Camino al andar
Noviembre de 1991

La reivindicación de la moral

En ausencia de un fundamento moral la democracia se transforma en despiadada lucha por el poder, en la que todo vale, en la que sólo cuenta ganar o conservar posiciones o influencias

ALGUNOS SECTORES que se consideran progresistas o renovados, ligados en especial al socialismo, han exigido vigorosamente en el último tiempo que una serie de temas que concitan gran interés público, como el divorcio, la prevención del Sida y la amenaza de las drogas, sean abordados "sin prejuicios morales".

Esta pretensión de dejar de lado la moral en el debate de problemas de enorme significado social es de un primitivismo conmovedor y quienes la postulan no merecen otra cosa que una profunda piedad. Es probable, eso sí, que la postura en comento constituya una torpe reacción a un enfoque promovido por largo tiempo por sectores católicos conservadores que degeneraron el significado de la moral, confundiéndolo con una obsesiva preocupación por el largo de las faldas, el tamaño de los trajes de baño y la representación más o menos explícita de encuentros sexuales en medios escritos, el cine o la televisión. Es factible, igualmente, que quienes han formulado dicha demanda busquen más bien que la sociedad chilena no siga escamoteando el debate abierto sobre los temas mencionados, pero en tal evento cabría deplorar que su petición la hayan hecho en términos tan equívocos.

MORAL Y DEMOCRACIA

No es necesario creer en el Señor Jesucristo para estar convencidos de que en ausencia de valores trascendentes compartidos por la gran mayoría de un país resulta imposible no sólo la consolidación de la democracia, sino la existencia misma de esa sociedad.

Muchos de los más dolorosos episodios que el país ha sufrido en décadas recientes se explican lisa y llanamente porque sus causantes creyeron que el fin justificaba los medios, es decir actuaron sin prejuicios morales en la búsqueda de lo que ellos consideraban bueno o conveniente para sí mismos y para el país. ¡Cuántos sufrimientos se habrían ahorrado si esas personas se hubiesen dejado guiar por sanos "prejuicios morales", en lugar de moverse en función de un pragmatismo político que sacrifica al ser humano a los dictados de ideologías, intereses o simples pasiones de individuos o grupos!

La vigencia de los derechos humanos se basa después de todo, y antes que nada, en una concepción moral. Eso de que cada persona, sea cual fuere su raza, condición económica o social, afiliación religiosa o pensamiento político merece un respeto absoluto, constituye un principio que no fluye de la constatación burda de la realidad ni de un mero cálculo de la correlación de fuerzas, sino de un progreso notable de la conciencia de la humanidad. Y si bien cierto, por desgracia, que falta mucho todavía, tal vez demasiado, para que esa concepción llegue de veras a materializarse a lo largo y ancho del mundo, es en todo caso positivo que esa conciencia se exprese y que haya muchos que están dispuestos a comprometerse por la vigencia de tales derechos.

También la lucha contra la pobreza encuentra su fundamento último en una concepción moral. De otra manera sería absurdo que quienes disfrutan de un buen pasar se preocuparan de la suerte de millones de seres que viven en condiciones de extrema deprivación y que carecen por sí solos de fuerza para hacerse sentir.

El escándalo desatado al difundirse en un programa televisivo una conversación telefónica privada de una destacada figura política de nuestro país ha tenido al menos la virtud de reivindicar la importancia de la ética en cuanto elemento absolutamente crucial de la consolidación y el perfeccionamiento de la democracia.

En un país puede haber elecciones periódicas, prevalecer la libertad de expresión y regir un Estado de Derecho. Pero la democracia no puede limitarse a estructuras y fórmulas institucionales. Requiere también de un alma, que sólo se la pueden dar los ciudadanos, en especial aquellos que tienen más o ejercen mayores responsabilidades, con su sujeción leal y cotidiana a ciertas normas éticas fundamentales.

Sin un fundamento moral la democracia se transforma en despiadada lucha por el poder, en la que todo vale, en la que sólo cuenta ganar o conservar posiciones o influencias. Y la ciudadanía, intuyendo que en el fondo se la utiliza para maniobras pequeñas, se torna indiferente y apática, lo que entraña un peligro de enorme gravedad para la preservación de la democracia.

CRISTIANOS Y MORAL PÚBLICA

Como consecuencia directa de nuestra fe, los cristianos intentamos ajustar nuestra conducta personal y nuestro comportamiento social y político a ciertos principios morales que fluyen del mandato del amor que nos entregó el Señor Jesucristo. Ellos poco tienen que ver con la moralina obsesivamente sexual y no nos autorizan para asumir actitudes fariseicas, de supuesta superioridad respecto de los demás. Pero sí nos sirven para tener muy claro que nunca el fin justifica los medios y que los principios éticos son fundamentales para el progreso de una sociedad.

No podemos menos que alegrarnos, en consecuencia, de que el país esté revalorizando la importancia de la moral en la vida pública. Y de comprobar que, en definitiva, esa moral está profundamente influida por las enseñanzas del Evangelio.