Por fin hemos sabido lo que desde hace tiempo ya sabíamos
A la luz del estremecedor Informe Rettig tenemos todos que pedir perdón: algunos por el fuego que echamos a la hoguera en que se fue convirtiendo el país; y otros por lo que hicimos o dejamos de hacer mientras algunos desquiciados se dedicaban a torturar y exterminar a compatriotas
MUCHOS LOS QUE éramos ya adultos a comienzos de los 70 tenemos alguna dosis de culpa por haber precipitado al país hacia el quiebre de la institucionalidad democrática. Olvidando que hay un solo Dios, absolutizamos la política y la revolución, en libertad o socialista a la chilena, creyendo que su éxito o derrota permitiría poco menos que construir el Paraíso en la tierra. En el empeño nos pareció que podría ser incluso necesario liquidar a los adversarios. "El que no está con nosotros está contra nosotros y más le valiera no haber nacido" fueron los criterios que muchos cristianos adoptaron (adoptamos), acomodando el Evangelio a nuestras pasiones, durante ese período que habría de culminar con el desastre de septiembre de 1973.
En ese sentido, casi no hay nadie que puede declararse inocente de haber contribuido a crear un clima de intolerancia y enfrentamiento que terminó en una guerra civil larvada. Los cristianos progresistas sucumbieron (¿sucumbimos?), con las mejores intenciones, al embrujo de la violencia revolucionaria y de las transformaciones estructurales. Al otro lado de la trinchera en que convertimos al país, otros cristianos, llevados por un anticomunismo delirante, proclamaron la doctrina de que el único marxista bueno es el que está bajo tierra.
Entonces llegaron el general Augusto Pinochet y la doctrina de la seguridad nacional. Su cruzada restauradora, emprendida en nombre de los valores cristianos de Occidente, significó el aniquilamiento físico y sistemático de centenares de chilenos. El régimen actuó sobre seguro y siguiendo una política fríamente concebida y calculada, sin perjuicio de exacerbar las bajas pasiones de muchos.
El informe de la Comisión Rettig echa luz sobre esos lóbregos años. Para escarmiento de los ilusos que creen que el demonio no existe, en sus páginas lacerantes queda demostrado hasta qué grados de ruindad puede descender el hombre cuando, igual que Luzbel, tiene la pretensión de creerse Dios y disponer al arbitrio de sus semejantes.
"Por fin se podrá saber lo que siempre se ha sabido" decía un poeta popular, celebrando el retorno de la democracia. El informe Rettig pone a Chile de cara a la verdad que siempre se ha sabido. Pero lo hace de una manera solemne y oficial, y no en forma subrepticia, apenas tolerada, como fue la norma durante largos años.
El informe debiera ser la base para un acto penitencial del conjunto de la comunidad chilena. Todos tenemos que pedir perdón a Dios por el fuego que le echamos a la hoguera en que se fue convirtiendo el país ya en el curso de los años 60. Y muchos tienen (tenemos) que pedir perdón por lo que hicimos o dejamos de hacer mientras tantos desquiciados se dedicaban a torturar y exterminar a compatriotas.
En ese sentido, tienen razón algunos obispos que han destacado que todos somos responsables de lo sucedido. Directa o indirectamente, contribuimos a crear el clima para el enfrentamiento; y después, permitimos, con nuestro silencio o ignorancia culpable, que ocurrieran tantos excesos.
NO TODOS EN EL MISMO SACO
Pero la toma de conciencia de nuestro pecado no puede significar que nos metan a todos en el mismo saco. En su célebre novela Rebelión en la granja, George Orwell narra cómo los animales que tratan de zafarse del dominio del hombre instauran un régimen de orientación comunista. El principio rector de esta experiencia es "todos los animales son iguales". Sin embargo, como si también los cuadrúpedos estuvieran afectados por el pecado original, a poco andar los cerdos se apoderan de la revolución y comienzan a arrogarse beneficios indebidos. Entonces, el principio en que se fundaba la revolución sufre un "ligero" cambio, que justifica supuestamente los abusos de la nueva clase dominante: "Todos los animales son iguales, pero hay algunos que son más iguales que otros".
Parodiando a Orwell, puede decirse que todos somos responsables de la tragedia de que dan cuenta las páginas del informe Rettig. También la Iglesia, porque pese a su firme defensa de los derechos humanos durante la época de la dictadura, muchas veces transó, calló, vaciló. Porque nunca tuvo la valentía de denunciar al más importante medio de comunicación del país, el Canal 13, que durante todos esos años escamoteó impune y deliberadamente la verdad, poniendo al Cristo con los brazos abiertos como aval de tanta perversión.
Pero hay algunos más responsables que otros. Algunos contribuyeron a crear el clima pintando consignas en paredes, vociferando amenazas en concentraciones y tal vez tomándose fábricas y sitios. Otros seleccionaron los nombres de quienes habrían de ser fusilados, mandaron al exilio y aplicaron electricidad en los genitales a muchos detenidos. Algunos callaron por miedo o por ignorancia; otros, a través incluso de medios pertenecientes a la Iglesia, "informaron" de supuestos enfrentamientos y callaron la desaparición de centenares de personas. Algunos se organizaron ingenuamente en brigadas para enfrentar a los militares golpistas. Otros asesinaron a sangre fría y no tuvieron ni siquiera el mínimo gesto de piedad de entregar los restos a sus familiares. Hubo quienes en su impotencia callaron; y jueces que no quisieron ver ni oír, con lo que se hicieron Cómplices de muchos asesinatos y atropellos.
CAÍN Y ABEL
Está bien que nuestros obispos nos llamen a todos a una confesión de la falta colectiva en que como pueblo hemos incurrido. Está bien que nos adviertan que todos tenemos culpa. Pero no pueden quedarse en eso. Sería una falta de respeto para quienes fueron asesinados y torturados. La víctima no tiene la misma culpa que el asesino. Abel no estuvo exento de pecado, pero no puede ubicársele en la misma categoría que Caín.
Tienen pues nuestros obispos que proclamar con mucho valor que hay algunos que son mucho más culpables que otros. El Gobierno está obligado a andarse con pies de plomo en este sentido, porque hay alguien que sigue detentando una cuota excesiva de poder en este país y que no tendría escrúpulos de tratar de utilizarlo. Pero la Iglesia no tiene por qué dejarse dominar por el miedo ni a individuos ni a instituciones, sino tan sólo preocuparse de ser fiel al Evangelio.
Nuestros obispos, que para todos los efectos prácticos son la Iglesia, ya que los laicos no tenemos ningún peso real, no pueden acobardarse. Si callaren, si no dijeran que hay algunos mucho más responsables que los demás, estarían incluso obstaculizando la salvación de los grandes victimarios. Porque el Señor perdona todos los pecados, a condición de que nos arrepintamos. Y hay ocasiones en que los grandes pecadores necesitan ser denunciados en público.
Es lo que hicieron numerosos profetas frente a los poderosos de su tiempo. Ojalá que nuestros pastores tengan el coraje de imitarlos.