Camino al andar
Junio de 1991

El penoso caso del obispo Goic

Cuando en una institución tan heterogénea como es la Iglesia se utiliza la autoridad para promover la uniformidad propia de un ejército prusiano, la institución se empobrece

LAS EXPLICACIONES SUENAN falsas, de manera que se diría que es hasta preferible el silencio de algunos de los directos involucrados y responsables en esta penosa situación.

Cuando se es obispo auxiliar de una arquidiócesis, el traslado en la misma calidad a una simple diócesis no puede ser interpretado más que como una degradación, como una especie de castigo por parte de Roma. Ninguna pirueta verbal puede modificar esa interpretación obvia.

Monseñor Alejandro Goic, hasta hace poco obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Concepción, ha sido recientemente objeto de este vejamen. Se le ha destinado a la diócesis de Talca, como vicario de Monseñor Carlos González. Este ilustre prelado, presidente de la Conferencia Episcopal, ha tenido la gentileza, junto con destacar las relevantes condiciones personales de su nuevo colaborador, de decir que él mismo había pedido este nombramiento a Roma. Se trata de un gesto delicado, que enaltece a Monseñor González, pero que no puede ocultar el hecho de que el obispo auxiliar de Concepción ha sido degradado.

LAS CAUSAS DEL CASTIGO

Goic es un pastor que lleva muchos años de un trabajo valeroso e incesante en medio de los pobres y humildes, primero de Magallanes, luego, durante 12 años, de Concepción. Después de su traslado desde Punta Arenas a Concepción, su versatilidad le permitió ser colaborador del bondadoso Manuel Sánchez, ya fallecido, y del duro José Manuel Santos Ascarza, ahora retirado y dedicado a la vida contemplativa. Después, en lugar de ser Goic el designado en esa sede episcopal, en la que ha sabido captarse un respeto y afecto generalizados, el Vaticano prefirió instalar allí a un prelado santiaguino, cuyo mérito principal consiste en su orientación autoritaria y su escaso compromiso con los derechos humanos durante la época de la dictadura.

En cambio, bajo el régimen de Pinochet el obispo Goic tuvo una actitud de valerosa defensa de los derechos humanos. Ahora ha confesado que el momento más crítico de su desempeño en Concepción fue a fines de los setenta, cuando el arzobispo de esa época se encontraba en Europa. "Debí enfrentar entonces el caso de 19 detenidos desaparecidos de Laja. Este hecho marcó mi labor pastoral porque comprobé hasta qué extremos puede llegar la crueldad humana, ya que se mató impunemente a un grupo de campesinos sencillos".

¿Cuál es la causa por la que se le ha castigado? ¿O es que, más allá de razones objetivas, se le tiene envidia por su carisma personal, que contrasta con la mediocridad de tantos otros clérigos cómodos y lateros, cuyo principal mérito para acceder a posiciones expectantes reside en su actitud sumisa ante los dictados de la curia vaticana

EL SECTARISMO DE ROMA

Los nombramientos de nuevos obispos en Chile en los últimos años han recaído casi sin excepciones en personeros de orientación conservadora. Para confirmar la regla, hay por allí un par de moderados, entre los que habría que mencionar a Monseñor Carlos Oviedo, en el influyente cargo de Arzobispo de Santiago, después, claro, que amplios sectores de la iglesia local se movilizaran para rechazar enérgicamente la pretensión romana de designar a un obispo cercano a posturas integristas.

Pese a la ingenuidad culpable con que algunos siguen recibiendo estos nombramientos, no cabe duda de que se trata de una arremetida de carácter universal por parte de Roma. Los católicos chilenos con algún grado de conciencia de lo que es y lo que sucede en la Iglesia deben saber que en todas partes se están designando, y a veces imponiendo hasta con la fuerza policial, obispos conservadores. No es pura casualidad, pues, lo que estamos observando en Chile, ni es un fenómeno que se está dando sólo en nuestro país.

En el reciente consistorio a que convocó el Papa Juan Pablo II, todos los llamados al cardenalato fueron (¡oh sorpresa!), obispos de línea restauradora. Ojo, monseñor Oviedo, si quiere transformarse en cardenal, tiene que hacer méritos: el Nuncio observa y vigila.

Cuando en una institución tan heterogénea como es la Iglesia se utiliza la autoridad para promover la uniformidad propia de un ejército prusiano, la institución se empobrece. No sólo eso, va perdiendo legitimidad ante un mundo que poco a poco, como expresión de un progreso moral animado sin duda por el Espíritu Santo, va tomando conciencia de la importancia del pluralismo, del respeto a quienes piensan o sienten distinto.

Nadie podría discutir la atribución de Roma de preferir para la designación de obispos a clérigos con los que simpatice. Preferir es la palabra clave. Porque, aunque la Iglesia es un misterio y no cabe abogar en su seno por un gobierno democrático, no tiene por qué ser conducida como si se tratara de una monarquía absoluta. Las preferencias de Roma tienen que compatibilizarse con el sentir de las iglesias locales, laicos incluidos, y con los méritos personales de los candidatos.

INTOLERANCIA

Pero lo sucedido con Monseñor Goic tiene una agravante siniestra. Y es que pone de manifiesto el avance de la intolerancia.

Se sabe que el Arzobispo titular de Concepción, designado hace algún tiempo, es un hombre autoritario y conservador. Monseñor Moreno llegó a una arquidiócesis difícil para él, ya que muchos de sus sacerdotes y algunos laicos, tienen cierto grado de conciencia de sus derechos y no estaban dispuestos a dejarse atropellar. Eso sólo puede suceder en diócesis grandes: en las pequeñas, no existe la masa crítica mínima que permita que la iglesia local sea algo más que un conglomerado informe.

Era inevitable entonces que se produjera un cortocircuito entre Moreno y Goic. El responsable principal de esta situación es aquel que designó a Moreno (por favor, no le vayan a echar la culpa al pobre Espíritu Santo) en Concepción, pese a que allí Goic era obispo auxiliar muy querido y de larga trayectoria y pese que este pastor está vetado por los burócratas de la curia vaticana, que no estarían dispuestos a designarlo al frente ni siquiera de una hipotética diócesis de Pelotillehue.

No hay que ser demasiado mal pensado, a la luz de los antecedentes que obran en poder de un simple laico periodista, para suponer que Moreno buscó deshacerse de su auxiliar. Con su carácter autoritario, le iba a costar mucho seguir trabajando con Goic, quien es harto más simpático y se ha ganado la buena voluntad de creyentes y no creyentes, a costa de un trabajo incesante y tesonero y de la inteligencia que el Espíritu le ha regalado. Funesto precedente. Cuando a una autoridad de la Iglesia le molesta un colaborador ¡de rango episcopal!, pues en lugar de asumir el desafío de trabajar juntos, de agotar el diálogo, de aceptar incluso la cruz que significa vivir con alguien con el cual se discrepa, pues se le manda al exilio. Roma se presta, diligente.

Si eso le puede hacer un arzobispo a un obispo auxiliar, Dios nos pille confesados a los simples laicos. ¿No puede transformarse ello en causa de escándalo para los fieles sencillos y para las personas de buena voluntad que no son creyentes?

PÉRDIDA DE PRESTIGIO MORAL

¿Tenemos así autoridad moral para pedir a los familiares de torturados y ejecutados que acepten la convivencia pacífica y fructífera con quienes cometieron tamaños crímenes? ¿No sonará vacía nuestra voz como Iglesia cuando llamemos a los chilenos a respetarse en sus diferencias, a buscar puntos de acuerdo, a valorar el pluralismo, a no caer en la tentación diabólica de creer que se es dueño de la verdad absoluta? ¿Qué destino pueden tener en este contexto los llamados al acercamiento entre las iglesias cristianas, si al interior de la nuestra se van imponiendo el sectarismo y la intolerancia?

El obispo Goic ha disimulado a duras penas el dolor que esta situación le produce. Ha señalado acertadamente que él optó por el sacerdocio no para hacer carrera, sino para servir al Señor en los hombres, en especial los más pobres.

NO ABANDONAR LA BARCA

A ese gigante intelectual de la primera mitad de este siglo que fue Teilhard de Chardin lo interpelaban a menudo brillantes hombres de ciencia y pensadores y colegas suyos, que no entendían que el jesuita no rompiera con una Iglesia que lo mandó al exilio por sus ideas. Teilhard no abandonó su Iglesia porque "si lo hiciera, tendría la sensación de traicionar a todo el universo". Sus planteamientos habrían de fructificar tiempo después, con el Vaticano II, el mismo que ahora va siendo distorsionado cuando no derogado por la embestida restauradora.

Para los sacerdotes que no ponen todo su empeño en un nombramiento episcopal, para los laicos comprometidos cuyo interés principal no es congraciarse con el obispo equis o zeta, para los que no cierran los ojos y los oídos a lo que está pasando en la Iglesia nuestra, éste es sin duda un momento difícil. Es probable que sea largo, porque el Papa Juan Pablo II, si bien envejecido de golpe, según lo muestran las fotos e imágenes vía satélite, se ha preocupado de dejar todo atado, a través de los nombramientos episcopales, para que la Iglesia siga por largo tiempo por el camino de la restauración.

Tener conciencia de lo que sucede en la Iglesia es, por cierto, doloroso. Pero ello no debe sumirnos en la desesperanza. Menos, todavía, puede servir de excusa para alejarnos de esta barca. Después de todo, aunque profundamente dormido, como en el episodio del lago, con nosotros está el mismo Jesús. El es nuestro único Señor. La Iglesia es un simple instrumento. El la creó y en ella estamos llamados a permanecer. Pero las pequeñeces de muchos de sus integrantes --por cierto las nuestras incluidas-- aunque nos duelan y nos avergüencen ante el mundo que observa, no puede hacernos olvidar que nuestra fe está depositada sólo en El, Pastor junto al cual nada debemos temer, ni siquiera en la oscura quebrada a la que nos hemos precipitado como Iglesia.