Camino al andar
Marzo de 1992

Sida y preservativo: sucumbiendo a la tentación fariseica

Las figuras más descollantes de la teología cristiana han enseñado que la sabiduría de la autoridad civil consiste en permitir los males si al intentar eliminarlos resultaren perjuicios mayores

NI SAN AGUSTÍN ni Santo Tomás de Aquino hubiesen aprobado la estridente crítica que algunos miembros de la Jerarquía autóctona han lanzado contra la campaña de prevención del SIDA impulsada por el Gobierno. Ambos doctores de la Iglesia enseñaron que la sabiduría de la autoridad civil consiste en permitir los males si al intentar eliminarlos resultaren perjuicios mayores. Ello sirvió de base para la formulación del principio del mal menor, que llevó a la Iglesia a tolerar, por ejemplo, la prostitución e incluso a aceptar la guerra, con tal de que fuera "justa".

Por desgracia, numerosos obispos no sólo han olvidado las enseñanzas de San Agustín y Santo Tomás, sino que la escala de los valores éticos propuesta por Jesús. Dejándose llevar por los grupos más integristas, que ahora campean en la Iglesia como Pedro por su casa, han salido a quebrar lanzas por un moralismo fariseico y trasnochado, en una actitud que perjudicará gravemente los esfuerzos por anunciar el Evangelio en las postrimerías del siglo.

Felizmente, no todos los obispos han caído en la tentación fariseica. Uno de los representantes más conspicuos de la corriente integrista, Monseñor Jorge Medina, que maniobra activamente para que el Vaticano lo nombre obispo de Valparaíso, ha lamentado que su postura "no haya encontrado eco en personas que uno hubiera esperado que la acogieran". Y ha agregado: "Una vez más me parece descubrir detrás de esta polémica la discusión acerca de si una buena finalidad cohonesta por sí misma cualquier medio para obtenerla. La moral rechaza la afirmación de que el fin justifica los medios".

Sus lamentos los formuló poco después de publicar un extenso panegírico acerca de las presuntas virtudes cristianas... ¡de la vida militar! Tan grosera distorsión del espíritu y la letra del Evangelio no puede ser disimulada con ningún artilugio intelectual ni con decenas de artículos en las páginas del opusdeísta suplemento cultural de El Mercurio.

INCENDIO QUE SE PROPAGA

"Sabíamos que si en la campaña de prevención del Sida se mencionaban los preservativos enfrentaríamos críticas y rechazo, pero no podíamos omitir esta alusión, ya que para nosotros, como autoridad de salud pública, el condón constituye la tercera alternativa para evitar la propagación de esta enfermedad. Tal como aparece en el spot publicitario, la primera opción es mantener una sola pareja sexual; y la segunda, no tener relaciones sexuales".

Explicaciones del Ministro de Salud, doctor Jorge Jiménez, laico comprometido con su Iglesia, pero que entiende que Chile no es un convento enorme lleno de monjes que cumplen rigurosamente sus votos de castidad, cosa que por cierto no ocurre en todos los monasterios, sino que un país en el que la mayoría de los jóvenes se inician sexualmente antes del matrimonio y en el que la infidelidad conyugal tanto de hombres como de mujeres es más extendida de lo que se cree.

"Con el 30% de aumento de los enfermos de Sida estamos ante un incendio. Y cuando se produce una emergencia, hay que rescatar lo más importante" ha señalado el personero gubernamental. "Lo prioritario es salvar las vidas de quienes están más expuestos, para lo cual el condón es una ayuda. Sabemos que la solución de fondo pasa por un cambio de conductas, pero ello requiere un trabajo de largo plazo".

Las declaraciones de la autoridad de Gobierno han esbozado las líneas centrales de la estrategia que debiéramos seguir los católicos en la dramática coyuntura provocada por la acelerada propagación de la lepra de fines del siglo XX. "Yo creo que esta campaña está dando a la Iglesia y a sus fieles una oportunidad inigualable en cien años para que promovamos sin complejos valores que para nosotros son tan importantes, como la fidelidad conyugal y la castidad, y que constituyen, adicionalmente, las mejores formas de prevenir el SIDA".

Pero promover los valores humanos en que creemos no significa imponerlos a la fuerza. Ni, tampoco, propiciar que quienes no los quieren aceptar o no son capaces de cumplirlos (y bien sabemos, por experiencia propia, curas y obispos incluidos, que la carne es débil) se expongan a la muerte por su pecado. Nosotros creemos en Dios Padre, y no en un ídolo sanguinario que se solaza con sacrificios humanos, en especial de jóvenes, que son los más vulnerables a contraer la temible enfermedad.

LA REALIDAD SIN TAPUJOS

Diferentes estudios publicados los últimos años revelan que los adolescentes inician su vida sexual antes de terminar la enseñanza media. Las cifras varían entre 31 a 40%, en el caso de los varones, y entre el 15 y 23% en el de las niñas, aunque estas últimas deben ser semejantes a las de los hombres, ya que por razones culturales las mujeres son más discretas para informar de su vida íntima.

La ignorancia o la adquisición parcelada y asistemática de conocimientos en materia de sexualidad y reproducción no ayudan a que los niños permanezcan por más tiempo en la inocencia. Por el contrario, la mayor ignorancia en estos aspectos aparece asociada a conductas menos íntegras y responsables. Según datos del Instituto Nacional de Estadísticas para 1989, el 59% de los casi 40 mil niños que nacieron vivos ese año fue ilegítimo, es decir hijo de madre soltera. Si aplicamos el indicador de escolaridad a estas madres, tenemos que cerca de 12 mil adolescentes estaban estudiando al momento de ocurrencia de su embarazo. De este total sólo 600 habrían continuado estudiando, es decir el 5%, y más de once mil abandonaron las aulas, entrando al círculo vicioso de mayor dependencia, menor instrucción, más pobreza, embarazos repetidos, descuido de la prole, desnutrición, mayor mortalidad infantil de los hijos, abandono de los sobrevivientes, mayor indicador de delincuencia infanto-juvenil y de un futuro adulto con el síndrome de privación de afecto.

Estos son apenas algunos de los datos que ilustran una realidad que surge como un excelente caldo de cultivo para la propagación del SIDA. Para peor, estas cifras no dan cuenta de la magnitud de la actividad sexual prematrimonial, ya que muchas relaciones no desembocan en embarazos, ni todos éstos llegan a completarse, toda vez que la práctica del aborto está bastante extendida entre los grupos jóvenes. Queda comprobado así que no es el fácil acceso a los preservativos lo que lleva a los adolescentes a adoptar conductas riesgosas. El condón es un paliativo que, aparte de incómodo, ofrece una seguridad que dista del ciento por ciento, pero puede ayudar a salvar muchas vidas, mientras no se opera en el grueso de la población un cambio de hábitos, más que no sea por miedo.

UNA POSTURA MÁS HUMANA

El firme compromiso del padre Baldo Santi para ayudar a los enfermos de Sida, que a su calvario deben agregar el dolor de la discriminación histérica de muchos buenos ciudadanos, incluidos algunos que se precian de cristianos ejemplares, ha contribuido a atenuar el desagrado con que la opinión pública en general ha acogido la torpe postura de numerosos obispos en esta materia.

A título ilustrativo, considérese el siguiente comentario editorial del diario La Época, que siempre ha manifestado una actitud favorable al Episcopado y la Iglesia y que es dirigido por un católico: "Así como para no infectarse de cólera las recomendaciones son no comer verduras crudas y no manipular alimentos sin lavarse las manos, ahora para evitar el SIDA las alternativas del chileno son el abstenerse de tener relaciones sexuales, mantener una pareja estable o usar preservativos. No es tanto un problema moral, cuanto de salud. Los médicos, por sobre posturas religiosas, fueron los primeros en concluir que cuando la vida humana está de por medio todos los antídotos contra la muerte son válidos. La autoridad pública realmente estaría faltando a la ética si no expusiera a la ciudadanía todos los mecanismos que tiene para cuidarse de contraer lo que hasta ahora es un mal incurable. Sólo conociendo la verdad, los hombres pueden ejercitar su libertad".

IMITAR A LOS CRISTIANOS ORTODOXOS

Entendámonos bien. Consideramos que para el cristiano y el hombre de buena voluntad, la meta es integrar el sexo y el amor porque ello permite un desarrollo más pleno de la persona, que no otra cosa quiere el Señor. ("Yo he venido a darles vida; y vida en abundancia"). Pero tenemos conciencia de que es una meta exigente, tanto como amar a quienes nos hacen daño, ver en el pobre al mismísimo Jesús y domeñar el orgullo. Nos anima, empero, la convicción de que Dios es nuestro Padre y que nos ama y nos perdona siempre, con tal que reconozcamos nuestro pecado.

En este marco, el recurso al condón lo entendemos como un mal menor. Si tuviéramos el desparpajo de censurar a quien lo utiliza, consideraríamos indispensable criticar con mucho mayor dureza a una sociedad que ha montado una industria publicitaria que se basa en la explotación incesante y científica del sexo. De otro lado, para quienes han tenido en los últimos años más de una pareja sexual, el preservativo pasa a ser una exigencia ineludible, aun cuando haya decidido cambiar de vida y ser por completo fiel a su pareja, ya que puede hallarse contagiado. En síntesis, el condón puede servirnos hasta de recordatorio de las limitaciones de nuestro amor y la fragilidad de nuestros compromisos.

Tampoco compartimos la pretensión soberbia de que la moral cristiana es una sola, inmutable a lo largo de los siglos, aplicable en la misma forma en todas partes. Aun suponiendo que los principios fuesen indiscutidos e incuestionables, la forma de aplicarlos varía incluso hoy entre iglesias cristianas. Y esto debiera obligar a nuestros pastores, partiendo por el Obispo de Roma, a ser más prudentes y modestos en sus juicios.

La Iglesia Católica Ortodoxa, por ejemplo, a la que nadie podría negar su adhesión al Evangelio, asume frente a este problema, lo mismo que ante el divorcio y otros temas morales, una actitud más compasiva y tolerante. Otras iglesias cristianas tienen semejante predicamento. Es probable que ello obedezca a que han tomado conciencia de que en el complejo mundo de hoy se plantean a menudo choques entre valores, lo que obliga a jerarquizarlos, a priorizar, habida cuenta de la imperfección humana.

Un lúcido editorial de la valiosa revista Evangelio y sociedad, que publica un grupo de pastores y laicos pertenecientes a iglesias protestantes, parece haber descubierto lo que nuestros obispos no son capaces de ver:

"Jesús lo planteó de un modo extraordinariamente radical cuando los moralistas de su tiempo lo acecharon para ver si sanaría a un enfermo en el día de reposo. Para ellos la pregunta era: ¿Es lícito sanar a un enfermo en el día de reposo? Creían saber la respuesta: sanar a un enfermo demandaba trabajo; y estaba prohibido trabajar en el día de reposo. Pero Jesús les cambió la pregunta:

'¿Es lícito en los días de reposo hacer el bien o hacer el mal; salvar la vida o quitarla?' Los otros callaron. Para Jesús, la pregunta ética fundamental es cuánto hacemos o dejamos de hacer por salvar una o varias vidas. Él no rechaza la existencia de normas, ya que éstas son necesarias para la vida de la comunidad, pero siempre ha de juzgárselas a la luz del principio ético fundamental de que 'el día de reposo fue hecho por causa del hombre; y no el hombre por causa del día de reposo' (Mr 2, 27)".

ES POSIBLE UNA POSTURA MÁS ABIERTA

Felizmente, obispos católicos de otras partes del mundo han descubierto que el moralismo sexual tiene que ver más con el fariseísmo que con el Evangelio. Tiempo atrás el arzobispo de París, cardenal Jean Marie Lustiger, decía en una entrevista de prensa: "El Sida es el problema más cruel de nuestro tiempo y de nuestra sociedad. Probablemente habrá millares de personas contaminadas. Por ahora, lo que más me aterra no es sólo la gravedad del flagelo, sino la segregación que sufren los afectados. Con frecuencia, en cuanto dicen a su alrededor que son seropositivos, viene el rechazo. Esto no es tolerable. Pero hay otra cosa que yo quisiera decir especialmente a los jóvenes: traten de lograr lo que la generación precedente no logró. Hay que rehabilitar el amor: es preciso que lleguen a probar a ustedes mismos que la fidelidad es posible. En esta civilización que todo lo compra, deben mostrar que el amor no debe confundirse con el solo deseo, que el amor es más fuerte y más grande. Se compran cuerpos, se puede comprar a un hombre o a una mujer, pero no se compra su corazón, su amor. Ustedes deben mostrar que la castidad es posible. Yo les hablo con mi lenguaje, y perdónenme si los ofendo: ser casto es una manera de amar y respetar el cuerpo. En cuanto a los que están afectados por esta enfermedad, si no son capaces de vivir así con castidad, por favor empleen los medios que se les proponen, por respeto a ustedes mismos y por respeto al prójimo. Ustedes no deben diseminar la muerte".

Nótese cómo este planteamiento es fiel a la ortodoxia más rigurosa, pero, al mismo tiempo, realista y lleno de ternura y respeto hacia los infectados y hacia quienes no son capaces de cumplir en forma íntegra e inmediata tales exigencias. Aquí no hay censura, ni imposición. Hay un llamado atractivo a vivir el amor sin restricciones en medio de una sociedad que lo ha transformado en una mercancía. La referencia a "los medios que se les proponen" es una forma elegante de aludir a los preservativos, cuyo empleo las autoridades francesas están promoviendo con entusiasmo con la idea, un tanto voluntarista, de que les ayudará a detener la plaga.

También el cardenal Decourtray, arzobispo de Lyon y presidente de la Conferencia Episcopal Francesa, en una entrevista publicada en La Croix dio muestras de entender la validez del principio del mal menor: "Cuando hay que escoger entre dar la muerte y emplear un medio que no es bueno, es preferible el medio que no es bueno a dar la muerte."

Al obispo de Evreux, Jacques Gaillot, le corresponde el mérito de haber sido el primero en asumir esta postura humana frente al problema. "Cuando uno se encuentra ante la avalancha del Sida, no puede quedarse en discursos intemporales. El Sida es el gran miedo del fin del siglo, la peste de los tiempos modernos. No basta recordar principios. La sexualidad fuera del matrimonio existe, es un hecho. Y para prevenir el contagio, no se ha encontrado otro medio que el preservativo... La vida está amenazada. No se la defenderá sólo con principios. Cuando hay urgencias hay que hacer excepciones a los principios. La vida humana no tiene precio: no defenderla sería negar auxilio a una persona en peligro de muerte".

Los obispos chilenos que han criticado con severidad la prudente campaña oficial contra el Sida no pueden, pues, invocar el argumento de la moral única ni de que existe una sola forma de entender y aplicar las exigencias que fluyen de esta última.

Sin duda, les resultará difícil admitir que la postura que han asumido frente a este problema demuestra que sus prioridades éticas no andan muy de acuerdo con las que inspiraron la conducta del Señor. No menos duro les será admitir que las posturas más tolerantes y comprensivas asumidas en materia de moral sexual por otras iglesias cristianas y por la gran masa de creyentes, que escucha en silencio a curas y obispos, pero no les halla la razón, interpretan mejor el espíritu de las enseñanzas de Jesús.

El orgullo de creerse los poseedores exclusivos de la verdad y de la única forma posible de aplicarla a la vida práctica puede llevar, por desgracia, a nuestros pastores a persistir en un moralismo fariseico y anacrónico. Con ello no sólo se enajenarán la buena voluntad de la gente a la que deben evangelizar, sino que más lejos estarán de ser testigos de Aquel que pese a nuestras fallas, infidelidades y pecados nos amó hasta el extremo. Es decir, no podrán ser anunciadores creíbles de la Buena Noticia.