Camino al andar
Marzo de 1992

El auge de los escándalos sexuales de eclesiásticos

Ningún laico tiene derecho a levantar farisaicamente el dedo acusador contra quienes, por razones que no nos compete juzgar a escala individual, han sido incapaces de cumplir los votos que juraron respetar

EL CASO DEL obispo irlandés Eamonn Casey, de la diócesis de Galway, es el más reciente, pero probablemente no el último, de una serie de escándalos sexuales que involucran ya no sólo a sacerdotes, sino a obispos católicos.

Nos aproximamos al tema con dolor, debido al daño que estas situaciones están causando a nuestra Iglesia, y con profunda compasión para con sus protagonistas, que seguramente han derramado muchas lágrimas y vividos episodios de extrema tensión al hacerse luz acerca de sus conductas.

Nuestros sacerdotes y obispos son personas que junto a sus virtudes y grandezas, están, igual que todos los seres humanos, marcados por los defectos, las limitaciones y el pecado. Ningún laico tiene derecho a levantar farisaicamente el dedo acusador contra quienes, por razones que no nos compete juzgar a escala individual han sido incapaces de cumplir los votos que juraron respetar.

NO A LA AVESTRUZ

Sin embargo, estamos convencidos de que la peor actitud consiste en suponer que se trata de episodios por completo aislados, excepciones absolutas sólo atribuibles a la debilidad de los protagonistas, y que, en consecuencia, no responden a causas de fondo. Por ese camino, se termina echándole tierra al problema. Se adopta la política del avestruz, se escamotean los hechos, con olvido de la clara enseñanza evangélica de que "la verdad os hará libres".

Una cosa es la discreción, el silencio compasivo ante quienes no pudieron cumplir un voto, la cautela para evitar daños mayores a las comunidades de fieles que se quedan súbitamente sin pastor porque éste se enredó con una feligresa; y otra, muy distinta, persistir en la negación de la realidad y tratar a los laicos como retardados mentales que no se dan cuenta de que estos episodios distan de ser casos puntuales.

Se trata de maniobras cada día más ineficaces y hasta contraproducentes, al servicio de una pobre causa, que es el aferramiento a prejuicios añejos y a obsesiones sexuales, en circunstancias de que la hora actual reclama el coraje de examinar con la mente abierta lo que Dios quiere de su Iglesia en este plano para cumplir mejor su labor de anuncio del Evangelio.

NUESTRO DERECHO A OPINAR

El tema del celibato no es asunto sólo de curas, como a menudo se pretende hacer creer a los fieles. Si fuese así, podríamos replicar que temas como el condón y la regulación de la natalidad les competen únicamente a los laicos, y no a quienes han hecho votos de celibato y que supuestamente sólo saben de actividad sexual por los tratados de moralistas.

La violación ocasional o sistemática del compromiso de castidad por parte de un número no escaso de sacerdotes erosiona la credibilidad de los fieles, con un efecto muy negativo sobre el clima que debe prevalecer al interior de la comunidad de creyentes.

Cuando en algunas ocasiones hemos planteado este tema, se han levantado voces para acusarnos de pretender sembrar la desconfianza de los fieles respecto de sus pastores. Con firmeza replicamos que nuestro conocimiento de "las bases" de la Iglesia nos permiten plantear la hipótesis de que en nuestro medio un elevado porcentaje de católicos no creen que sus curas sean célibes, en el sentido de que se abstengan por completo de relaciones sexuales.

Encuestas efectuadas en otros países comprueban que la mayoría de los fieles desconfía de la supuesta abstinencia sexual de los sacerdotes católicos, y no hay razón alguna para creer que entre nosotros la situación sería diametralmente distinta. La frecuencia de casos de incumplimiento, algunos de los cuales se transforman en escándalos públicos, pese a los esfuerzos de la Jerarquía por mantenerlos en secreto, dan alas a las sospechas de los fieles.

De otro lado, la mantención porfiada de una norma que no es evangélica parece constituir una de las causales básicas de la aguda escasez de sacerdotes, según lo deja de manifiesto el sostenido incremento del promedio de edad de los presbíteros y el creciente número de fieles que carecen de cura.

Que no se nos venga a decir, entonces, que éste es un tema que no nos compete. Todo lo de la Iglesia es de interés de los laicos. Y ésta es un área que nos afecta de manera muy directa. Más aún, reiteremos que tal vez seamos nosotros, los laicos, los únicos capaces de plantear en forma pública el tema. El sacerdote que se atuviere a hacerlo sin tapujos correría el peligro de que se sospechara que lo hace por interés personal.

EL DRAMA DE CASEY

Monseñor Eamonn Casey, de 65 años, era hasta hace poco uno de los obispos más populares y queridos de Irlanda, por su intenso trabajo pastoral y firme compromiso con el quehacer solidario en favor de los más pobres y la causa de la justicia social. Este lo había llevado hace algunos años a pedir la ruptura de vínculos diplomáticos entre su país y Estados Unidos, con motivo de la inmoral ayuda que la Casa Blanca prestaba a los "contras" nicaragüenses. Aunque "progresista" en este campo, Casey era sumamente ortodoxo en el ámbito de la moral sexual, según antecedentes suministrados por la revista Qué Pasa. Se le conocía como furibundo detractor del divorcio, el aborto y los anticonceptivos. "Para qué decir sobre los intentos de levantar el celibato de los sacerdotes" agrega la mencionada revista.

Pero este hombre ocultaba un gran secreto. Allá por 1973 había entablado una relación con Annie Murphy, una joven de 25 años, esto es veinte menos que el ya por entonces obispo. A consecuencias de sus relaciones clandestinas, la mujer quedó embarazada. Por casi 17 años, Casey vivió bajo el chantaje permanente de la Murphy, quien, a diferencia de otras, en situación semejante, que han decidido guardar secreto y criar solas a sus hijos, presionó en forma constante por obtener aportes cada vez mayores del progenitor clandestino. "Inicialmente me ofreció 100 dólares mensuales (de hace 17 años), pero me pareció muy poco para un hombre que manejaba un Mercedes" declaró la mujer a la prensa, ávida de detalles.

Al llegar el hijo común a la edad de ingreso a la universidad, con el aumento consiguiente de los gastos de mantención, la Murphy tendió una trampa al obispo. Convino con él una reunión en un hotel en Estados Unidos, con el objeto de discutir el incremento de la pensión. Los 150 mil dólares que Casey le había entregado en los años anteriores, tomándolos de fondos destinados a instituciones de caridad y promoción, no le parecían suficientes a Annie. Las discusiones que sostuvieron los ex amantes fueron filmadas en forma clandestina por allegados a la mujer a fin de que sirvieran de pruebas una vez denunciado el escándalo.

Cuando se supo todo, Casey reconoció la paternidad del hijo, sostuvo que había tomado sólo en préstamo los recursos desviados en forma indebida a la crianza del menor, y desapareció del mapa, protegido por la burocracia eclesial. Dicen que se fue de incógnito a la Amazonia, con el objeto de dedicar sus últimos años al apostolado entre los aborígenes.

Detrás suyo dejó una Iglesia estupefacta y convulsionada, cuya autoridad moral frente al inminente plebiscito acerca de la legalización del aborto en Irlanda se ha deteriorado en forma considerable.

SEGUIDILLA DE CASOS

Este doloroso episodio se agrega al protagonizado hace sólo algunos meses por el arzobispo de Atlanta, Estados Unidos. Eugene Marino, de 56 años, el clérigo negro de mayor rango en los Estados Unidos, quien renunció en agosto último porque se descubrió que desde su asunción al cargo dos años antes se hallaba involucrado en una relación amorosa con una joven parroquiana.

El traumático episodio fue, según la prensa, el segundo el escándalo de la arquidiócesis en pocos meses. En mayo de 1991 un sacerdote de origen inglés se había confesado culpable de abusos sexuales en contra de cuatro monaguillos.

"La Iglesia de Atlanta necesita un pastor que sea física, espiritual y psicológicamente saludable" dijo Marino en su carta de renuncia. Versiones de prensa no desmentidas por la Arquidiócesis señalaron que la amante del obispo negro es madre de una niña de cuatro años, que sería hija de otro sacerdote.

En forma simultánea estalló en la Iglesia estadounidense otro escándalo, que afecta al obispo de Hawai, acusado por un joven homosexual con quien habría mantenido una prolongada relación íntima. Con motivo de esta denuncia, la prestigiosa revista Time publicó una crónica en la que daba cuenta de la seguidilla de escándalos sexuales protagonizados en el último tiempo por clérigos católicos, los cuales estaban teniendo un elevado costo, no sólo de imagen, sino también financiero para la Iglesia.

En efecto, se ha transformado en práctica habitual en numerosas diócesis que los obispos "compren" el silencio de los denunciantes, mediante arreglos extrajudiciales que han obligado al desvío de decenas de millones de dólares, sea como compensación o para el pago de pensiones en favor de ex amantes o de hijos de sacerdotes. La Iglesia prefiere este camino que la denuncia ante un tribunal civil, con la obligada comparecencia del inculpado y el riesgo de que salgan a la luz pública nuevos detalles embarazosos.

Habría que ser presuntuoso o ciego para creer que las iglesias locales en Chile son, a nivel de presbíteros, inmunes a este problema o que éste es sólo cosa del pasado. Es probable que el número de casos sea ahora muy inferior al de hace un par de décadas, pero ello sólo se explica por la masiva deserción de curas menores, digamos, de 50 años, que se ha producido desde entonces a la fecha. De otro lado, existe la posibilidad de que en los países industrializados la prensa sea más implacable en la denuncia de situaciones anómalas y en la investigación de casos sospechosos, como lo pueden testimoniar varios telepredicadores evangélicos fundamentalistas y candidatos presidenciales, cuyas andanzas sexuales han quedado al desnudo merced a un trabajo de auténtico espionaje por parte de periodistas e investigadores privados.

EL VALOR DE LA CASTIDAD

¿Traemos a colación estos amargos episodios y situaciones para burlarnos de la castidad de los célibes (que también hay una castidad de los casados)? ¿Queremos insinuar que la castidad de los célibes es imposible o que carece de sentido?

Nada de eso. La ofrenda completa del hombre y la mujer a Dios, no como consecuencia de traumas u obsesiones ni por un desprecio inaceptable del sexo y del amor de pareja, sino como medio para una entrega más eficiente a los demás, sobre todo a los pobres y afligidos, es un carisma muy valioso dentro de la Iglesia.

Creemos que son muchos los sacerdotes que cumplen con sus votos en esta materia. Y que hay otros que habiendo fallado en alguna ocasión, han dado muestras de una férrea decisión de no caer otra vez. Por eso mismo es que resulta imprescindible que el testimonio de amor de que ellos son protagonistas se proyecte en forma transparente, y no se vea amagado por escándalos y sospechas.

En un mundo que proclama como uno de sus dioses el placer sexual, la castidad, tanto de célibes como casados es un testimonio de respeto y fidelidad al cónyuge o de renuncia generosa para servir mejor.

Pero cuando esa castidad celibataria es impuesta a la fuerza a quienes quieren servir como sacerdotes al Señor y a sus hermanos, los resultados son catastróficos. Escasean los curas, se suceden los escándalos, la credibilidad de los fieles se resiente y el testimonio de los que sí cumplen sus votos pasa inadvertido ante un mundo que lo requiere.

LA OBSTINACIÓN DE JUAN PABLO

Por desgracia, Juan Pablo II no es capaz de entender los signos de los tiempos y de concluir que sacerdocio y celibato no tienen por qué necesariamente ir juntos. Y dentro de la Iglesia, son poco los que se atreven a desafiarlo, tal vez porque, por desgracia, la ancianidad va tornando al Papa cada vez más intolerante e irritable.

De esta forma, nadie le rebatió cuando, durante una reciente visita a Brasil, sostuvo que "las pretensiones de un celibato opcional son ilusorias y empobrecedoras para el sacerdocio". Se atrevió a sostenerlo en un país que con sus 155 millones de habitantes pasa por ser el más grande del "mundo católico", pero en el que se observa una dramática escasez de clérigos, cuyo número, que es ahora de 13 mil, no cesa de disminuir, fenómeno que se ha transformado en una de las causas del vertiginoso avance de los pentecostales. Así, la significación de los nominalmente católicos ha bajado ya al 85% y hay estudios que indican que los domingos el total de los feligreses en los templos evangélicos es ya superior al de quienes concurren a los cultos católicos. Por eso es que la mayoría de los sacerdotes brasileños, según encuestas serias, son partidarios del celibato opcional.

Sin embargo, en su peregrinación de nueve días por Brasil, el Pontífice exhortó a los escasos seminaristas a que acojan "con alegría" el celibato sacerdotal "propio del rito latino, como carisma libremente recibido y autentificado por la Iglesia para una dedicación exclusiva y alegre del sacerdote a su ministerio".

Clérigos partidarios del celibato opcional, que solicitaron el anonimato a los periodistas, replicaron que la Iglesia Católica tiene que encontrar una nueva modalidad de sacerdocio para poder afrontar el crecimiento de las sectas y la deserción de sus fieles católicos.

SIGNOS DE APERTURA

La solicitud de anonimato de los clérigos brasileños encoge el alma. ¿Cómo explicar que en la Iglesia, que debiera ser un espacio de libertad para la libre expresión de ideas, máxime en un tema que no toca las verdades esenciales de la fe, haya sacerdotes que no se atrevan a opinar con nombre y apellido? No es a ellos a quien cabe censurar, porque la experiencia demuestra, por desgracia, que quienes ejercen la autoridad hoy en la Iglesia han revivido la persecución contra quienes no comparten sus puntos de vista y que han reinstalado el delito de opinión, con las sanciones correspondientes.

Pero el peso de la realidad es tan grande, que ya hay algunos altos jerarcas de la Iglesia que se están atreviendo a plantear en público una postura diferente a la del Vaticano. Así, el arzobispo de Berlín, cardenal Georg Sterzinsky, levantó hace poco una polvareda con sus declaraciones al diario Berliner Morgenpost. Sostuvo el prelado que cuando el celibato no surge del interior de uno mismo, es cuestionable. Esto plantea la necesidad de hablar sobre el tema públicamente, sobre todo desde el momento en que el celibato no es un artículo de fe, sino sólo una exigencia disciplinaria de la Iglesia católica.

Al cardenal, el celibato le parece necesario para poder dedicarse, con toda intensidad, a las tareas espirituales, pero no es obligatoriamente exigible. El prelado recordó que en la Iglesia primitiva los sacerdotes podían casarse y lo que entonces era practicable y moral, no puede ser hoy impracticable e inmoral.

El cardenal Sterzinsky berlinés no cree que un hipotético restablecimiento del celibato opcional solucionaría la crisis de vocaciones, pero piensa que si una mayoría de los jóvenes no ven llevadera esa forma de vida en los tiempos actuales, la Iglesia, por mor de su misma credibilidad, debe de ahondar en el estudio del cambio de esa práctica.

NUESTRA POSTURA ES LEGÍTIMA

El examen de los escándalos en que se ven envueltos numerosos hermanos nuestros que han accedido al sacerdocio y al episcopado tiene que llevarnos a presionar a todos los niveles de la Iglesia para que el tema se plantee sin tapujos.

Los laicos tenemos una responsabilidad ineludible para contribuir a que en la Iglesia del futuro se rompa el vínculo sacerdocio y celibato, de modo que éste último se haga opcional.

Se trata de una tarea difícil, ya que estamos habituados a que sean los miembros de la Jerarquía los que nos señalen los asuntos que deben preocuparnos y las tareas a las que debemos abocarnos. Pero el bien y el futuro de la Iglesia tornan imprescindible que saquemos la voz para decir lo que pensamos en esta materia tan crucial para la vida de nuestras comunidades y parroquias y para la imagen que la Iglesia proyecta ante el mundo de hoy.