Entre sospechas, entusiasmo y cautela
Reacciones encontradas de laicos y sacerdotes cuyas opiniones dan pistas acerca de la acogida de la |Iglesia de Santiago a nuestro modesto boletín
DOMINGO DE PENTECOSTÉS de 1990. En la Vicaría de la Solidaridad, decenas de dirigentes laicales se aglomeran en un salón demasiado estrecho. Han llegado para un diálogo sin precedentes con el arzobispo Oviedo. Los carismáticos animan la fiesta. Hay un ambiente de sana y auténtica alegría. Las personas de apariencia modesta constituyen la excepción. Tampoco hay muchos que tiren pinta de acomodados. Entre ellos repartimos más tarde, mientras se dirigen a la Misa en la Catedral, unos 200 volantes que dan cuenta de la aparición de Iglesia Nuestra. Ofrecemos sin compromiso el Nº 1 a quien lo solicite por teléfono. Apenas dos aprovechan la oportunidad. Comenta un clérigo: "La dictadura nos hizo mucho daño. El achatamiento de los laicos es penoso. Como los curas teníamos cierta cobertura para hablar y actuar, se acostumbraron a que nosotros lleváramos el pandero en todo. Los títulos del boletín les tienen que haber parecido demasiado audaces".
A mediados de junio empezamos a distribuir el primer número. Utilizando la Guía Eclesiástica de 1988 (aún no aparece la nueva) despachamos centenares de ejemplares, tratando de cubrir parroquias, colegios y comunidades religiosas y estructuras diocesanas de todo el país (tasa de devolución por direcciones equivocadas u obsoletas, 6%). Los primeros 2.500 ejemplares se agotaron, mientras el despacho se hacía extensivo a listados de laicos ilustres de diferentes ámbitos. La Unión de Empresarios Cristianos se negó a entregarnos la nómina de sus socios con más decisión que la que usó el Vicario Valech para rechazar el asedio del Fiscal Militar.
Avisos destacados en la revista Mensaje (poco menos de 60 mil pesos cada uno) y una serie de miniavisos en La Epoca (costo total, $ 80 mil) hicieron recrudecer las cartas y los llamados de quienes pedían "sin compromiso" este engendro. Avisos relativamente destacados en las ediciones dominicales de El Mercurio y La Tercera (a un costo total de $ 250 mil), y en los que depositábamos grandes esperanzas para llegar al disperso universo de los laicos resultaron un fiasco. Llamaron apenas, en total, 18 personas. "Laico comprometido. Si para ti la Iglesia es motivo de inquietud y esperanza, si vibras con sus problemas, dificultades y alegrías, entonces no puedes dejar de conocer el boletín Iglesia Nuestra...". Muy pocos vibran con su Iglesia o se animaron a llamar. Otros 100 ejemplares se fueron, a elevado costo postal, rumbo al extranjero, buscando interesados en esta experiencia.
Al agotarse la tirada, mandamos a reimprimir otros 300. Gasto total en la imprenta, alrededor de 200 mil pesos, precio sin competencia. En correo el gasto ha bordeado los 100 mil. La publicidad, aunque mínima, nos ha significado unos 450 mil. Y algo ha habido que gastar en un ayudante para hacer etiquetas y embolsar, aparte de solventar gastos de equipos computacionales. Total, 800 mil.
"¡Este señor es un sinvergüenza!" exclamó un sacerdote, aludiendo a este editor, al enterarse del costo de nuestra suscripción, sin duda alto en términos relativos. "Se quiere hacer rico a costa de la Iglesia" agregó. La impresión y despacho de los 3 mil ejemplares del segundo número, que también será distribuido en forma masiva para dar a conocer el boletín, hará subir la inversión inicial a algo así como $1 millón 200 mil. Necesitaríamos 350 suscripciones (no olvidar que pagamos IVA) para cubrir apenas los gastos en que se ha incurrido con los dos primeros números. "La revista Mensaje cuesta $ 500, contra 400 del boletín, y es mucho mejor" siguió tronando el sacerdote. Comparación absurda. Porque, para que esta voz débil que es nuestro boletín se afiance, es imprescindible que se autofinancie. ¿Puede alguien creer que Mensaje se autofinancia?
Obviamente que sus adquirentes pagan sólo una pequeña fracción del costo real. Y es dinero muy bien invertido por los jesuitas en su empeño por evangelizar la cultura. "La suscripción anual a la revista Servicio cuesta apenas $ 1.800", siguió alegando el sacerdote, sin saber que orejas amigas nuestras lo escuchaban. ¡Claro, y los sacerdotes pueden pagar esa suscripción con misas! Lo que comprueba que ese valioso mensuario del Episcopado no tiene en absoluto la pretensión de autofinanciarse.
Nosotros tenemos que cubrir los costos porque no somos carga, ni abierta ni encubierta, para la Iglesia. Ojalá algún día podamos obtener una modesta remuneración por nuestro trabajo profesional. Para eso necesitaríamos llegar a unas 500 suscripciones. Entretanto, arriesgamos parte de nuestros ahorros y mucho de nuestro tiempo en una empresa pionera. Ahí está nuestro balance, claro como el agua. ¿Dónde se ha visto más transparencia? Por lo demás, hemos advertido profusamente a todo el que nos consulta que si no puede pagar la tarifa completa, haga el aporte a su alcance e igual recibirá el boletín. Ya sería hora que nos acostumbráramos dentro de la Iglesia a la transparencia (glasnot la llama Gorbachov), las cuentas claras y las críticas más responsables.
"Los problemas de la Iglesia deben tratarse puertas adentro" nos cuentan que dijo un arzobispo, mostrando evidente disgusto por el número 1 del boletín. Es justamente lo que nos proponemos. Ahora, si por puertas adentro ese pastor quiere decir "en círculos bien cerrados", discrepamos.
Estábamos preparados para una respuesta muy lenta. A fines de junio comenzaron a gotear las suscripciones. Algunas cartas trajeron felicitaciones y oraciones. Mezcladas, de laicos, sacerdotes y religiosas. Confiamos en que este segundo número hará el milagro de que muchos se decidan. Ya habrán visto dos ediciones, lo suficiente como para formarse una idea. Y así podremos avanzar hacia la remota meta de financiarnos. Hasta fines de junio la habíamos cumplido en 4%.
La cautela es la actitud predominante. ¿Quién está detrás de todo esto? se preguntan muchos. "No se sabe qué línea tiene" se quejó un religioso en otro encuentro en el que había también orejas amigas. "Leí unos artículos harto pasados pa' la punta, y otros sumamente conservadores". De eso se trata, de que este boletín no sea una trinchera, sino que, sin perjuicio de su orientación progresista, encare los problemas sin anteojeras ni prejuicios. Cautos se mostraron también algunos laicos destacados. Josefina Errázuriz, nombrada por el Vaticano para integrar el Pontificio Consejo para Laicos, se mostró más diplomática que senadora designada. Mario Baeza, que en tono chispeante manifestó en el encuentro con el Arzobispo muchos de los sentimientos que albergamos los laicos, se puso de lo más circunspecto cuando le hablaron del boletín. Quedó de estudiarlo a fondo y sólo si su evaluación era favorable, enviar el texto de lo que dijo en público. Todavía no concluye su análisis.
Otros, más perspicaces, se dieron cuenta de que no había ningún grupo siniestro, sino apenas un solitario periodista. Un sacerdote porteño, de la Compañía de Jesús, tuvo la gentileza de ver en este boletín el germen de algo semejante a la notable revista británica The Tablet y nos urgió a formar un equipo de redacción. Varias otras cartas apuntaron en igual sentido. Queridos amigos, había que partir. No se sacaba mucho con hablar de una idea en el aire. Por lo demás, tener un equipo de redacción no es nada de fácil cuando no existen recursos para pagar siquiera una suma simbólica.
Pronto empezarán a irse los 3 mil ejemplares de esta edición. Envueltos en bolsas de plástico partirán al encuentro de cada uno de ustedes. Cada día iremos a la casilla a ver si hemos tenido la respuesta que anhelamos.
Amigos, ¡la paz del Señor!