Camino al andar
Septiembre de 1992

El difícil despegue de la pastoral para divorciados

Ha resultado para la Iglesia chilena más difícil salir en ayuda de sus fieles devastados por la ruptura de sus matrimonios que organizar la solidaridad con las víctimas de la dictadura

SI EN CHILE SE ESTABLECE una ley de divorcio, tendremos que reconocer, según la palabra de Cristo, que existe una situación generalizada de dureza de corazón y de pecado, advirtió el obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Concepción, Monseñor Felipe Bacarreza. Sus opiniones las vertió en un local de la Unión Demócrata Independiente (UDI), al que concurrió hace poco para participar en un seminario sobre Mujer, sociedad y moral, y fueron ampliamente difundidas por la prensa regional.

MÁS PAPISTA QUE EL PAPA

Con semejante discurso es punto menos que imposible que la Iglesia intente llevar adelante un esfuerzo pastoral en favor de los católicos divorciados, quienes son en la práctica acusados de pecadores duros de corazón. ¿Será éste el estilo de la Nueva Evangelización?

Resulta difícil conciliar las tajantes palabras y el espíritu mismo de las expresiones de Bacarreza con el llamado que formulara hace una punta de años Juan Pablo II en su Exhortación Apostólica Familiaris Consortio: "Urjo vivamente a los pastores y a toda la comunidad de los fieles para que ayuden a los católicos divorciados, procurando con solícita caridad que no se consideren separados de la Iglesia, ya que ellos pueden y deben, en cuanto bautizados, participar en su vida.... La Iglesia rece por ellos, los anime, se les presente como madre misericordiosa y los sostenga así en la fe y la esperanza".

En su perorata el obispo Bacarreza instó a los militantes de la UDI a rechazar una Ley de Divorcio, por cuanto su aprobación no haría más que "consagrar el reemplazo del matrimonio civil por el concubinato".

JUAN PABLO "ESTÁ EN OTRA"

Felizmente, por esos mismos días el Papa Juan Pablo II reiteraba su llamado a que la Iglesia no abandone pastoralmente a su suerte a los católicos divorciados, que hasta hace diez años eran llamados pecadores públicos.

Dirigiéndose a prelados franceses que efectuaban su visita ad limina el Papa señaló: "Los hombres y las mujeres que viven en situaciones irregulares desde el punto de vista religioso, y en primer lugar los divorciados casados de nuevo, necesitan la asistencia espiritual y la ayuda plena de la Iglesia".

Juan Pablo exhortó a la Iglesia a acoger a las personas que viven en tales situaciones y a atender sus necesidades. Sin embargo, las palabras del Pontífice no llegaron hasta el extremo de sugerir que los católicos divorciados debieran poder recibir la comunión sin la previa obtención de una anulación por parte de tribunales eclesiales. Sería iluso esperar de un pontífice de orientación marcadamente conservadora una apertura tan grande.

A este propósito, el diario La Stampa, de Turín, comentó en primera plana que la importancia del pronunciamiento del Papa está en la admisión de la existencia del problema en el interior de la Iglesia misma, más que en las consecuencias prácticas.

Por su parte, Il Corriere della Sera sostuvo que lo que más sorprende de las palabras del Papa es la insistencia y el hecho de que el discurso haya sido dirigido, "y no es una pura coincidencia", a los obispos de una nación, como Francia, símbolo de la secularización. La Stampa coincidió con Il Corriere en que no fueron casuales las palabras del Papa a los prelados galos, puesto que Francia es una de las naciones donde la exclusión de los divorciados de las prácticas religiosas ha llevado a grandes cuotas de creyentes a dejar para siempre la Iglesia Católica.

OBISPOS NO ATINAN

En Chile, no todos los obispos se alinean en la postura de Bacarreza. Por el contrario, la mayoría de ellos están sinceramente interesados en llevar a la práctica el llamamiento papal. Pero no saben cómo hacerlo. Lo mismo les pasa a muchos curas, que se dan cuenta de la urgencia de esta pastoral, pero que no "atinan" a cómo conciliar, por un lado, la defensa y promoción de la familia, con el apoyo espiritual y humano a quienes a menudo son responsables del colapso de la suya propia.

Más complicadas les resultan las cosas a nuestros obispos y curas cuando está en el ambiente la idea de legislar sobre el divorcio. Entonces, cualquier esfuerzo para brindar atención pastoral a los divorciados podría, temen ellos, ser interpretado en forma equívoca. Las cosas les resultarían más fáciles a nuestros clérigos una vez que se legislara sobre la materia. Entretanto, el llamado papal tendría que seguir esperando. Paradojas de la vida.

POLÍTICA DEL PERRO DEL HORTELANO

Hasta el momento la única experiencia pastoral digna de ser mencionada en materia de atención a los separados y divorciados en Chile ha sido la impulsada por laicos desde hace más de siete años en la Parroquia San Juan Evangelista en la Arquidiócesis de Santiago. Miles y miles de personas han sido apoyadas en este centro y se han reencontrado con el Señor y su fe, merced a una metodología pastoral creativa y audaz. Sin embargo, ella no ha suscitado mayor interés en las burocracias eclesiales, las que, por el contrario, no pierden ocasión de mostrarle hostilidad.

Se diría que ésta es una pastoral en la que los laicos son absolutamente insustituibles porque, salvo contadísimas excepciones, los curas, cuando se meten en ella, sólo lo hacen para decir leseras o cometer torpezas, que sólo sirven para echar a piques iniciativas promisorias o para ahuyentar a quienes se pretende servir. La observación se extiende a algunos laicos que tienen complejo de curas y que son a menudo más cerrados que los propios clérigos.

Un reciente intento laical por llevar a cabo un encuentro especial para este sector en una parroquia del barrio alto de Santiago (el Viernes Santo) fue torpemente boicoteado por el Padre Julio Dutilh, encargado de la Pastoral de la Familia dentro de la Arquidiócesis, y quien en los muchos años que lleva en esa labor no ha hecho nada por poner en práctica la instrucción papal. ¿Evaluará alguien la eficiencia con que gente como Dutilh utilizan su tiempo y los recursos de nuestra Iglesia? ¿Qué criterios racionales inspiran esta política del perro hortelano, de no hacer ni dejar hacer?