Camino al andar
Abril de 1991

Lefebre y el verdadero cisma en la Iglesia

No estamos en presencia de una ruptura oficial pues para mal de nuestros pecados las partes involucradas no tienen mayor interés ni siquiera en dirigirse la palabra

EL ARZOBISPO REBELDE, como llamaba la prensa a Marcel Lefevre, ha muerto, aparentemente sin dejar sucesor, lo que pondría término al único cisma que ha sufrido oficialmente la Iglesia Católica durante el último siglo. En la práctica, empero, continúa ahondándose el cisma silencioso que la viene afectando desde hace tiempo y del que somos protagonistas los propios creyentes.

Lefevre planteó sus discrepancias en público, luchó, denunció, dialogó, presionó, buscó o simuló buscar acuerdos con el Vaticano. Se le puede criticar y estar en absoluto desacuerdo con sus planteamientos. Pero su conducta es hasta cierto punto más rescatable que la de tantos católicos, incluso sacerdotes, que parecen haberse convencido de que no vale la pena discutir dentro de la Iglesia, y viven su fe y hasta su ministerio "a su manera".

Un gran número de fieles ha abandonado silenciosamente la Iglesia, a la que vuelven sólo en ocasiones muy especiales, si es que no emigran a otras iglesias, en las que se sienten tomados en cuenta no sólo para definir el horario de las misas dominicales, sino para elaborar respuestas, a la luz del Evangelio, a los grandes problemas del hombre de hoy.

Otros cristianos comprometidos se limitan a asistir de vez en cuando a Misa, pero no participan en ninguna comunidad. Esa actitud prescindente no deja de causarles frustración, pero perciben que tampoco tiene mayor sentido buscar una participación más activa en una Iglesia que en realidad no la quiere.

Miles de matrimonios cristianos escuchan la enseñanza oficial de la Iglesia acerca de la regulación de la natalidad .... y se encogen de hombros. En ocasiones hasta comulgan, sin hacerse mayores problemas. No se dan la molestia de exponer su discrepancia. Pero ay del cura o teólogo que se atreva a cuestionar la postura ortodoxa en esta materia. Entonces, en lugar de un debate sincero, lo que prevalece es el silencio. No es ausencia de conflicto; es que los que están en desacuerdo se van o no se interesan en plantear sus puntos de vista.

Numerosos sacerdotes autorizan discretamente a católicos vueltos a casar a que se acerquen a la Eucaristía, pese a que la doctrina oficial lo impide. Pero el tema de una modificación del trato pastoral oficial a los católicos divorciados sigue siendo tabú y seguimos organizando la pastoral familiar como si ignorásemos que más de un tercio de los fieles son miembros de hogares rotos.

Los jóvenes (y los que no lo son tanto) escuchan la doctrina católica en materia de sexualidad... y no la aceptan. No es que no la cumplan: eso sería lo de menos, ya que todo ideal es siempre difícil de materializar; lo grave es que no la encuentran creíble. Ni siquiera los jóvenes católicos aceptan la moral sexual que postula oficialmente la Iglesia. Pero prefieren callar antes que trabarse en un debate que consideran de la partida inútil.

Las vocaciones sacerdotales no cesan de disminuir, pese a los arrestos triunfalistas de algunos en años recientes, pero Roma insiste en un modelo de Iglesia que condena a los laicos a la condición de niños de guardería infantil o, a lo sumo, de escolares de enseñanza básica. Se nos pide que oremos para que el Señor suscite más vocaciones sacerdotales. Y en el secreto del corazón, muchos piden a Dios que remezca a la Iglesia para que tenga el coraje de liberarse de añejeces que impiden el acceso de los casados y las mujeres al sacerdocio. Pero de estos temas no se habla en público.

La crisis no reside tanto en que tengamos puntos de vista discrepantes. En un mundo tan complejo y de cambios vertiginosos, como es el que estamos viviendo, no es extraño que tengamos diferencias. Lo trágico es que ya no seamos capaces ni siquiera de poner nuestras discrepancias en común.

DOS ECLESIOLOGÍAS

"Tengo la impresión de que la pastoral organizada que dirigimos los obispos y los curas llega sólo a un reducido grupo de gente y aun sobre ellos no 'muerde' mucho. A la hora de las evaluaciones, parece que no hubiera proporción entre los planes, comisiones, personal, recursos y tiempo, de un lado, los resultados, del otro". El obispo Jorge Hourton transmite así, en un artículo publicado en la revista Pastoral Popular, las confidencias que le habría hecho uno de sus pares. Prosigue:

Nuestra pastoral consiste en un trabajo ordinario y cotidiano, por una parte, y en algo extraordinario y ocasional, por otra. De pronto surge un objetivo global que el discurso pastoral propone: ahora es la "Nueva Evangelización". Antes fue la Gran Misión, los Sínodos post conciliares, un Congreso Eucarístico, el Año de la Reconciliación, la Pastoral de la Solidaridad, la defensa de la vida y de los Derechos Humanos, la participación de los laicos, la Misión Juvenil, etc. Tenemos además abundantes semanas en el año: la de las Vocaciones, de las Comunicaciones Sociales, de la Educación, de la Familia, de las Encíclicas sociales, de la Juventud, etc. Sin contar los "días" de variados rubros importantes. Y las "campañas": del 1%, la Cuaresma de la Fraternidad, para la construcción de Iglesias, etc.

Hourton postula la hipótesis de que hay dos eclesiologías vigentes y correlacionadas. Una oficial, la del tratado teológico, las definiciones magisteriales, los estudios teológicos, el Derecho Canónico, las normas diocesanas, etc. La segunda, la de la vida y cultura religiosa cristiana, tal como en concreto y de hecho la vive el pueblo fiel, con sus creencias, devociones, sentimientos, prácticas, virtudes y defectos ritmos y sus experiencias. Estoy hablando de lo que es y no de lo que debiera ser... La primera es influyente, poderosa y constantemente activa. La segunda acoge con respeto la conducción de la primera, pero también tiene vida, opinión, experiencia y juicio propios. Las dos son reales, se interpenetran e influyen mutuamente, pero no se recubren totalmente.

Algunos ejemplos planteados por el obispo Hourton:

- La primera eclesiología tiene establecido un ritmo de práctica dominical, de contribución a la Iglesia, de frecuencia sacramental y otros "mandamientos de la Iglesia".

- La segunda está representada por un alto porcentaje de católicos no-practicantes y entre ellos es muy probable que la mayoría no considere pecado dejar de cumplir tales normas....

La primera eclesiología exhorta a los católicos participar en política y afirma su libertad para optar. ¿Por qué entonces en la segunda se oye con frecuencia la queja de que los laicos con opciones de izquierda se ven alejados o descartados de actividades pastorales?...

La primera promueve las comunidades eclesiales de base como legítima y oportuna célula de la Iglesia. En la segunda, sin embargo, las que son de ambiente poblacional y popular ven cuestionado su "derecho a convocar", cosa que no parece negarse a los carismáticos, neocatecumentales o de prelaturas personales.

A nosotros nos parece que a estas alturas la situación reviste harto mayor gravedad. Eso de que la segunda eclesiología acoja con respeto la conducción de la primera nos parece que constituye un diagnóstico demasiado optimista. Tampoco el problema principal reside, a nuestro entender, en lo que hay que hacer pastoralmente, sino en la actitud frente al mundo y a la forma misma de entender la Iglesia.

A nuestro juicio, hemos llegado a una situación en la que no hay un cisma formal, como el que desencadenara Lefevre, porque las partes involucradas no tienen mayor interés en dirigirse la palabra.

¿ADONDE VA LA IGLESIA?

El problema de fondo es que una época en que, como fruto de una larga y dolorosa evolución de la humanidad, se imponen por doquier la descentralización y el pluralismo, han retomado el control de la Iglesia algunos grupos que, seguramente con la mejor buena fe, impulsan el centralismo y la unidad monolítica. Y que vienen desde hace algún tiempo desplegando una sistemática labor de aplastamiento de quienes postulan una postura diferente. Estos otros, sorprendidos primero, desilusionados después, han optado por dejarles vía libre. Entre medio, hay muchos obispos, sacerdotes y laicos abiertos al diálogo, partidarios de posturas más flexibles, que se resisten a creer lo que está pasando y que no hallan qué hacer. Entonces optan por vivir discretamente a su manera su fe.

La revista Mensaje acaba de publicar un artículo del padre Sergio Silva, en el que se señalan, con prudencia y mesura, pero de manera inequívoca, algunos elementos de esta profunda crisis. La revista parte advirtiendo que se trata de un artículo escrito "con profundo cariño hacia la Iglesia, de la cual todos somos responsables". Y luego se justifica, anticipándose a críticas y malentendidos: "Consideramos un buen servicio eclesial el publicar este artículo, que representa el sentir y el pensar de un numeroso grupo de católicos".

El padre Silva trata de ser prudente, de ceñirse a los estrechos límites que le impone su condición de sacerdote y de escribir para una revista católica. Pero de repente se descontrola y escribe cosas que tienen que haberle provocado más de algún problema. Así, expresa su preocupación ante una Iglesia, que después de experimentar un marcado rejuvenecimiento y reforma para servir mejor al mundo, vuelve a encerrarse sobre si misma y a poner como centro de su tarea sus propios problemas. Y entonces arremete contra el clima autoritario que se nos ha impuesto:

“Poner en cuestión los nombramientos episcopales no es necesariamente hacer crítica destructiva ni oponerse a la voz del Espíritu. El Espíritu no suele saltarse los procesos humanos de búsqueda de los mejores procedimientos y de las mejores decisiones. Y entre éstos, desde los comienzos mismos de la Iglesia, han estado la deliberación en comunidad y la crítica honesta”.

Nótese la dureza de la crítica siguiente, encubierta apenas por su forma impersonal:

“El que ejerce el poder en la Iglesia tiene que estar extraordinariamente atento a la voz del Espíritu, a fin de no contagiarse con el espíritu del mundo, que lleva a ejercer el poder en forma dictatorial, sin disposición a aprender de los súbditos, como si la Iglesia fuera una pirámide en que todo viene de la Jerarquía, cuando en realidad es un pueblo, animado en todas sus partes por el mismo Espíritu... No me parece sano para la Iglesia que se cree un clima en que la crítica aparezca casi como una herejía o una división cismática... En la Iglesia hay pecado, y no sólo el de sus miembros individuales, sino también el de estructuras de pecado que pueden institucionalizarse en su seno, de modo que la crítica certera debe ser recibida como un bien, como una corrección fraterna y salvadora2¿”..

ESPÍRITU SANTO, VEN

Estamos cerca de la Fiesta de Pentecostés. Que el consuele a quienes tienen mayor conciencia del cisma silencioso que vive nuestra Iglesia. Que toque los corazones y las mentes de quienes ejercen el poder dentro de la Iglesia para que no sigan encerrándose en su búsqueda de seguridad ante todo. Y que haga hablar a los que hoy prefieren callar, volver a los que se han ido, tener otra vez esperanza a los que la han perdido.

¡Espíritu Santo, ven!