Lo contrario del pecado no es la virtud, sino la fe
Tenemos la certeza de que algo misterioso y profundo sucedió entonces, que Jesús pasó a una vida distinta a la que había tenido hasta su muerte
NOVEDOSAMENTE DEMAGÓGICO. ASÍ nos suena el planteamiento que ha formulado el abogado José Miguel Lecaros en un reciente artículo de prensa en el que analiza los desafíos universales que encara la Iglesia Católica. El artículo es crítico de las posturas "progresistas", pero, a despecho tal vez de lo que su propio autor desearía, ofrece interesantes posibilidades para un diálogo fecundo que ayude a un reencuentro entre quienes se alinean en posiciones contrarias al interior de la Iglesia.
En estas páginas explicamos por qué.
DE NUNCA ACABAR
La derrota del comunismo en el mundo, parte señalando Lecaros, ha abierto las puertas a nuevas incógnitas y desafíos. Frente al triunfalismo liviano de quienes creen ver en estos hechos la victoria aplastante e indiscutida de la libertad, la Iglesia Católica ha actuado con saludable cautela para analizar los signos de los tiempos. El Cardenal Ratzinger ha dicho que "el fracaso del marxismo no conduce de por sí a una sociedad sana". La palabra de Jesús según la cual por cada espíritu inmundo arrojado vienen a ocupar su lugar otros siete infinitamente peores (Mt. 12, 43-45) se verifica siempre en la historia.
Bueno, no es necesario citar a Ratzinger para sostener que el colapso del socialismo marxista está lejos de asegurar el advenimiento de la justicia, la paz y la libertad en el mundo.
El hecho de que miles de millones de personas vivan en la miseria más extrema y que la supervivencia misma del planeta esté gravemente amenazada por los abusos perpetrados contra el medio ambiente comprueban fuera de toda duda que no vivimos, precisamente, en una sociedad sana.
La referencia a los demonios nos parece en exceso pesimista expuesta así en bruto, pero la entendemos como un recordatorio de la realidad permanente del pecado, que algunos progresistas tienden en forma ingenua e irresponsable a desconocer. Por cierto, no es nuestro caso. Precisamente porque no creemos en el Viejito Pascuero (y nos conocemos algo a nosotros mismos) es que estamos convencidos de la existencia del pecado.
El planteamiento de Lecaros alude luego al Sínodo sobre Europa celebrado en el Vaticano a fines de 1991. Como se sabe, el evento reunió a la jerarquía eclesiástica del Viejo Continente para hacer un diagnóstico que permitiera enfrentar con eficacia la Nueva Evangelización y tuvo una trascendencia semejante al reciente encuentro episcopal latinoamericano. Algunas conclusiones derivadas de ese Sínodo y del debate intelectual que suscitó, sostiene el articulista, resultan plenamente aplicables más allá de las fronteras de Europa y permiten mirar con renovadas esperanzas el futuro de la Iglesia. Apuntemos que él es más optimista que nosotros.
Agrega que, como era de prever, gran parte de esas nuevas orientaciones ha surgido de entre las incógnitas y sombras del poscomunismo: el materialismo práctico, la mundanización de algunas estructuras eclesiales; la desfiguración del mensaje evangélico, más centrado en la prédica de valores que en el anuncio del misterio de Cristo; el asentamiento, en fin, de una sociedad progresivamente intrascendente.
NOSTALGIAS INFUNDADAS
Este análisis deja un marcado sabor a nostalgia restauradora. Parte de la base de que hubo pasado en que prevalecía un auténtico cristianismo, época que se añora y se desearía restablecer. Es un espejismo peligroso, que a menudo oculta apetitos de poder imposibles de saciar en sociedades democráticas (con todos los vicios que éstas tienen), pero que entraña además el inconveniente de contaminar el anuncio del Evangelio, restando eficacia a dicha empresa.
¿Por qué se plantean las cosas como si el materialismo práctico fuese monopolio de nuestra época? ¿Cuando Enrique IV de Francia declara, hace varios siglos, que "París bien vale una Misa", no está reconociendo con franqueza que, más allá de rituales y pompas ceremoniales, esto es las apariencias, ciñe su conducta a los dictados del más brutal materialismo? ¿Cuánto de la Conquista e incluso de la Evangelización del Nuevo Mundo no se llevó a cabo al impulso del materialismo práctico?
La referencia a la "mundanización" de las estructuras eclesiales es de una torpeza infinita. Menos mal que la mayoría de los fieles ignora detalles escabrosos de la historia del papado durante el Renacimiento porque si los conociera, enrojecería de vergüenza. La injerencia indebida de las estructuras eclesiales en las luchas por el poder político y económico alcanzaron en ese pasado ideal que Lecaros y los conservadores tanto añoran una gravedad escandalosa.
Otro tanto puede decirse acerca de la desfiguración del mensaje evangélico. Las cruzadas pueden haber sido una empresa concebida con las mejores intenciones, pero es difícil sostener que el sanguinario exterminio de infieles en Jerusalén no haya constituido una flagrante distorsión del mandato supremo que nos dejó Jesús. Otro tanto habría que decir de las torturas y condenas a muerte decretadas por la Inquisición.
EL MILAGRO DE LA RESURRECCIÓN
La erosión interna de lo específicamente cristiano, apunta Lecaros, se estaría produciendo en la misma medida en que se olvida que el cristianismo se funda en un milagro. Sólo los milagros son la realidad, ha dicho el Cardenal Groer, y el milagro de los milagros es la Resurrección. La Iglesia no tiene otro sentido que no sea el de darnos testimonio de este milagro. Por esa razón, como trasfondo del Sínodo, ha parecido oírse la siguiente consigna: "Comenzar de nuevo desde Jesucristo, el Redemptor Hominis, el centro del cosmos y la historia".
Aunque severamente críticos de la orientación impresa por el Vaticano a la Iglesia y de muchas de las posturas y actitudes de la Jerarquía en general, nosotros, a los que seguramente cabría sindicarnos de "progresistas", no tenemos ni el menor empacho de confesar nuestra fe de carbonero en el Señor Resucitado. Entendemos que ése sí que es un elemento esencial de nuestra condición de cristianos. Es un hallazgo personal, un descubrimiento íntimo, no la conclusión a la que se arriba como fruto de un trabajo intelectual, y menos algo que se impone desde arriba, por decreto.
Claro, no creemos que aquel domingo muy de mañana Jesús volvió a la vida como de un sueño y se puso, cual anticipo de Superman, a remover la tremenda roca que tapiaba el sepulcro y a lanzar rayos infrarrojos que dejaron despaturrados a los guardias de Poncio Pilatos. Tenemos en cambio la certeza de que algo misterioso y profundo sucedió entonces, que Jesús pasó a una vida distinta a la que había tenido hasta su muerte en el Gólgota, desde la que es capaz de acompañarnos y sostenernos. Éso es lo que nos diferencia de quienes ven en Jesús un hombre histórico, digno de respeto y hasta veneración, pero que al fin y al cabo pertenece al mundo de los muertos.
Que no se confunda, pues, nuestra crítica a la jerarquía eclesial y a muchas de sus posturas, con una falta de fe en el Señor Resucitado.
Hace un par de ediciones publicamos un artículo llamado "Volver a lo esencial, clave para el éxito de la nueva Evangelización". Desde nuestra postura "progresista" coincidimos en que es preciso retornar a la esencia, única forma de superar la crisis interna que vive la Iglesia y de dejar espacio para el pluralismo y la tolerancia, claves, a su turno, para el logro de una mayor eficacia en el anuncio del Evangelio.
DEMAGOGIA
Pero volver a lo esencial exige, y en esto coincidimos plenamente con el articulista, "depurar a la Iglesia del exceso de estructuras humanas". Lecaros vuelve a citar para estos efectos al antipático de Ratzinger: "Quizá tengamos incluso que admitir que a veces la Iglesia habla hoy demasiado de sí misma, que está excesivamente preocupada de su propia estructura". Y en su reciente libro La Chiesa (La Iglesia) agrega: "Cuantos más organismos creamos, por modernos que sean, menos espacio hay para el Espíritu Santo, menos espacio hay para el Señor y menor es la libertad".
Resulta paradójico, señala por su cuenta Lecaros, que la multiplicación de las estructuras eclesiales se haya verificado en las últimas décadas bajo el impulso de corrientes progresistas que insistían en la necesidad de volver a crear una Iglesia sierva y pobre.
Bueno, la verdad es que resulta de una patudez infinita que Ratzinger se atreva a hablar contra el exceso de estructuras, en circunstancias de que bajo su pontificado --perdón, bajo el de Juan Pablo II-- se han adoptado medidas draconianas para fortalecer el poder de los autócratas de Roma sobre la Iglesia Universal, quienes parecen empeñados en que no se mueva ni una hoja sin su consentimiento.
Así, se han dado instrucciones perentorias para apretar la censura, por ejemplo, y poner trabas incluso a la libre expresión del pensamiento al interior de la Iglesia. Allí está el vergonzoso instructivo que Ratzinger promulgó hace unos meses en el que se insta a los obispos a no dejar pasar una y que los hace responsables por si se les pasa.
¿Qué autoridad moral tiene entonces Ratzinger, y el sector restauracionista que lo apoya con entusiasmo, para decir que las estructuras intraeclesiales están achicando el espacio disponible para que el Espíritu Santo se manifieste? Esta es demagogia pura o, sencillamente, desfachatez.
VUELTA A LO ESENCIAL
Volvamos a nuestro amigo Lecaros. El desafío de la Iglesia Católica radica pues, en volver a su rol misionero con un mensaje más simple, más vivo, más real, más directo en la entrega de una respuesta válida para la angustia del hombre contemporáneo que parece tenerlo todo. Un mensaje más centrado en lo esencial y depurado de estructuras innecesarias. La postura de muchos obispos de Europa ha sido de hecho ésa: volver a lo esencial. "Cuando lo esencial está claro, hay más libertad y tolerancia para aceptar las legítimas diferencias que naturalmente deben existir dentro de la religión católica".
No podemos estar más de acuerdo. Se nos viene con emoción a la memoria un hermoso canon de la Misa, que por alguna razón que no entendemos (¿lo habrá censurado Ratzinger?), ahora ya no se escucha los domingo:
Por eso, Padre de bondad, celebramos ahora el memorial de nuestra reconciliación y proclamamos la obra de tu amor. A través del sufrimiento y de la muerte en la cruz, Cristo, tu hijo, ha resucitado a la vida nueva y ha sido glorificado a tu derecha. Dirige tu mirada, Padre Santo, a esta ofrenda… Danos entrañas de misericordia ante toda miseria humana. Inspíranos el gesto y la palabra oportunos frente al hermano solo y desamparado. Ayúdanos a mostrarnos disponibles ante quien se siente explotado y deprimido. Que tu iglesia sea un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando.
OBSTÁCULOS PARA LA FE
La pregunta del millón, por cierto, es qué debe considerarse "lo esencial". El abogado Lecaros entrega una interesante pista cuando, citando al Arzobispo de Malinas-Bruselas, intenta edificar "los verdaderos enemigos actuales del cristianismo".
Estos serían, en primer lugar, la duda sobre la unicidad de Cristo; la idea de Cristo como la cabeza de una religión equivalente a otras; el temor a afirmar que Cristo es el único Salvador. En segundo lugar, la separación de la persona de Cristo respecto de los valores morales; o sea, la reducción del cristianismo a un programa de difusión de valores que, a mayor abundamiento, suelen ser objeto de una selección ideológicamente interesada. Y, por último, el teísmo, tal vez el enemigo más difícil de identificar. Es decir, Dios separado de Cristo. Ese teísmo, que representa el renacer de las viejas gnosis, según lo anunciaba años atrás Eric Voegelin, se manifiesta por un interés religioso más peligroso, desde muchos puntos de vista, que el ateísmo, pues conduce con una facilidad pasmosa al esoterismo, la new age, el narcisismo, el culto al cuerpo, las búsquedas paganas de una armonía interior. En una palabra, a nuevos ídolos.
La amenaza de que el liberacionismo fundado en categorías marxistas distorsionara el mensaje evangélico ha cambiado sólo de rostro, advierte nuestro amigo Lecaros. Hoy en día cuando nadie se toma en serio al marxismo, hasta el punto de correrse el riesgo, como lo señalara el recientemente fallecido filósofo italiano Augusto del Noce, de ser injustos con su potencia filosófica real, surgen nuevos postulados y tendencias que prometen la liberación del hombre de sus ataduras, al margen del milagro de la encarnación y redención de Cristo.
Pues bien, en nuestra calidad de católicos disidentes podemos afirmar que no tenemos ni la menor duda de que Cristo es el único Salvador.
Nos carga cuando la iglesia se presenta básicamente como una liga defensora de las buenas costumbres y de un moralismo cartuchón, en lugar de poner el acento en cristo resucitado, que es capaz de transformar por dentro y por puro amor el corazón y por cierto la conducta de las personas.
Y aunque profesamos respeto a doctrinas y creencias que desconocemos, muchas de ellas orientales, estamos convencidos de que en el estudio y la práctica de las enseñanzas evangélicas está la clave del desarrollo personal y la felicidad en este mundo y, por cierto, en el otro. No hay para qué andar buscando lejos, lo que se tiene en casa.
Los tres enemigos de la Iglesia identificados por el articulista actúan, dice éste, como una amenaza que puede resumirse en la ya aludida erosión interna de lo específicamente cristiano, el cual no consiste en la religiosidad ni en la prédica de la virtud, sino el anuncio del mensaje de la salvación, es decir, la fe. Pues no es sobre la naturaleza humana corrompida sobre la cual la Iglesia debe fundar su predicación ética -en tal caso sería una simple escuela moral o ideología-, sino sobre el anuncio de Cristo muerto y resucitado, que es su verdadero patrimonio. No se puede esperar que el abandono del pecado surja de la predicación moral, sino de la fe. Por eso San Gregorio Magno decía: "No se va de la virtud la fe". Y Kierkegaard: "en el cristianismo, lo contrario del pecado no es la virtud, sino la fe".
UN CAMINO DE ENCUENTRO
No podemos estar más de acuerdo con esta postura. Nos interpreta plenamente. Dudamos, eso sí, de que los grupos conservadores y restauracionistas crean de veras en este enfoque. Si lo tomáramos en serio, veríamos que temas como la prohibición de los métodos anticonceptivos artificiales, la infalibilidad de la curia vaticana, el autoritarismo burocrático impuesto por Roma, la ordenación de las mujeres, el celibato sacerdotal y la condición desmedrada del laicado están abiertos a la revisión porque en rigor no constituyen parte del depósito de la fe.
Ello no sólo contribuiría a mejorar el clima que se vive dentro de la Iglesia Católica y a potenciar el esfuerzo evangelizador, al restituir el entusiasmo a tantos que hoy están frustrados dentro de la comunidad de creyentes. Ayudaría también de manera decisiva al reencuentro con otras iglesias cristianas que también se esfuerzan por retornar a lo esencial de la fe, exigencia indispensable para reconstituir el rebaño único del Señor Jesús.
Por eso, planteamientos como los comentados constituyen un signo de esperanza y debieran estimular un diálogo que es urgente.