Crisis moral: los riesgos de una denuncia
Si tantos están sumidos en las drogas, el desenfreno sexual y el materialismo es porque hay mucho vacío interior, una inseguridad enorme, un tremendo miedo a la soledad, al dolor, por lo que en vez de condenar, debemos primero amar.
EL ARZOBISPO DE Santiago, Carlos Oviedo, es un pastor modesto y afectuoso que se prodiga por entero al servicio de la grey que el Señor le ha confiado y que ha mostrado un claro compromiso con los pobres y los que sufren. Tiene adicionalmente la virtud, cada vez más valiosa al interior de la Jerarquía, de ser un hombre abierto al diálogo.
Pero, claro, su lealtad a Juan Pablo II, cuya orientación conservadora en materias morales se torna cada vez más evidente a medida que envejece, y sobre todo, las características de su formación y experiencia personales explican que la reciente pastoral "Moral, juventud y sociedad permisiva", del Arzobispo de Santiago, presente muchos flancos para la crítica.
Esas limitaciones entrañan además el riesgo de agudizar el divorcio entre fieles y Jerarquía y, peor todavía, entre Iglesia y el mundo, entendido éste no como sinónimo del demonio, sino como la masa de personas a la que debemos anunciar la gran noticia de que el Señor nos quiere y es nuestro Padre.
Las páginas que siguen, de un indisimulado tono crítico a la controvertida pastoral en que Monseñor Oviedo ha denunciado la existencia de una crisis moral en Chile, no deben interpretarse como un ataque a su persona. Representan ellas, más bien, el ejercicio de la libertad de opinión dentro de la Iglesia, derecho que se funda, claro, en una concepción que visualiza a ésta no como un regimiento, sino como Pueblo de Dios, del que todos formamos parte y al que estamos llamados a aportar de manera responsable.
Por supuesto, estamos abiertos a la crítica y al debate. Sólo nos interesa promover el diálogo.
¿TINTAS DEMASIADO CARGADAS?
El panorama del estado moral de la sociedad chilena, esbozado por el Arzobispo es, sin perjuicio del optimismo que manifiesta en el capítulo final, francamente inquietante. Pese a ser él un historiador, traza un diagnóstico carente de perspectiva para concluir que en Chile vivimos una situación de "creciente inmoralidad". Admite eso sí que se trata de un proceso que tiene ya tiempo entre nosotros, el cual abarca todos los ámbitos, sectores y actividades, a creyentes y no creyentes, encaminándonos de manera acelerada hacia una "sociedad permisiva".
Oviedo no alude únicamente a la permisividad sexual. Su enfoque es harto más amplio, toda vez que su denuncia acerca del erotismo malsano y deshonesto, es complementada por críticas a la práctica de la usura y a la ganancia ilegítima, la deshonestidad en la administración de los negocios, el comercio de la droga, el consumismo exagerado y ostentoso, la creciente desigualdad económica y social, y el auge de la delincuencia.
Todo ello configuraría la emergencia de una "constelación unitaria de decadencia moral". Esta situación no sólo pone en peligro la salvación individual, sino, "la subsistencia de la sociedad y del bien común, que es su fin".
Pese a que su diagnóstico alude a un problema global, el título del documento y el hecho de que el grueso del mismo se refiera a las costumbres sexuales hacían inevitable que la atención de los medios de comunicación y la sociedad se centrara en estos temas. El inconveniente es que ello acentúa la errónea idea de que la moral católica tiene que ver exclusiva o al menos principalmente con el sexo.
EL DERECHO DE LA IGLESIA A HABLAR ...
Habría que partir diciendo con absoluta claridad que la Iglesia tiene derecho a iluminar con su palabra todos los aspectos de la existencia humana, personal y social si es cabe hacer esta diferencia, y material y espiritual, dicotomía que sabemos que es absurda, pero que algunos siguen sosteniendo y que vale la pena mencionar aquí para no dejar lugar a dudas. Y tiene derecho de hablar no sólo a sus fieles, sino al país en su conjunto y al mundo, ya que la Iglesia está llamada a ser servidora de todos los hombres.
Nada de lo humano puede resultarnos ajeno, pues por algo creemos en un Dios que amó tanto al hombre que le regaló nada menos que a su propio Hijo, el cual se encarnó en este mundo y asumió todo lo nuestro, con excepción del egoísmo, que eso es, a fin de cuentas, el pecado.
Nuestros pastores han hablado muchas veces en el último cuarto de siglo para abordar una serie de temáticas de carácter social, político, de costumbres, moral sexual, etc Podría decirse que en términos generales han cumplido su obligación de anunciar, orientar y denunciar. Otra cosa es que influyentes sectores de la sociedad chilena no sólo no los hayan querido escuchar o rebatir, sino que, peor todavía, los hayan silenciado. Eso es lo que sucedió en varias oportunidades bajo el anterior régimen y sólo cabe lamentar que los pastores no hayan tenido la suficiente valentía para denunciar con mayor fuerza la censura que se les impuso, incluso en el llamado canal católico de televisión.
Nos parece que, salvo contadas excepciones, los planteamientos de Monseñor Oviedo han sido escuchados. Se diría que ningún representante de algún sector significativo de la sociedad chilena ha criticado el hecho de que el pastor de la Iglesia de Santiago haya abordado en forma pública la temática de la permisividad de las costumbres y la crisis moral.
En tal sentido, las reacciones de dos senadores católicos, Máximo Pacheco y Humberto Palza, resultan excesivas. Pacheco denunció que "los mismos sectores sociales que reconocían el derecho de la Iglesia a intervenir en defensa de los derechos humanos y hasta consideraban que era su obligación moral hacerlo, ahora quieren cuestionar este derecho bajo el pretexto de que nos encontramos en un régimen democrático".
No sabemos de nadie que haya incurrido en semejante desatino. Palza, por su lado, advirtió que, si se quiere que exista diálogo en la sociedad chilena, "la Iglesia no puede ser chantajeada a pretexto de que la verdad que enseña debe decirse sólo en el ámbito del templo y sólo para los suyos". Agregó que si hace unos años se aplaudió el que la Iglesia fuera la voz de los sin voz, "hoy parece que algunos desean que ella hable sólo con el susurro de un fantasma del pasado".
Pero reconocer el derecho que le asiste a la Iglesia, y más exactamente, a sus pastores, no puede confundirse con la obligación de todos a aceptar lo que dice (n), menos aún en una sociedad democrática y pluralista.
LA CONVENIENCIA DE ESCUCHAR
El derecho a hablar va de la mano con la obligación de aprender a escuchar. Y aquí nuestra Iglesia tiene una enorme deuda pendiente no sólo con el mundo al que debe amar y servir, sino incluso con sus propios fieles. La carta de Oviedo parece haber incurrido en la misma falla, lo que explica en buena medida sus insuficiencias, debilidades y limitaciones.
Hasta el advenimiento de la democracia en el mundo, se pensaba que los monarcas recibían el poder directamente de Dios. Por desgracia, todavía el grueso de los integrantes de la jerarquía católica, empezando por el propio Papa 0000Juan Pablo, parecen clavados en este aspecto en dicho pasado remoto.
Cierto, los pastores tienen la autoridad, pero no como la concibe el mundo, sino como una forma de servicio, según lo explicó y vivió Jesús. De otro lado, rara vez el Señor actúa en forma directa. Por algo se encarnó, de modo que por lo común nos habla a través de los acontecimientos y las personas. Ello nos obliga a todos, dentro de la Iglesia, a una revisión constante de costumbres e ideas que a lo mejor pensábamos que eran de origen divino, pero que el tiempo y la honestidad interior pueden llevarnos a descubrir que no son más que condicionamientos históricos, sesgos personales, errores científicos o hasta mañas.
Sí, da la impresión de que en la sociedad chilena hay un auge de los quiebres matrimoniales, de los embarazos adolescentes, del consumo de drogas, de las relaciones sexuales fuera o antes del matrimonio, del aborto. Pero cabe preguntarse si es realmente así, y en qué medida, o es que ahora estas realidades se plantean en forma más abierta.
Antes de hablar, ¿por qué no escuchar y hacerlo con el corazón bien dispuesto? Escuchar primero a los laicos dentro de la Iglesia, y no sólo a los que se presentan como los impecables, los que caen simpáticos, los que constituyen matrimonios modelos, los exitosos, los que van a decir lo que el obispo quiere escuchar.
Hay que abrirse a las opiniones y experiencias de todos los integrantes de la comunidad de creyentes que tengan algo que decir, lo que supone, de partida, promover un clima de confianza para que cada uno pueda decir en voz alta lo que sólo piensa para sus adentros o plantea en círculos de absoluta confianza.
En rigor, habría que iniciar este ejercicio con los propios sacerdotes, ya que tantos de ellos no encuentran dónde entregar una opinión discrepante, sin el temor de que ello les signifique caer en desgracia.
Un destacado dirigente juvenil católico señalaba a propósito de la mencionada deficiencia de la carta pastoral de Monseñor Oviedo: "Los jóvenes, ante de ser juzgados, quieren ser oídos; antes de ser sentenciados por sus 'inmoralidades', se quieren sentir acogidos, sobre todo por la Iglesia".
El Partido Demócrata Cristiano —con el cual, para los suspicaces, no tenemos ni el menor contacto— ha dado un notable ejemplo a la jerarquía católica. Durante la reciente celebración de su congreso ideológico, se dio tiempo para escuchar las opiniones que tenían acerca de esta colectividad una serie de personeros de otras tiendas políticas. Estos fueron acogidos con respeto y hasta ovacionados, pese a que en general fueron bastante críticos.
¿Cuándo haremos otro tanto en nuestra Iglesia? ¿Se espantaría el Espíritu? Ni tanto, puesto que Él sopla por doquier, no sólo dentro de su Iglesia. Creer lo contrario sería suponer que tiene sus alas demasiado cortas y el vuelo más de gallinazo que de paloma.
Claro, no tiene demasiado sentido, argumentará alguien por ahí, tratar de hacer esto cuando Roma está empeñada en imponer urbi et orbi un estilo autoritario de ejercer dentro de la Iglesia el ministerio episcopal. Pero no hay por qué inclinarse ante las tendencias nefastas, aparte de que, según lo comprueban tantas experiencias históricas recientes, los procesos transformadores comienzan a menudo de manera muy modesta y localizada.
Si el arzobispo de Santiago no tiene como meta de su servicio pastoral ganarse un capelo cardenalicio, podría muy bien empezar a atreverse a escuchar a sus laicos y a los hombres de buena voluntad, con lo que prestaría así un gran servicio a la Iglesia universal.
RECONOCER LAS CAÍDAS
Para que la voz de la Iglesia gane credibilidad ante el mundo, es indispensable que sus pastores reconozcan que muchas veces se han caído estrepitosamente en sus enseñanzas porque han sido más fieles a intereses económicos y de poder que a las exigencias del Evangelio.
Los que algo saben de historia de la Iglesia están enterados de que en materias morales y de ética política, para no hablar de pronunciamientos en cuestiones científicas, hay textos oficiales que llega a dar vergüenza leer. Y que no se diga que era otra la mentalidad de la época en que fueron emitidos, porque en cada ocasión se invocó el nombre de Dios o de su Evangelio para fundamentarlos o imponerlos.
¡Qué diablos!, la Iglesia es una sociedad de pecadores cuya única gracia es que la formó Jesús y que cuenta con la promesa de su acompañamiento, lo que, claro está, no lo hace a El responsable de los renuncios y fallas de sus integrantes, incluidas sus autoridades.
Así, aceptamos durante siglos la esclavitud, discutimos si la mujer tenía alma, inventamos el despropósito de la guerra justa, vacilamos largo tiempo antes de decidir que los indígenas eran personas, apoyamos la monarquía absoluta y nos opusimos a la democracia, las emprendimos contra los derechos humanos, quemamos a los herejes, establecimos la Inquisición y hemos sido hasta hace poco bastante débiles frente al racismo, etc.
Los que nos consideramos católicos no podemos dejar de recoger, junto a la herencia de tantos santos y hombres de fe y caridad inmensas, los errores y caídas de numerosos pastores, papas y otras jerarcas a través de la historia.
En cuestiones de sexo y amor, la tranca nos persigue desde comienzos de la historia de la Iglesia. Como será que recién en los últimos años la Iglesia ha reconocido oficialmente que el objetivo fundamental del matrimonio es el desarrollo del amor entre los cónyuges. Quienes andamos por arriba de los 40 años recibimos en los colegios católicos una educación traumatizante en materias sexuales, obsesionada por el pecado y el infierno.
Tenemos que pedir perdón por no haber reconocido en el sexo un regalo de Dios. Y por haberlo llenado de prohibiciones y tabúes negativos y transformado las faltas de este tipo en los pecados más graves del confesionario.
¿No es curioso que, según el propio Jesús, en el día del Juicio Final no se nos vaya a formular pregunta alguna relacionada con nuestra conducta explícitamente sexual? ¿No es sintomático que la parábola del Buen Samaritano carezca de todo elemento susceptible de ser vinculado al erotismo malsano?
EL PELIGRO DE SER DESUBICADOS
Olvidándonos de que la letra en sí misma mata, en materias sexuales a la Iglesia le ha encantado andar, como los fariseos, preocupada de la norma que prohíbe y amenaza, en lugar de destacar la meta a que nos llama el Señor, invitación que El hace no para fregarnos, sino para que seamos felices. "Yo he venido para que ustedes tengan vida, y vida en abundancia", proclama Jesús.
Tal vez en otras épocas fue adecuado esto de la moral del centímetro. En la actual, tiende a ser ridícula. ¿Se acuerdan de que hace un cuarto de siglo, a un varón tan santo como despistado, obispo de Valparaíso, a quien Dios tenga ahora en su Reino, se le ocurrió prohibir el bikini, bajo amenaza de excomunión? Es preciso aclarar, empero, que la prohibición corría para el uso de esa prenda en las playas públicas, no en la intimidad. He aquí un ejemplo de los extremos a que se puede llegar con este tipo de moral.
Cuentan los ancianos que allá por el año 20, en los tiempos del León de Tarapacá, la plaza Brasil era el centro más "taquillero" de la capital. Los jóvenes, separados por sexos, se paseaban por las avenidas, los varones por la derecha y las mujeres por la izquierda, observados por las chaperonas, en tanto que los niños jugaban en el centro de la plaza. ¿Era esa época más "moral" que la nuestra? Claro, un elevado porcentaje de niñas de la sociedad llegaban vírgenes al matrimonio y la obtención de orgasmo era considerada no un regalo de Dios, sino un exceso propio sólo de las rameras. Las relaciones prematrimoniales eran en apariencia escasas, aunque los niños huachos hacían nata. Por lo demás, era hasta bien visto que los varones jóvenes concurrieran a prostíbulos. ¿Era eso mejor que la permisividad actual, en función de la cual muchas parejas de pololos mantienen relaciones sexuales, pero el recurso de los jóvenes a los servicios de las prostitutas es bastante inferior al del pasado?
¿Es más moral la sociedad iraní, reino, como tantos países musulmanes, de la intolerancia y el fanatismo, y en la que no sólo está prohibido el bikini, sino incluso el traje de baño de una pieza? En Irán construyen muros en las playas para separar a las mujeres de los hombres, mientras que, en las que carecen de estos tabiques, las mujeres, tapadas de pies a cabeza, no pueden sacarse ni los panties (¿usarán?) para entrar en el agua. "Hermana, conserva tu velo; hermano, protege tu mirada", advierte un cartel en la playa para mujeres de Dehkadeh Saheli, provincia de Guilan, una de las 29 existentes al borde del Mar Caspio. Un largo muro de 100 metros corta la playa y se interna en el mar para separar a los hombres de las mujeres. Los días de baño permitido, se instalan cortinas suplementarias para tapar algunos centímetros de espacio libre entre cada trozo de muro con el fin impedir que, a través del tabique, los hombres y las mujeres puedan verse. Algunos "principios" islámicos son enunciados en pancartas destinadas a las mujeres. Por ejemplo: "Sacarse el velo es la peor esclavitud mental para una mujer".
AÑORANZAS INFUNDADAS
Felizmente no estamos en Irán ni bajo la monarquía absoluta y corrompida de algunos de esos príncipes sauditas que en nombre de la democracia lucharon contra Irak.
De otro lado, muchos laicos y sacerdotes van comprendiendo que la Iglesia, antes de que una liga defensora de las buenas costumbres, Cuando se denuncia una crisis moral se está partiendo de la falsa idea de que hubo un tiempo cercano que era ideal, en el que toda la gente era creyente y practicante, en el que todos se comportaban de acuerdo a las enseñanzas evangélicas, situación que se habría deteriorado en breve plazo.
Las buenas peras. Eso no es cierto ni en el terreno sexual ni en el de la convivencia. La explotación en el campo en Chile era inmisericorde hasta hace apenas algunas décadas, y a comienzos de siglo los abusos en las salitreras y en las minas de carbón clamaban al cielo. Cien años atrás, miles y miles de chilenos se mataban sin compasión, dejando la guerra civil la friolera de diez mil cadáveres, con su secuela inevitable de odios.
Y si uno quiere irse más atrás en la historia, puede tropezarse con la tremenda crisis moral que vivió la Iglesia Católica, con papas y cardenales incluidos. El Decamerón y La Celestina, escritos en plena Edad Media, una época supuestamente cristiana, no dan cuenta precisamente de sociedades muy angelicales.
A menos que seamos obsesos sexuales, habrá que convenir, de otro lado, que Chile cayó en una profunda crisis moral ya hacia fines de los sesenta, cuando nos empezamos a tratar como enemigos, procurando eliminarnos físicamente y a creer que era posible construir el Paraíso en la tierra. Esa crisis llegó al extremo bajo la dictadura militar, cuando miles de personas, como bien lo sabe la Iglesia, fueron víctimas de atroces violaciones en contra de sus derechos básicos, en medio de la apatía de la gran masa.
La situación actual exhibe muchos defectos, sin duda, pero en términos globales una sociedad en que se respetan los derechos fundamentales de todas las personas y en que hay preocupación por los más débiles y pobres es moralmente muy superior a la que prevalecía hasta hace poco. Y en ese proceso tan meritorio le ha cabido a la Iglesia y a los cristianos un rol protagónico, con la ayuda por cierto del Señor de la historia.
Para no caer en desubicaciones como la excomunión a las mujeres que a mediados de la década de los sesenta usaban bikini, es preciso además tomar en cuenta, además, los avances de las ciencias, entre ellas la sociología. Ella nos dirá, por ejemplo, que antes la gente se casaba apenas terminada la niñez, esto es iniciaba su vida sexual a los 14 o 16 años, con lo que pasaba de inmediato a la vida adulta. Ahora existe una fase nueva en el desarrollo de los individuos, la adolescencia, que se hace cada vez más larga, lo que plantea el desafío inédito de una moral sexual para esos años que median entre el momento que el niño deja de serlo y aquel otro en que se transforma en adulto.
A menudo los pronunciamientos pastorales ignoran el aporte de las ciencias sociales. Así, se habla de la crisis del matrimonio, de nuevo como si hubiese habido una edad de oro y se olvida que antes la familia era una unidad económica, donde se sembraba la tierra y se hacían en casa el pan y los zapatos, lo que creaba un poderoso factor de estabilidad. De otro lado, el hombre o la mujer se morían a los diez o quince años de casados, él debilitado por el cólera o la viruela; ella, en su décimo parto tenido en casa. El rol de la mujer ha experimentado un cambio sideral en pocas décadas y no parece que ese proceso sea intrínsecamente perverso, lo cual no puede menos que repercutir sobre la relación hombre-mujer. Ahora, las posibilidades de vivir juntos marido y esposa llegan ya al medio siglo, lo que plantea alguna pequeña diferencia con el pasado, cosa que algunos célibes parecen no comprender.
¿EXISTE LA MORAL SEXUAL?
¿Son censurables las relaciones sexuales prematrimoniales? A lo mejor no demasiado más que muchas de las que tienen lugar dentro del matrimonio, pero en las cuales los cónyuges no se profesan respeto, cariño y acogida.
¿Es valiosa la virginidad de la mujer? Si sólo es por una tranca, por miedo o por el afán de conseguir "un buen partido", que asegure una holgada situación económica para el futuro, no tiene ningún valor.
¿Viven en pecado quienes cohabitan sin haberse casado? Puede que no, si es que se comprometen en un proceso de profundización del amor mutuo. Y de hecho, muchos lo hacen así.
Toda la ley de Jesús puede resumirse en "ama y haz lo que quieras". Las encuestas indican que una abrumadora mayoría de los jóvenes chilenos están de acuerdo con las relaciones sexuales prematrimoniales "siempre que haya amor". ¿Por qué, en lugar de insistir en prohibiciones y tabúes, no explorar esta veta? ¿Por qué no decir a los jóvenes, y a los no tan jóvenes, que el Señor los llama a purificar ese amor que dicen sentir por su pareja, a que sea para siempre y con todo, porque sólo así se alcanza la felicidad y sólo así, incluso, se alcanza el máximo placer en la cama?
Por el contrario, creemos que es pecado y disminuye a la persona y a la postre la hace infeliz el sexo que se practica sin amor. Esa es la situación que se produce cuando uno olvida que detrás del cuerpo y del rostro más o menos atractivos del compañero sexual hay una persona con su historia, sus problemas, sus anhelos y frustraciones. Es lo que sucede cuando se engaña, cuando se usa al otro sea sólo para pasar un rato placentero, sea para cazar un posible marido, o para conseguir un ascenso o para vanagloriarse delante de los amigos. El sexo es empequeñecedor y pecaminoso cuando hay mentira y cuando ello puede ocasionar una pena devastadora en otro que ha confiado en uno.
Plantear las cosas de esta forma no significa desconocer la existencia del pecado también en este terreno y, por ende, la necesidad de una ética. Pero es una ética renovada, que suena más creíble a los jóvenes y a los viejos.
NUESTROS HERMANOS CRISTIANOS
Los obispos que piensan que están comunicados mediante un teléfono con Dios, y que no necesitan ni siquiera marcar el número para comunicarse con El, suponen que lo que ellos dicen no puede ser discutido, por lo que hallarán, sin duda, inadmisible esta propuesta.
Pero ella, aparte de otras ventajas, nos permitiría acercarnos a otras iglesias cristianas, incluso católicas, pero no romanas, que en estas materias tienen planteamientos más matizados, en donde el rigor de la norma va acompañado de una buena dosis de comprensión de las debilidades humanas.
"Para tener una discusión amplia y abierta en nuestra sociedad acerca de estas materias, es necesario que cada uno esté consciente de su propia experiencia de vida al respecto, o sea de su propia parcialidad" ha señalado un eminente teólogo protestante en la interesante revista Evangelio y Sociedad. "Lamento profundamente que hasta hoy día los obispos católicos se sientan depositarios de la verdad, cerrando la posibilidad de una discusión abierta”.
A propósito de la postura frente a una eventual ley de divorcio, ese teólogo ha recordado que los obispos españoles de Navarra y Vasconia declararon en 1981: "Pretender el mantenimiento de uniones irremisiblemente rotas, desmoralizadoras para los hijos y generadoras de resentimientos insuperables e imponer una imposible convivencia a quienes ya de hecho viven separados son actitudes que no parecen humanas ni socialmente adecuadas".
El fundamento del matrimonio es el amor; sin éste, el matrimonio en el fondo no existe, señalan diversos teólogos protestantes. En consecuencia, "los cristianos no pueden basar su punto de vista en una posición legalista".
¿Tenemos derecho los católicos, o mejor dicho nuestros obispos, a pretender que disponemos en estas materias del monopolio de la interpretación cristiana? Para ser francos, nosotros creemos que no. Somos partidarios de una búsqueda humilde y en común con quienes estamos llamados a conformar algún día una sola Iglesia, que ponga fin al escándalo de tantos siglos de separación y hasta odio y persecuciones recíprocas.
REMECER A LOS DESPISTADOS
Finalmente, una forma no fariseica de exponer el significado positivo que el llamado del Señor tiene en materia de conducta sexual tendría la virtud de poner cariñosa, pero firmemente contra la pared a los despistados, algunos de los cuales se las dan de progresistas.
Ahí está el caso del senador Hernán Vodanovic, que se cree de lo más renovado como socialista porque tuvo la idea de plantear que los genitales están más allá del bien y del mal. A menos que Vodanovic se saque y se ponga sus genitales, como los lentes, cada vez que practica el sexo, es difícil entender su afirmación. Porque uno hace el amor no sólo con los genitales, sino, en especial, con la cabeza, con la imaginación, con todo el ser, y allí claro que hay cabida para el bien y el mal, hay cabida tanto para el amor, como para el egoísmo, la manipulación, la mentira, la ruindad.Lejos de ser renovado, el senador Vodanovic expone un punto de vista trasnochado, de los tiempos de Rousseau, que creía que el ser humano era bueno por naturaleza.
Están también los hedonistas, que proclaman que la ley fundamental es el placer, pasarlo bien a como dé lugar. No hay que confundirlos con los que, después de tantos siglos de represión sexual, reivindican la importancia del placer, porque en tal evento habría que comenzar enviando al infierno al propio Santo Tomás.
No, los hedonistas son los que transforman el placer en dios. En este esquema, todos los idealismos serían chocherías; y el amor al prójimo y la generosidad, debilidades mentales, lo mismo que el respeto a los más débiles y la preocupación por los pobres. Se trata de una postura que no es difícil combatir en términos intelectuales, aunque ella nos bombardea (y trata de seducir) en forma cotidiana a través de la publicidad.
Cuando la libertad se convierte en instancia autónoma y arbitraria, que decide lo que es bueno en función de intereses individualistas y egoístas, se puede caer en las peores aberraciones, que van desde la manipulación genética al aprovechamiento de fetos para la elaboración de cosméticos, pasando por la intolerancia racial y la violencia contra los inmigrantes. La búsqueda afanosa del placer fácil deja a muchos traumatizados y los insta a buscar refugio en la drogadicción, el alcoholismo o la violencia. ¿Habrá algún progresista que se niegue a reconocer adónde conduce la búsqueda del placer a toda costa?
OBLIGACIÓN DE ACEPTAR LAS CRÍTICAS
El derecho de la Iglesia a hablar de estas y otras materias, ojalá con sapiencia y amor, y nunca dejando la sensación de que condena al mundo que está llamada a servir, tiene que ir de la mano, en una sociedad democrática y pluralista, de la aceptación leal de las críticas.
Exige asimismo defender en debates abiertos los puntos de vista propios. Es decir, no se trata de emitir una pastoral y después declararse dolido ante las críticas. Hay que imitar a San Pablo, que cuando llegó donde los atenienses, que se expuso a preguntas complicadas y se mostró dispuesto a dialogar y debatir.
Así, el llamado del Señor llegará a millones que no concurren al templo ni tienen posibilidades de leer documentos profundos. Puede parecer riesgoso, pero las reglas del juego de una sociedad democrática ofrecen también posibilidades.
El arzobispo de La Serena acaba de aprovecharlas. Los muchachos socialistas de la IV Región están empeñados en una campaña de difusión del uso de condones. En una carta abierta a los adherentes a ese partido los invitó (ojo, no los condenó, no rasgó vestiduras, los invitó) a reflexionar acerca del amor, la sexualidad, la transmisión de la vida y el respeto a ésta, como "temas profundos, nobles, que tocan lo más íntimo y sensible del ser humano", por lo que no deben "ser tratados vulgarmente o reducidos a slogan simplistas". Finalmente, les expuso que "Chile necesita que sus jóvenes sean capaces de asumir desafíos morales y profundos, tanto en el orden personal como en los ámbitos familiar, social y político. Las necesidades que tiene el país son muy grandes. Sólo quienes se impongan a sí mismos grandes desafíos y metas en el orden espiritual y moral podrán superar las tentaciones del consumismo, del pragmatismo y de la eficacia, de modo de vivir con sentido humano y aportar algo positivo a la sociedad".
NO POR LA FUERZA
Para ser creíbles, además, no podemos pretender imponer por la fuerza nuestras creencias o principios a los que no son católicos, aparte de que entre nosotros mismos hay discrepancias no sólo de matices en estas materias.
El Señor no toma ningún alma por asalto. Es, por el contrario, extraordinariamente respetuoso. Jesús no trata de inmoral a la samaritana que había tenido siete maridos. Dialoga con ella con respeto. El Señor llama, se hace el encontradizo, vuelve a llamar, habla más fuerte en la enfermedad y el dolor, pero no para burlarse del afectado sino para manifestarle más que nunca su cariño, espera y nunca deja de amar.
Imponer por la fuerza no es cristiano ni democrático. Si de acuerdo con una encuesta seria el 73% de los chilenos estima que debe existir una ley que autorice el divorcio en algunos casos y el 70% considera que debiera permitírselo cuando ambos cónyuges lo solicitan de común acuerdo, no es ninguna gracia que la Iglesia, usando su poder de veto o alguna suerte de chantaje moral, impida un debate a fondo sobre la materia y las decisiones que la ciudadanía determine.
La evangelización de la cultura no se hace con triquiñuelas legalistas, sino con el anuncio respetuoso de la palabra del Señor, quien concede a cada cual la libertad de aceptarlo y se toma todo el tiempo del mundo para esperarlo.
HIPOCRESÍA DESATADA
"En el contenido, ni el más suspicaz podría encontrar en sus páginas rastro alguno de cualquier ideología o de perspectiva política" apuntó un sacerdote en un comentario de prensa acerca del contenido de la carta pastoral de Monseñor Oviedo. Eso es cierto, sin perjuicio de que la falta de perspectiva histórica aparezca como un cuestionamiento del estado de la Moral, con mayúsculas, durante la fase de transición a la democracia.
Tal vez ello ha contribuido a que algunos sectores derechistas utilicen la pastoral de Oviedo para desatar una borrachera de beaterío y gazmoñería. Esta se ha complementado con una caza de brujas, según lo comprueba el episodio de la agenda para la mujer, a propósito del cual el obispo castrense protagonizó una de sus escasas irrupciones en público, las que tienen la característica de ser todas desafortunadas, como si estuviera atornillando al revés para dejar de manifiesto que lo mejor que se puede hacer en el futuro es liquidar ese cargo.
La hipocresía de los moralistas es asombrosa. Un destacado hombre de prensa, muy católico y derechista él, escribió en la revista que dirige:
Hay corrientes políticas que tienden a confundir la modernidad con la aceptación de 'nuevas realidades' por ser ellas simplemente de ordinaria ocurrencia. Lo que las valida, pues, como conductas es que sean muchos los que en ellas incurren. Es en este aspecto donde se producirá la mayor diferencia entre aquellos que hasta ayer se enfrentaban irreconciliablemente, oponiendo dos sociedades contrapuestas: la capitalista y la socialista. Los partidarios de esta última han reconocido su fracaso, fundamentalmente económico, pero ello no los ha hecho cambiar su perspectiva en los temas valóricos. Es así como promueven el divorcio, el aborto y la liberalidad sexual (pero, como existe el SIDA, piden que se repartan gratuitamente preservativos). Es esta una confrontación que sigue vigente y que en Chile se manifiesta en estos días en un debate que cobra intensidad.
Pues bien, este mismo caballero apareció al otro día en las páginas de Vida Social de El Mercurio, muerto de la risa en un evento del jet set organizado por una revista (Vanidades) que hace honor a su nombre. La nota respectiva destacaba que los invitados pudieron disfrutar de una exquisita comida y, luego, de un show en el que hubo, entre otros, concursos de piernas y de escote, "con la activa participación de muchas de las damas presentes, competencias que hicieron reír incluso a los más serios". No hay indicios de que el hombre de prensa católico y derechista haya abandonado el acto, pese a que éste era representativo, sin duda, de la permisividad denunciada por don Carlos Oviedo.
LOS PRINCIPIOS Y SU APLICACIÓN
"No matarás" enseña ya el Señor en el Antiguo Testamento. Y Jesús advirtió a sus apóstoles que querían defenderlo cuando lo fueron a prender, que "el que a hierro mata, a hierro muere". Sin embargo, a lo largo de los siglos hemos sido ultra acomodaticios en esta materia, distinguiendo entre los principios y su aplicación práctica en la sociedad. Así, terminamos bendiciendo las armas, proclamando guerras justas y llamando a matar a los infieles. Y no sólo en el pasado. Hace pocas semanas un obispo muy ortodoxo en materia de costumbres sexuales escribió un sesudo elogio a las supuestas virtudes cristianas de la vida castrense.
Aun en el evento de que las normas morales fueran tan claras e indiscutibles que pudiesen ser aplicadas con computador y de que todos en este país fuésemos fervientes católicos, no cabría imponerlas la sociedad como si se tratara de un monasterio. Difícil parece que la Iglesia haya estado alguna vez de acuerdo con la prostitución, pero durante largo tiempo la permitió como un mal menor. Ello ilustra el punto que queremos señalar.
Así, podemos creer en la castidad y en la importancia de la fidelidad conyugal, pero, en virtud del principio del mal menor, y sin perjuicio de exponer lo que creemos, no deberíamos, en presencia del auge catastrófico del SIDA, seguir bloqueando la difusión masiva, por parte de las autoridades sanitarias, del uso de condones.
FARISEÍSMO
Cuando nuestros pastores emiten documentos públicos como el de Monseñor Oviedo, deberían cuidar que su tono general y expresiones manifestaran por el mundo y por las personas que no son capaces de seguir o entender las exigencias del Evangelio la misma compasión que manifestó el Señor por los leprosos, pese a que en ese tiempo se consideraba que los aquejados por ese mal se merecían su suerte, a causa de pecados propios o de sus antepasados.
Si tantos están sumidos hoy en las drogas, en el desenfreno sexual y en el materialismo es porque hay mucho vacío interior, una inseguridad enorme, un tremendo miedo a la soledad, al dolor. En vez de condenar, debemos primero y principalmente amar.
Nuestra voz debe además ser humilde. En materia de conducta sexual, como en tantos otras, debemos tener conciencia de que a menudo decimos una cosa y hacemos otra. A lo mejor tenemos certeza absoluta de que predicamos la Palabra de Dios en la única de sus interpretaciones posibles. Pero nunca debemos hacerlo como si nosotros fuésemos todo el tiempo 100 por ciento fieles a esas enseñanzas.
Una adecuada conciencia de nuestras limitaciones nos hará evitar calificar de inmorales a quienes no profesan nuestros valores e incluso nos llevará a descubrir que a menudo los desacuerdos con ellos son harto menores que los que parece a primera vista, a menudo como reacción inicial a una actitud nuestra que tiene olor a fariseica. Es mucha la gente que, sin ser católica, cree en el valor de la fidelidad conyugal, en el uso responsable del sexo, en que la búsqueda del placer no puede ser la meta de la vida, en la dignidad de la persona, en la justicia, la paz, etc.
Interesante resulta destacar a este respecto que el Partido Socialista acaba de convenir con el presidente de la Conferencia Episcopal que una ley para solucionar los divorcios inevitables sólo puede entenderse en el marco de una política más amplia de fomento de la estabilidad de la familia. Es precisamente lo que planteó este boletín hace algunos meses. De esta forma, una colectividad que no es de inspiración cristiana adopta y hace suyo un valor profundamente evangélico.
PUENTE, NO MURO
Sí, tenemos que proclamar que el Señor nos llama a una vida más plena, también en el terreno de la sexualidad. Pero nuestra palabra, llena de afecto, en especial para los jóvenes, tiene que ir de la mano de un reconocimiento de que muchas veces nosotros mismos no hemos sido capaces de cumplirlo. Es una lástima, pero quizá no tanto, porque creemos y anunciamos a un Dios que es Padre cariñoso, que está siempre dispuesto a perdonar, a apoyarnos en un proceso de crecimiento que no termina nunca en esta vida.
Las denuncias de crisis morales en materias básicamente sexuales por parte de la Iglesia tienen el inconveniente de que tienden a ser asociadas con un Dios castigador, antes que con el Dios de los cristianos. Así, la Iglesia, más que puente para acercarse a él, se transforma en muro.
Y ése es quizás el principal de los problemas de la pastoral de Monseñor Oviedo. Conociéndole a él en persona, no cabe duda de que estuvo muy lejos de su voluntad dejar esa impresión, lo que corrobora la hipótesis de que hubo tal vez algo de precipitación en la elaboración y entrega de su pastoral.