Los peligros de una Iglesia mimada
Hay que aprovechar, pero no aprovecharse, del prestigio que supo labrarse bajo la dictadura, lo que significa renunciar a la imposición de vetos al debate sobre temas candentes en la sociedad chilena
LA PROTESTA DEL obispo auxiliar de Valparaíso bastó para que el gobierno retirara ipso facto de circulación unas cartillas de información sexual que estaban siendo distribuidas a profesores de colegios y escuelas de la Quinta Región.
De otro lado, los integrantes del comité permanente del Episcopado son ahora recibidos para intercambiar puntos de vista "sin agenda previa, como conversan los amigos", por Aylwin y otras altas autoridades de Gobierno. Distantes parecen los años en que los obispos eran silenciados, vilipendiados, injuriados y hasta apedreados. A los que sufren de mala memoria habría que recordarles las violentas y ofensivas declaraciones, por las cuales más tarde se excusó, de la Ministro de Justicia Mónica Madariaga, y el recibimiento que agentes de la siniestra CNI dispensaron a varios obispos en el aeropuerto de Pudahuel a la vuelta de un viaje al exterior, para no mencionar la pretensión del General de obtener el privilegio de nombrar a los obispos, aparte de la censura televisiva impuesta sucesivamente a los cardenales Silva y Fresno.
Encabeza la transición democrática en Chile un católico prestigiado y de buen nivel intelectual, dotado además de otras relevantes condiciones humanas. Y en posiciones expectantes dentro del Gobierno hay muchos otros fieles hijos de la Iglesia. Esta goza, adicionalmente, de un formidable prestigio moral, muy por encima del que tienen los rotarios, los militares, la policía, los partidos políticos y cualquier otro grupo o institución en Chile. Así lo comprueban en forma sistemática las más diversas encuestas de opinión pública.
Hay que aprovechar, pero no aprovecharse, de ese prestigio y esta situación. Una Iglesia mimada, demasiado consciente de su prestigio y de su poder moral, puede caer en la tentación de usar ahora su influencia para impedir que la ciudadanía discuta con franqueza y con respeto para las diferentes visiones ideológicas y morales que coexisten en su seno, una serie de problemas muy agudos, como la drogadicción, la promiscuidad sexual de los jóvenes, el avance del SIDA, los embarazos de adolescentes, la pornografía, el divorcio, etc.
La Iglesia sabe que el prestigio moral de que goza en Chile no obedece a que ahora haya mayor porcentaje de católicos en el país que hace, digamos, 20 años. Todo lo contrario, porque el país no puede sustraerse a tendencias generalizadas en el mundo occidental, el porcentaje de fieles, sea cual fuere el método que se utilice para medirlo, va en constante disminución, si bien es posible que el compromiso de quienes se proclaman ahora católicos sea muy superior al de nunca antes en el pasado.
Para ser servidora de esta sociedad cada vez más secularizada y pluralista en que vivimos, la Iglesia no puede recurrir en forma indiscriminada a una suerte de derecho a veto que le confiere su prestigio moral para impedir el debate público de ciertos problemas y la forma en que el país en su conjunto decida encararlos.
Nuestros obispos tienen primero que nada que escuchar los distintos diagnósticos y propuestas; después, con firmeza, pero con respeto y sobre todo con amor para quienes piensan de otra manera o postulan otras soluciones, deben proclamar la enseñanza de la Iglesia. Pero esta no puede ser impuesta, sino proclamada para que las personas y la sociedad hagan uso del libre albedrío de que Dios nos dotó.
Imponer vetos al debate sobre temas candentes en la sociedad chilena puede erosionar rápidamente el prestigio moral de nuestra Iglesia, ya que significaría una especie de terrorismo intelectual. Por lo demás, sería torpe. El mero retiro de una cartilla con un enfoque algo mecanicista de la sexualidad no sirve para disminuir ni siquiera en un uno por ciento la incidencia de los embarazos de los adolescentes, ni el aborto, por ejemplo. Más que exponer rechazos o condenas, la Iglesia debe procurar en estos temas presentar con firmeza, pero con respeto y amor, una propuesta positiva, pedagógica y viable, capaz de concitar la adhesión no sólo de los fieles comprometidos, que son una minoría, sino de ese sector mucho más amplio que conforman las personas de buena voluntad.