Camino al andar
Abril de 1991

Guerra del Golfo: la sangre y la verdad escamoteadas

Al impedir a los periodistas informar acerca de los hechos reales del campo de batalla, los países vencedores se han inferido un daño moral inmenso

AUNQUE ALGUNOS ingenuos creyeron que el mundo seguía al instante y con todo detalle la guerra del Golfo, la verdad es que los jefes militares de las fuerzas que luchaban, supuestamente, por el derecho y los valores humanos se preocuparon de evitar a toda costa que la televisión y las fotografías mostraran el verdadero rostro del conflicto armado. Sólo mirando con mucha atención las fotos autorizadas por la censura de los norteamericanos fue posible descubrir uno que otro cadáver mutilado. Las autoridades iraquíes mostraron mayor apertura, aunque más bien con fines propagandísticos, a exhibir los devastadores efectos del arsenal de los occidentales, con centenares, sino miles y miles, de vidas de civiles, para no hablar de la carnicería de soldados.

Los jerarcas militares estadounidenses y sus segundones en el conflicto del Golfo aprendieron la lección de Vietnam. Cuando los ciudadanos se percatan de lo que en verdad significa la guerra, con su carga de miles de víctimas inocentes, odio, abusos perpetrados por los sádicos que abundan bajo los uniformes militares, destrucción, sangre, cadáveres mutilados, la opinión pública se vuelve pacifista. Por eso es que el Gobierno de Bush y los belicistas decidieron amordazar a la prensa, impedir que la gente común se enterara de la masacre que noche a noche perpetraban los aviones de la coalición que luchaba supuestamente por hermosos ideales, matando a decenas y centenares de mujeres, niños y ancianos indefensos.

Ningún ideal puede justificar el derramamiento de sangre; menos aún, intereses económicos cuantiosos, pero mezquinos.

Qué bueno es que Juan Pablo II haya tenido el coraje de resistir las presiones de la Casa Blanca. El belicista Bush, habituado tras largos años al frente de la CIA al asesinato por encargo, a acuerdos con traficantes de drogas (como los suscritos con el ex hombre fuerte de Panamá, Manuel Antonio Noriega) y otras acciones que no soportarían el escrutinio público, tuvo la pretensión de que el Vaticano bendijera sus afanes de destrucción y muerte, Menos mal que el Papa se negó a proclamar que ésta era una guerra justa.

Más aún, terminado ya el conflicto, Juan Pablo ha tenido la lucidez y el valor de defender el derecho a informar verazmente en tiempo de guerra. Hablando ante el Pontificio Consejo de las Comunicaciones Sociales, el Papa señaló que los medios de comunicación deben, incluso en tiempo de guerra, respetar la verdad, ya que en caso contrario pueden suscitarse situaciones de grave injusticia.

Su voz ha resonado solitaria porque no le convenía a la pandilla que aplastó a las fuerzas del tirano iraquí. En El Mercurio de Santiago esta crucial intervención del Pontífice mereció apenas 5 ó 6 líneas.

Los que han escamoteado la sangre y la verdad acerca de este conflicto han querido silenciar también la profética voz del Papa. Pero al impedir a los periodistas informar acerca de los hechos reales del campo de batalla, los países vencedores se han inferido a sí mismos un daño moral inmenso. Ahora, en la embriaguez de su victoria por la fuerza bruta no se percatan, pero ya llegará el día en que se den cuenta de que han envenenado el alma de sus pueblos. Y que eso no está exento de consecuencias concretas ni, tampoco, del juicio de Dios, que escruta el corazón de los hombres, aun de aquellos que se creen invencibles con su tecnología asesina.

Hay quienes dicen que Juan Pablo II asumió la mejor postura posible ante un conflicto lleno de tantas implicancias políticas y religiosas. Sin embargo, es probable que su mayor mérito consista en haber mantenido su adhesión a los principios del Evangelio, negándose a bendecir a quienes querían copiar a Hussein en el intento de declarar que ésta era una guerra santa, en lugar de admitir derechamente que era tan despreciable como cualquier otra guerra.