Entre laicos guagualones y curas a quienes les falta para ser de veras padres
Encontradas reacciones suscitan los contenidos de nuestro boletín
No me gusta el tono de sus publicaciones. No ayudan a nadie. No hay finalidad de hacer el bien sino desprestigiar hablando sin conocimiento de causa.
Superior de una casa religiosa
La primera impresión es que es bueno tener un órgano laico independiente que informe y opine como laicos católicos, con franqueza. Pero creo que sería evangelizador el que se notara, incluso en las críticas, que están motivados por un sano amor a toda la Iglesia.
Padre Jaime, Parroquia San Crescente, Santiago
EN LA DIRECTIVA DE un movimiento laical cuyo nombre preferimos omitir se discutió acerca de nuestro boletín. Varios integrantes formularon elogios y estaban a punto de decidir suscribirse cuando llegó el cura asesor. Los laicos se fueron de reto y la decisión hubo de ser revocada. Ninguno se atrevió a discutirle al cura. ¿No es ésta acaso una situación que se repite a diario en muchas diócesis, parroquias y movimientos laicales?
Los laicos guagualones, que los hay muchos, se sienten de los más cómodos en una Iglesia en que siguen siendo considerados débiles mentales o niños de guardería. Ellos no pueden estar de acuerdo con este boletín, ya que nosotros buscamos ser tratados como adultos, lo que supone aprender a expresar lo que se siente y lo que se piensa. Peligroso oficio, que explica el prudente silencio de los laicos que ocupan posiciones expectantes, algunas bien remuneradas, en la estructura burocrática de la Iglesia. Ninguno de ellos se ha suscrito al boletín y han procurado evitarnos cuando les hemos pedido una opinión o entrevista.
No pretendemos ser una voz madura. Tratados como niños durante siglos, sería casi imposible que de la noche a la mañana nuestra voz de laicos emergiera armoniosa e impecable. Debemos pasar por la adolescencia. Aceptamos que nuestra palabra ha sido a veces destemplada y tal vez injusta.
De otro lado, si bien tenemos una línea definida, estamos abiertos a diversas opiniones, porque lejos de atrincherarnos en un bando, queremos servir de instancia para un intercambio franco al interior de la Iglesia. Este número es una prueba de un buen equipo de redacción y del suficiente financiamiento? Las obras emprendidas en nombre del Señor no siempre admiten tanto cálculo y es bueno una cierta dosis de audacia.
Pero ante nuestra voz, hay sacerdotes que han reaccionado de manera criticable. Un buen padre sabe que el adolescente, cuando deja atrás la niñez, dice muchas veces cosas inadecuadas e hirientes. Pero no lo hace por maldad, sino que a menudo ello forma parte de un proceso inevitable de búsqueda de la propia identidad. Un buen padre alienta ese proceso, tiene paciencia para escuchar incluso impertinencias y revisa sus propias posiciones porque en las palabras del hijo puede haber una cuota nada despreciable de verdad.
En lugar de eso, ante este primer intento de expresión autónoma del sentir y el pensamiento de los laicos, no de aquellos que han ido a ocupar posiciones privilegiadas porque le resultan simpáticos a curas y obispos, muchos "padres" han reaccionado tratando de ahogarnos. No sólo nos han negado una suscripción, sino que han presionado a laicos para que nos hagan el vacío. La actitud de estos sacerdotes y también de algunas religiosas y diáconos no se compadece en absoluto con el pretendido reconocimiento del importante papel que cabe a los laicos dentro de la Iglesia. Esta falta de coherencia entre lo que dicen y hacen muchos integrantes de la Iglesia jerárquica es motivo de desaliento para gran número de laicos y erosiona la efectividad de la nueva evangelización.
Paternal, en el mejor sentido del término, es la postura del párroco de San Crescente, que reproducimos al comienzo de esta nota. Él nos advierte acerca del tono de nuestras palabras, nos insta a no dejar de manifestar amor por la Iglesia, pero no deja de brindarnos su respaldo.
Faltan sacerdotes dentro de nuestra Iglesia. Pero acaso más grave que eso es que muchos de ellos no se merezcan el apelativo de padres porque no están dispuestos a permitir que los laicos crezcamos dentro de la Iglesia que es de todos. Les queda por delante la tarea de ganarse el apelativo de padres, si es que tienen la humildad de reconocer que se sitúan frente a los laicos en una postura de superioridad y si es que le piden ayuda al Dios en que creemos, que es ante todo... buen Padre.