Camino al andar
1992

Teresita de los Andes: ¿más beata que santa?

En un mundo en que tantos tendemos a transformar el éxito en un dios, la experiencia de esta joven es luminosa. Nos hace bien porque nos recuerda dónde tiene que estar el centro de nuestro quehacer y de nuestros afanes.

UNA MUCHEDUMBRE de jóvenes camina por la carretera. No importa mayormente saber si son 10 mil, 15 mil o más. Peregrinan hasta el santuario de la beata Teresa de los Andes. Rezan, cantan, conversan, hacen bromas, ensayan nuevos pololeos, se emocionan, gritan.

¡Qué ganas de sentir también a la Iglesia como un gran pueblo que camina, que no se cree dueño de la verdad, que tiene conciencia de sus fallas y pecados, que no añora el pasado sino el avance hacia esa tierra nueva y cielo nuevo, donde no habrá más dolor ni divisiones!

Esta muchedumbre de jóvenes es el mayor milagro de la Teresita. Comprueban ellos que no obstante el materialismo que difunden los medios de comunicación y la absurda pretensión de algunos en orden a que el solo progreso económico y tecnológico hará más feliz al hombre, el sentimiento religioso sigue vivo en medio de nosotros. Ojalá que la Iglesia Católica no desaproveche este capital que mantiene todavía en sus manos; que una pedagogía torpe no la lleve a perder tan valioso recurso humano. Jesús supo tener paciencia con los suyos, y amarlos, aun después de que todos ellos lo traicionaran.

Son reflexiones de un adulto que observa de lejos, entre esperanzado y temeroso por el futuro. Luego, el pensamiento vuela hacia esa niña cuyas cenizas reposan al interior del templo de Rinconada. Teresa de los Andes. ¿Santa?

Se diría que no da más que para una beatita, en la forma despectiva en que a veces la gente se refiere a quienes hacen ostentación de su práctica religiosa. ¿Qué hizo la Teresita? ¿En qué se comprometió? ¿Cuántos libros escribió, cuántas luchas libró por la paz y la justicia? ¿Cuánto predicó?

En rigor, no parece haber hecho nada digno de mención en su corta vida sobre la tierra. Allá por comienzos de siglo, los niños pasaban abruptamente a la adultez: la adolescencia prolongada es un invento demasiado reciente y que sólo tiene validez para quienes provienen de familias de los estratos medios y altos. Pues bien, apenas llegó a la adultez, Teresita decidió recluirse en un monasterio para dedicarse exclusivamente a la oración y la meditación, mientras se ganaba la vida con el trabajo de sus manos. Luego le sobrevino una grave enfermedad, que ella afrontó con la esperanza de que le permitiera llegar más pronto junto al Amado. Y se murió.

En un mundo en que tantos tendemos a transformar el éxito en un dios, a creer que todo depende de lo que hagamos y digamos, a caer en la incomunicación con nosotros mismos porque le hacemos el quite a la oración personal, la experiencia de la Teresita es luminosa. Nos hace bien porque nos recuerda dónde tiene que estar el centro de nuestro quehacer y de nuestros afanes.

No, Teresa de los Andes no es una beatita para otra época. Es una gran santa para hoy. Pero eso sólo se entiende cuando se llega a descubrir que lo esencial es invisible a los ojos. Tarea que a lo mejor tenemos pendiente.