Camino al andar
Junio de 1991

Objeción de conciencia, inquietante silencio

Habiendo tanto sufrimiento, cómo no va a ser preferible que los jóvenes, hombres y mujeres, destinen algunos meses a brindar apoyo a personas en situación desmedrada, en lugar de prepararse para matar y destruir

LAMENTABLE RESULTA que nuestros obispos no se hayan dado hasta ahora por enterados de la existencia de una moción parlamentaria en orden a sustituir el servicio militar obligatorio por uno de carácter cívico para aquellas personas que, argumentando creencias religiosas, morales o culturales, rechazan el aprendizaje del uso de armas.

La guerra del Golfo ha dejado de manifiesto, por si hubiere alguna duda, el verdadero rostro de todo enfrentamiento armado,

Es una vergüenza para los cristianos que haya sido Gandhi, un no cristiano, probablemente uno de los más grandes santos de este siglo, el que descubrió la fuerza de la no violencia para enfrentar las injusticias. En las últimas décadas, en especial después de los horrores de la segunda guerra mundial, amplios sectores, en especial juveniles, en los países industrializados, han descubierto que una forma eficaz de comprometerse con la paz consiste en rechazar el servicio militar obligatorio.

Juan Pablo II ha acuñado la consigna de "si quieres la paz, prepárate para la paz", que cuestiona la validez de la máxima que repiten los belicistas. Si tomáramos en serio nuestra fe, si nuestra Iglesia dejara atrás una extensa época en la que se convirtió en algo semejante a una sociedad dirigida por caballeros piadosos y célibes preocupados de mantener, con bastante ineficiencia, por lo demás, las "buenas" costumbres en materia de conducta sexual, tendríamos a estas alturas de la evolución de la sociedad humana que ser los primeros a en rechazar la conscripción militar. Esta constituye ni más ni menos que una preparación para la guerra, es decir para matar, dejándose manipular como títeres por los intereses de pequeños grupos.

En un mundo donde hay tantos pobres y tanto sufrimiento, cómo no va a ser preferible que los jóvenes creyentes, hombres y mujeres sin distinción, destinen un tiempo de sus vidas a brindar efectivo apoyo a los grupos en situación desmedrada, en lugar de prepararse para matar y destruir. Esta forma de pensar no tiene nada que ver con la que propicia el mundo, lo cual no debiera causar extrañeza, ya que el mensaje del Evangelio contraría la forma de razonar del mundo.

Un vicealmirante en retiro ha publicado recientemente en la prensa un artículo en que fustiga a los partidarios de sustituir el servicio militar por uno de carácter social, aduciendo que el respectivo proyecto de ley reviste especial interés para algunos sectores izquierdistas en su afán de debilitar la imagen de las fuerzas armadas.

Hablar acerca de la moralidad o inmoralidad de las armas es discutible. Las armas, por sí mismas, no son inmorales, y tampoco el que las fabrica. Es la actitud de quien las usa. De este modo, si defiendo a mi patria en una guerra justa o si ante un ataque criminal defiendo mi integridad física, la de mi familia o mis bienes, no veo inmoralidad.

Esta mentalidad del vicealmirante ha sido la de la propia Iglesia durante siglos. No cabe criticarlo mayormente, máxime que su condición de hombre de armas le impide abrirse a otras realidades y formas de pensar. Está demasiado "instalado" como para permitir que lo penetre, siquiera a nivel intelectual, la enseñanza del Evangelio. En la práctica, ¿quién puede definir cuándo una guerra es justa? ¿Habría sido justo un enfrentamiento bélico con Argentina a fines de los años setenta? ¿Fue justa la guerra de 1879 y la posterior anexión del litoral boliviano? Seguro que de uno y otro lado habrá partidarios de la guerra justa diciendo que su postura era la correcta. Ello pone de relieve que el belicismo pretende justificar la destrucción y la muerte en función de criterios que son demasiado subjetivos y, cuando menos, cuestionables.

Quienes critican el servicio militar obligatorio ignoran que en los regimientos no sólo se aprende a combatir. Son verdaderas escuelas de civismo, donde además se enseña el amor a la patria; el respeto y culto a nuestras tradiciones; la disciplina necesaria para alcanzar éxito en cualquier actividad; la lealtad con los semejantes y otros valores que sería largo enumerar.

La visión que tienen de sí mismos los militares carece, como es bien sabido, de todo sentido autocrítico. Ellos se consideran la suma de todas las virtudes. Cabe preguntarse si los militares católicos inician la Misa con una petición de perdón a Dios por sus pecados. A lo mejor se consideran tan perfectos, que la omiten. Pero muchos que no han tenido ni el menor contacto con cuarteles y regimientos, son también personas disciplinadas, responsables, leales, patriotas y fieles a nobles principios morales. De otro lado, abundan los testimonios, en películas y novelas, de que al interior de los regimientos operan personas, en especial a cargo de reclutas, acerca de cuya salud mental caben muchas dudas.

Las ideologías de izquierda se han pronunciado contra el servicio militar obligatorio. Los únicos personas que no desean cumplir con sus obligaciones militares son quienes se sienten superiores y son indiferentes al llamado de su patria. La llamada objeción de conciencia es otra de las armas que están utilizando algunos chilenos para debilitar la voluntad de las instituciones uniformadas.

El vicealmirante que escribió este comentario ignora que el propio Juan Pablo II recibió hace algún tiempo a dirigentes del movimiento juvenil europeo partidario de la objeción de conciencia y los llamó profetas de un mundo nuevo.

Los belicistas tienen derecho a manifestar su pensamiento. En la práctica, siempre lo han hecho, inculcándonos sus criterios desde la más tierna infancia. Nuestros obispos, a su turno, tienen la obligación de representarles la postura del Papa y de prestar su apoyo moral a la iniciativa presentada por algunos parlamentarios a la Cámara de Diputados. Seguir guardando silencio constituiría un grave pecado de omisión.