La Virgen María al desnudo
Aproximación no convencional a quien se invoca como ”bendita entre todas las mujeres”
APRETO LOS DIENTES y respiró hondo. Sintió que las piernas le flaqueaban y que la angustia le oprimía el corazón. "Tengo que aguantarme", se dijo para sus adentros. "Nada de desmayarme. Ahora menos que nunca". Haciendo un esfuerzo sobrehumano consiguió mantenerse en pie. Levantó entonces los ojos, llenos de ternura, hacia donde su hijo agonizaba. Lo último que Jesús vio antes de cerrar sus ojos a la muerte fue a María, firme al lado de la cruz.
Otra mujer se habría desmayado, esperando que vinieran manos amigas a auxiliarla. O se habría quedado en casa, lejos del lugar de los hechos, llorando a gritos para que los vecinos se acercaran a consolarla. María, no. Aunque todos los apóstoles y seguidores de Jesús, salvo uno, lo dejaron sólo en el momento decisivo, ella no lo abandonó. Paso a paso lo acompañó, silenciosa y digna, en medio de la multitud hasta el Calvario.
Otra mujer se habría rebelado cuando Él, hombre ya, le dijo una noche que la dejaba sola porque se iba a recorrer pueblos y caminos para anunciar a los pobres una gran noticia. "No puedes dejarme botada" habría reclamado cualquier otra. "Yo te crié y me sacrifiqué por ti. Ahora que soy viuda, no tienes derecho a abandonarme". María, no.
Jamás se le ocurrió transformarse en un obstáculo para que su hijo cumpliera su misión. Lo amaba mucho, pero no fue nunca de esas madres posesivas, dominantes, que se creen dueñas de sus hijos. Y que tarde o temprano pasan la cuenta por el amor que han entregado.
Otra mujer habría reclamado, temerosa: "Hijo, por favor, no te metas en líos ni en problemas, mira que acabarás mal. Mejor que te preocupes de tu futuro, de hacerte una situación, de casarte y darme nietos..." María, no. Porque ella nunca se encerró en su pequeño mundo de dueña de casa, sino que sin estridencias, pero sin vacilaciones, se comprometió con la paz y la justicia. Por algo, cuando era una niña recién transformada en mujer, pero ya estaba encinta, al encontrarse con su prima Isabel recitó en alta voz el Magnificat. Un himno de alabanza a Dios, que derribará de su trono a los poderosos y se pone del lado de los pobres, que llenará de bienes a los hambrientos y dejará sin nada a los ricos.
Cuando el cadáver de Jesús estaba todavía tibio, ella lo tomó entre sus brazos y con ternura infinita lo envolvió en sábanas para enterrarlo. Con las mismas manos que lo habían mudado tantas veces, que lo habían acunado para que se quedara dormido. Con las mismas manos que lavaron la ropa de José y el niño, que hicieron el pan y acarrearon el agua desde el pozo.
Se acordó entonces de todo el dolor que le había significado este hijo. Del peligro de muerte que ella afrontó cuando quedó embarazada: si José la hubiera denunciado, la habrían matado a piedrazos en la plaza pública por supuesto adulterio. De la huida de la familia al exilio para esquivar la persecución del tirano Herodes, decidido a quedarse de por vida en el poder.
Y ahora, este cadáver con huellas de tortura, destrozado. Sin embargo, hubo algo más fuerte que la pena en el corazón de esta mujer sencilla e ignorante. Su fe permaneció inconmovible. Por eso, cuando volvió a casa ese anochecer, pudo ya adivinar el milagro de la Resurrección.
En las imágenes la presentan como una gran señora, vestida a todo gusto, elegante y fina, con manos de mujer ociosa. Algunos se empeñan en llamarla Reina y en otorgarle honores que de alguna manera se asemejan a los que se brindan a una Miss Universo. Otros, agobiados por un moralismo estrecho o por traumas sexuales no superados, ponen todo el acento en su virginidad.
Pero ella fue sobre todo una mujer generosa, fuerte, sencilla, trabajadora. Servicial y discreta. Llena de esperanza aun en los momentos más duros. Con una fe y un amor a toda prueba por su hijo y por los demás.
Por eso es bendita entre todas las mujeres. A través de las generaciones.