaba un rifle Winchester, calibre 22; una pistola de 9 milímetros con dos cargadores; y una pistola de aire comprimido.

Los habitantes de la vivienda, alarmados por la escalada de actos delictivos, habían tomado sus precauciones, siguiendo probablemente el consejo de Hasbún. Pero sólo una casualidad impidió que el armamento que habían acumulado fuese a engrosar el arsenal de que disponen los delincuentes.

¿Un caso aislado? En absoluto, a juzgar por el explosivo aumento de las ventas de armas personales que se ha registrado en el último tiempo. Numerosas familias de los sectores residenciales de Santiago y de otras ciudades grandes del país están incrementando su poder de fuego.

Los expertos dicen que la fórmula no es muy efectiva. Los delincuentes actúan por sorpresa, lo que les confiere ventaja sobre sus víctimas. De otro lado, un arma en manos inexpertas puede matar al que la opera o a personas inocentes. Para que los miles de armas que hay en las viviendas de los sectores residenciales pudieran ser de veras útiles en caso de un atentado contra la vida o la propiedad de sus moradores, se requeriría que todos ellos se sometieran a constante entrenamiento en prácticas de tiro.

LA EXPERIENCIA NORTEAMERICANA

La experiencia de los Estados Unidos es aleccionadora en cuanto a la irresponsabilidad de los planteamientos de Hasbún. Allí no existen los trámites a los que supuestamente deben sujetarse los chilenos que quieran poseer y portar un arma. Usted puede elegir en catálogos a todo color el arma que le interesa y encargarla por correspondencia. Pero parece que el sistema no funciona.

El FBI ha informado que en 1990 fueron asesinados más de 23 mil estadounidenses, esto es uno de cada 10 mil habitantes de esa gran potencia. Más de un millón de personas sufrieron asaltos, 640 mil denunciaron haber sido objeto de robos y unas 100 mil mujeres se atrevieron a iniciar los vejatorios trámites tendientes a castigar a sus violadores.

Las condenas a muerte menudean en el país del Norte y se ejecuta sin asco incluso a deficientes mentales, pero ellas han sido incapaces de frenar la criminalidad. Mientras algunos consideran ahora que es preciso transmitir las ejecuciones por televisión, a fin de lograr un verdadero escarmiento, políticos y dirigentes religiosos comienzan a plantearse incómodas preguntas acerca de la verdadera causa del auge delincuencial.

De acuerdo con estimaciones de la Casa Blanca, una de cada siete familias norteamericanas vive en la pobreza. La tasa de mortalidad infantil es calificada como "obscena" para un país como Estados Unidos y reveladora de profundas desigualdades raciales, como que la que afecta a los niños negros duplica la correspondiente a los blancos.

EL CALDO DE CULTIVO

La causa principal del auge de los delitos, allá y acá, estriba en la pobreza y la creciente agudización de las desigualdades. Si el número de asaltos y robos en Santiago es mucho mayor que el promedio del país no es sólo por su enorme concentración poblacional, sino porque en la gran urbe la incidencia de la pobreza es bastante superior a la de Chile en su conjunto.

"A las doce del día, la calle Jorge Canning, en el corazón mismo de La Legua, es una especie de paseo Ahumada, con miles de personas sin hacer absolutamente nada" apunta un reportaje periodístico. En su abrumadora mayoría, los que deambulan por la calle principal de esa población, a la altura del 3500 de Santa Rosa, son jóvenes que no estudian ni trabajan. Muchos de ellos completaron ya la educación media, pero en los liceos de la comuna de San Joaquín o sus alrededores la enseñanza es de tan mala calidad que, al cabo de 12 años de clases, los egresados del sistema educacional no saben hacer nada de nada, ni siquiera leer y escribir medianamente. Para estos jóvenes, las posibilidades de seguir estudios superiores son ínfimas: aun cuando lograran un puntaje aceptable en la Prueba de Aptitud Académica, no tendrían cómo pagar los aranceles que cobran los planteles universitarios.

Con tan exiguo grado de calificación, las posibilidades de encontrar empleo en una empresa establecida son bajas, al punto de que muchos jóvenes ni siquiera lo intentan. Ser joven y provenir de una población conflictiva son datos que los empleadores no valoran positivamente a la hora de decidir contrataciones.

Estos muchachos sufren además de otra grave carencia. No tienen papá, es decir no cuentan con una familia, ya que ésta no se constituye sólo con la madre. A menudo se tiende a caracterizar o describir la pobreza en términos, únicamente, de variables económicas o materiales, como nivel de ingreso por persona, cantidad de calorías que se ingiere al día, disponibilidad de servicios básicos en la vivienda que se habita, etc. Pero la deprivación de la familia es también una de las manifestaciones más dolorosas de la pobreza porque se traduce en falta de afecto y en una vulnerabilidad extrema del joven a los estímulos y presiones de un medio en el que se promueven hasta el frenesí el consumismo y el erotismo malsano. Los canales de TV se llevan las palmas, no obstante, los códigos de autorregulación que han suscrito y el apellido de católicos que algunos tienen.

EXPLOTACIÓN DE BAJAS PASIONES

Los actos delictivos dan miedo. Uno siente amenazada la vida y la integridad física propia y de las personas a las que más quiere. Pero el miedo se encuentra entre las bajas pasiones del ser humano. Aunque resulte difícil, los cristianos tenemos que esforzarnos por resistir la tentación de este grave pecado y evitar que ellas me contaminen nuestros pensamientos y decisiones.

Determinados sectores del espectro político, de los cuales Hasbún siempre ha sido un caracterizado vocero, se han dedicado durante el último tiempo a explotar ese miedo y a proponer medidas que sirven a sus particulares concepciones ideológicas, pero que a la postre resultarán estériles o son incompatibles con la vigencia de la democracia, como la represión y los allanamientos masivos a poblaciones.

Junto al incremento de la dotación policial, diezmada durante la dictadura, es preciso, sin duda, que los civiles adopten medidas de resguardo atinadas. Pero todas estas acciones se revelarán como meros sucedáneos si no van acompañadas de un esfuerzo de la sociedad por reducir la pobreza y ofrecer mayores oportunidades a los jóvenes.

Para muchos católicos es, por lo tanto, perturbador que un sacerdote aproveche la influencia de que dispone en un canal televisivo "católico" para explotar, en favor de sus preferencias políticas antidemocráticas, las bajas pasiones de ciertos sectores ciudadanos ante el auge de la delincuencia.